En la aldea de Mizunokawa, al pie de las montañas, nació un niño que no lloró.
Tampoco rió.
Simplemente abrió los ojos y miró, como si ya estuviera escuchando algo que los demás no oían.
Se llamaba Aoi.
Aoi no hablaba como los otros niños. No respondía cuando lo llamaban ni miraba a los ojos. Pasaba horas alineando piedras junto al río, siempre en el mismo orden: grandes, medianas, pequeñas. Si alguien alteraba el patrón, Aoi temblaba como si el mundo se hubiera torcido.
- Está tocado por los espíritus -susurraban algunos.
- Es un castigo —decían otros.
Su madre solo decía:
—Mi hijo ve más de lo que nosotros vemos.
Aoi tenía una costumbre extraña: todas las tardes caminaba hasta el límite del bosque y se sentaba frente a una roca partida en dos. Allí, inclinaba la cabeza, inmóvil, durante horas.
Una noche de verano, un anciano monje llegó a la aldea. Al observar al niño, frunció el ceño.
—Ese niño no está vacío —dijo—. Está lleno.
Llevó a la madre hasta la roca del bosque y encendió un incienso. El aire se volvió pesado.
Entonces, una voz grave, profunda, resonó como un tambor lejano.
—Hace tiempo que no me escuchaban tan claro.
De la sombra emergió un oni: cuernos curvos, piel oscura como la ceniza, ojos antiguos. No mostraba ira. Mostraba cansancio.
El oni explicó que, generaciones atrás, la aldea había hecho un pacto: los oni protegerían el valle de riadas y deslizamientos, y a cambio, uno de cada cien nacidos escucharía ambos mundos.
—Los humanos dejaron de creer —dijo el oni-.
Pero los pactos no olvidan.
Aoi no hablaba porque las palabras humanas eran demasiado ruidosas.
No miraba a los ojos porque veía, superpuestos, los rostros de los vivos y los espíritus.
Ordenaba piedras porque el mundo, para él, solo tenía sentido cuando seguía un patrón que calmara el murmullo constante del más allá.
El oni se inclinó ante el niño.
—Él no me pertenece —dijo—. Camina entre nosotros por naturaleza.
El monje ofreció sellar el vínculo, hacer a Aoi
"normal". Bastaba un ritual.
La madre miró a su hijo. Aoi, por primera vez, levantó la vista... y negó con la cabeza.
Esa noche, el oni desapareció del bosque.
Las riadas nunca volvieron.
La montaña permaneció en calma.
Aoi creció sin hablar mucho, sin encajar del todo.
Pero se convirtió en el mejor lector de señales del valle: sabía cuándo el río iba a crecer, cuándo la tierra iba a moverse, cuándo alguien mentía al viento.
La aldea aprendió a escucharlo, incluso cuando guardaba silencio.
Y así comprendieron, demasiado tarde pero con humildad, que Aoi no estaba roto, ni maldito, ni poseído.
Solo era el último que aún oía a los oni en un mundo que había dejado de escuchar.
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