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domingo, 18 de enero de 2026

La cámara que no debía abrirse.

 El Cairo, diciembre de 1922

Howard Carter no creía en maldiciones. O, al menos, eso se repetía cada mañana como una oración laica. Sin embargo, desde que la losa final cedió y el aire sellado durante tres milenios rozó su rostro, algo había comenzado a deslizarse por su mente con la persistencia de un insecto invisible.

No era solo la muerte de Lord Carnarvon, ni los susurros de los obreros egipcios que se negaban a acercarse a la tumba al caer el sol. Era el silencio dentro de la cámara funeraria: un silencio que parecía escuchar.

Fue por eso que escribió la carta.

No a un académico. No a un clérigo.

Sino a un escritor americano del que había leído fragmentos inquietantes en una revista londinense: Howard Phillips Lovecraft, un hombre obsesionado con saberes antiguos, cultos olvidados y horrores anteriores a la historia humana.

"No busco fe, señor Lovecraft, sino comprensión. Algo en esa tumba no pertenece al tiempo de los faraones."

Lovecraft llegó semanas después, pálido como si el sol africano lo rechazara. Observó el Valle de los Reyes con una mezcla de desprecio y fascinación, como quien reconoce un error geográfico en el mapa del universo.

—Esto no es Egipto —murmuró al descender-.

Solo finge serlo.

Carter sintió un escalofrío que no provenía del aire nocturno.

Dentro de la tumba, Lovecraft no tocó nada. No hizo falta. Sus ojos se detuvieron en los jeroglíficos, no como un traductor, sino como un lector que reconoce un dialecto de pesadilla.

—Estas inscripciones no son advertencias —dijo al fin—. Son instrucciones.

Carter tragó saliva.

—¿Instrucciones para qué?

Lovecraft señaló el sarcófago dorado, cuya superficie parecía ondular bajo la luz de las lamparas.

—Para mantener algo dormido. Tutankamón no fue enterrado aquí para honrarlo... sino para vigilarlo.

Entonces ocurrió.

Una vibración profunda recorrió la cámara, no como un temblor físico, sino como una presión dentro del cráneo. Carter cayó de rodillas. Por un instante, vio estrellas negras y geometrías imposibles, como si el espacio hubiera sido mal dibujado.

Lovecraft, en cambio, sonrió con una mueca de horror reverente.

  • Ahí está —susurró-. No una maldición... sino una presencia anterior a los dioses. Los sacerdotes egipcios solo fueron carceleros ignorantes de algo que venía de más lejos que el
  • Nilo... de más lejos que la Tierra.
  • ¿Puede detenerlo? —preguntó Carter con voz quebrada.

Lovecraft lo miró con una compasión fatigada.

—No. Pero puedo decirle qué hacer para que no nos note.

Esa misma noche, Carter selló de nuevo la cámara más interna. Algunas tablillas jamás fueron catalogadas. Algunos pasajes jamás publicados.

Y Lovecraft regresó a América con nuevos nombres que nunca escribiría completos, y sueños que darían forma, años después, a horrores innombrables.

En cuanto a la tumba...

Aún hoy, en las noches más silenciosas del valle, los guardianes juran que algo sueña bajo la arena.

Y que sueña esperando.



Lo que Dormía Bajo el Sello del Rey Niño



No debí aceptar la invitación de Carter.

Lo supe desde el momento en que el aire de Egipto tocó mis pulmones como un vapor ajeno a toda biología terrestre. Hay lugares donde la geometría es incorrecta, donde el paisaje parece obedecer a una lógica anterior al pensamiento humano. El Valle de los Reyes es uno de ellos.

Carter hablaba con la nerviosa convicción del racionalista acorralado. Decía maldición, pero pensaba coincidencia. Yo, en cambio, no pensaba ninguna de las dos cosas. Pensaba en supervivencias, en residuos de eras tan antiguas que ni siquiera los dioses egipcios eran más que símbolos torpes para describirlas.

Al entrar en la tumba, comprendí que Tutankamón no era el ocupante principal.


Las paredes estaban cubiertas de jeroglíficos... у sin embargo, no eran jeroglíficos. Reconocí ciertos patrones: espirales truncadas, figuras que no podían representarse correctamente en dos dimensiones, y repeticiones numéricas que recordaban a las aberrantes proporciones descritas en el Necronomicón árabe. Los sacerdotes habían intentado traducir lo intraducible usando el lenguaje del Nilo, como niños dibujando el cielo con carbón.

Sentí entonces la presión.

No un sonido. No un movimiento.

Una atención.

Aquello sabía que estábamos allí.


Carter cayó al suelo cuando la cámara respondió a nuestra presencia, pero yo permanecí en pie, sostenido únicamente por una certeza horrible:

esto ya lo había soñado antes. Providence.

Arkham. Las estrellas mal alineadas. El mismo error cósmico repetido bajo otro nombre.

—No es una maldición —le dije, y mi voz me sonó ajena—. Es un sello.

Comprendí en ese instante que Tutankamón no fue venerado por su grandeza, sino elegido por su insignificancia. Un rey niño como carcasa ritual, un símbolo vacío colocado sobre algo que no debía ser adorado, solo olvidado.

Lo que yacía bajo el sarcófago no dormía como duermen los hombres.

Dormía como duerme un continente antes de emerger.


Vi cosas entonces.

Ciudades que no podían existir bajo ningún cielo humano.

Sacerdotes no humanos cantando en un idioma que no usaba sonido.

Y una vasta conciencia atrapada, no por magia, sino por alineaciones astronómicas que pronto dejarían de ser favorables.

Carter me preguntó si podía detenerlo.

La compasión que sentí fue casi dolorosa.

—No —respondí-. Pero aún podemos retrasar el momento en que recuerde quién es.

Sellamos la cámara interior con manos temblorosas. Le indiqué qué símbolos debían quedar visibles y cuáles jamás expuestos a la luz. Mentí en los informes. Carter no preguntó.

Ya sabía demasiado.

Cuando abandoné Egipto, algo me siguió.


No fisicamente.

En sueños.

Años después escribiría sobre horrores venidos de las estrellas, sobre dioses que no eran dioses y sobre la insignificancia del hombre. Nadie sabría que no inventé nada.

Solo cambié los nombres.

Porque hay verdades que no deben ser excavadas.

Y porque algo bajo la tumba aún sueña, contando los días hasta que el mundo vuelva a estar mal sellado.




Carta no enviada, encontrada entre los papeles de H. P. Lovecraft



No sé a quién corresponda esta advertencia.

Quizá a nadie. Quizá a una época futura que aún conserve la peligrosa costumbre de excavar donde no debe.

Escribo porque el silencio ya no es suficiente.

Lo que vi bajo la tumba del llamado Rey Niño no fue un dios, ni un demonio, ni una alegoría primitiva del miedo humano. Tales palabras son consuelos infantiles. Fue algo anterior a la mitología, una conciencia que los sacerdotes egipcios apenas lograron rozar y que, por ello, disfrazaron con nombres, máscaras y oro.

Tutankamón no fue enterrado.

Fue colocado.

El sarcófago no es un féretro, sino un diagrama.

Los jeroglíficos no narran, calculan.

Y la cámara más profunda no honra a un muerto:

vigila a un soñador.


He leído fragmentos del Al Azif que ahora sé que no fueron escritos en árabe, sino apenas copiados por una mente humana que oyó cosas en sueños. Las mismas proporciones imposibles, las mismas referencias a estrellas que no ocupan ya el lugar que ocupaban cuando la Tierra era joven y blanda.

El error de Carter —y de todos nosotros— fue creer que el pasado está muerto.

No lo está.

Solo espera.


Las alineaciones cambiarán. Siempre lo hacen. Y cuando las geometrías del cielo vuelvan a coincidir con las del recinto sellado, aquello bajo la arena recordará su nombre, uno que no puede pronunciarse sin que la mente se fracture.

No habrá plagas.

No habrá castigo moral.

Solo una corrección.

Ruego, a quien lea esto, que deje de buscar tumbas intactas, ciudades perdidas y saberes prohibidos. El universo no premia la curiosidad; apenas tolera que no miremos demasiado tiempo.

Si mis escritos sobreviven, que se los lea como ficción.

Si mis advertencias se ignoran, que así sea.

Yo ya he soñado suficiente.

H. P. Lovecraft

Providence




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