Etiquetas

domingo, 25 de enero de 2026

El pirata Elias Mareaquieta.


Elías se despertaba siempre antes que el sol.

Cuando el cielo empezaba a pintarse de rosa y naranja, él ya estaba de pie sobre la cubierta de su barco pirata.

Le gustaba ese momento en el que todo estaba tranquilo.

El mar no gritaba, las gaviotas aún dormían y el mundo parecía respirar despacio.

Elías era capitán, pero no un capitán cualquiera, sino el Capitán Elías.

Mientras otros piratas corrían y hablaban muy fuerte, Elías prefería contar las cuerdas del mástil, una... dos... tres...

Eso le ayudaba a sentirse bien y preparado para el día.

El barco lo esperaba.

La aventura estaba a punto de empezar.





Elías, el pirata que escuchaba el mar de otra forma


En el puerto donde comenzaban todas las aventuras vivía Elías, un pirata diferente a los demás.

No porque no supiera navegar, pues nadie leía los mapas como él, ni porque no fuera valiente, ya que había cruzado tormentas sin cerrar los ojos, sino porque Elías sentía y pensaba el mundo de otra manera.

A Elías le gustaban las cosas claras у ordenadas.

Le tranquilizaba contar las cuerdas del barco cada mañana, siempre en el mismo orden. Los gritos repentinos lo ponían nervioso, y cuando el mar estaba demasiado ruidoso, se tapaba los oídos y respiraba hondo, mirando el horizonte.

—El capitán es raro —susurraban algunos piratas nuevos al subir al barco.

Pero la tripulación que llevaba tiempo con él sonreía.

—No es raro,—decía Marina, la contramaestre-. Es Elías.

Elías era autista, aunque esa palabra no la usaban mucho en los mares. Lo que sí sabían todos era que Elías veía detalles invisibles para otros. Podía notar un cambio mínimo en el viento, escuchar un crujido extraño en la madera o recordar exactamente dónde estaba enterrado un tesoro… Incluso años después.

Una mañana, mientras Brisa, el alegre loro de alas verdes de la tripulación, graznaba y silbaba feliz. Elías se quedó muy quieto.

  • Algo no está bien —dijo en voz baja.
  • ¿Qué pasa, capitán? —preguntó Tomás, el grumete.

Elías señaló el mar.

—Las olas cuentan una historia distinta hoy.

Nadie entendió qué quería decir, pero confiaron en él. Ajustaron las velas, aseguraron los barriles y, justo a tiempo, evitaron una gran tormenta que apareció sin aviso.

—¿Cómo lo supiste? —preguntó Tomás, asombrado.

Elías pensó un momento antes de responder.

—El mar me habla... solo que no con palabras.

A veces, Elías necesitaba estar solo en cubierta, balanceándose suavemente para calmar su cuerpo, o dando pequeños golpecitos en la batayola del barco. Otras veces pedía que hablaran de uno en uno, porque muchas voces juntas lo confundían. La tripulación aprendió a respetarlo, igual que él respetaba a cada uno de ellos.

—Todos navegamos distinto —decía Elías—. Pero vamos en el mismo barco.

Un día, un pirata nuevo se burló.

—¿Un capitán que se tapa los oídos? Eso no es normal.

Elías bajó la mirada. Antes de que pudiera decir nada, Marina dio un paso al frente.

—Gracias a él encontramos más tesoros que nadie -. Dijo la niña.

El pequeño pirata se quedó en silencio.

Esa noche, bajo un cielo lleno de estrellas ordenadas, como Elías las amaba, el capitán siguió navegando, demostrando que en los mares, igual que en la vida, hay muchas maneras de pensar, sentir y ser valiente. Y todas merecen su lugar en la tripulación.




Para quienes leen este cuento en voz alta



Quizá el chico del barco no mire a los ojos, quiza se tape las orejas cuando el mundo grita, quizá necesite nudos, botones o canciones para sentirse a salvo en medio del mar.

No está roto.

No le falta valor.

No necesita ser arreglado.

Solo navega distinto.

Hay niños que sienten el mundo más fuerte, más rápido o más desordenado, y aun así —o precisamente por eso— ven rutas que otros no ven y sostienen el timón cuando todo tiembla.

Si tienes uno cerca,

no intentes cambiar su manera de escuchar el mar.

Acompañalo.

Respeta su ritmo.

Y recuerda: Ningún barco llega a puerto sin toda su tripulación.


No hay comentarios:

Publicar un comentario