Etiquetas

domingo, 18 de enero de 2026

Barbanegra

El día que vi a Barbanegra por primera vez, el mar estaba demasiado quieto. No era una calma buena, de esas que anuncian descanso, sino una quietud tensa, como si el océano mismo contuviera el aliento.

Yo era apenas un marinero raso, con las manos aún torpes de tanto cabo y sal, cuando el vigía gritó desde lo alto del mástil. No dijo "barco". Dijo su nombre. Y con eso bastó para que el miedo corriera por la cubierta más rápido que cualquier tormenta.

Apareció en el horizonte como una sombra mal dibujada contra el amanecer. El casco oscuro, las velas gastadas, avanzando sin prisa. Como si supiera que no había necesidad de correr.

Cuando estuvo lo bastante cerca, lo vi.

Barbanegra no parecía un hombre. Parecía una historia hecha carne. La barba negra le caía como una marea espesa sobre el pecho, trenzada con cintas y mechas encendidas que humeaban lentamente. Sus ojos no buscaban nada en particular, pero parecía verlo todo.

Cuando sonrió, entendí por qué algunos juraban que el diablo le debía favores.

Nadie habló. Nadie se movió. Incluso el viento pareció obedecerle.

Caminó por su cubierta con una calma insultante, como si el mundo entero fuera suyo y nosotros apenas un pensamiento pasajero. En ese instante supe algo que jamás olvidé: no temíamos a sus cañones, ni a sus espadas, ni siquiera a la muerte.

Temíamos a la certeza de que, para él, ya estábamos vencidos.

Y mientras su nave se acercaba, comprendí que hay leyendas que no nacen del exagerar...

sino de sobrevivir para contarlas.





El mar estaba negro esa mañana, no por la noche, sino por algo peor: no reflejaba nada. Ni cielo, ni luz, ni esperanza. Fue entonces cuando el vigía empezó a llorar antes de gritar su nombre.

Barbanegra.

No apareció como llegan los barcos, sino como aparecen las pesadillas: sin aviso, sin lógica. Su nave parecía hecha de restos, de maderas que no deberían flotar, y aun así avanzaba. Cada crujido del casco sonaba como un hueso rompiéndose.

Lo vi apoyado en la borda, inmóvil. No hacia talta que gritara órdenes. El barco lo obedecía solo.

La barba le caía en mechones ennegrecidos, y entre ellos ardían mechas lentas, como si su rostro se estuviera consumiendo desde dentro.

El humo le rodeaba la cabeza formando una corona torcida. No era un capitán. Era una advertencia.

Cuando sus ojos se clavaron en mí, sentí que algo se cerraba. No supe qué. Tal vez el alma.

Algunos hombres rezaron. Otros se arrojaron al agua. Yo me quedé quieto, porque entendí la verdad más tarde que los demás: el mar no iba a aceptarnos de vuelta.

Barbanegra sonrió, y ese gesto fue peor que cualquier disparo. Sonrió como sonrie alguien que ya ha decidido cuántos muertos necesita

hoy.

Cuando abordaron, no hubo lucha. Solo ruido. El sonido de cuerpos cayendo, de súplicas que no encontraron oídos, de madera manchándose de rojo oscuro, casi negro.

Sobreviví porque él no me miró dos veces.

Y desde ese día sé algo que no se enseña en ningún puerto:

hay hombres que navegan los mares... y hay otros que hacen que el mar les tenga miedo.



No necesito que el mar me tema.

El mar me conoce.

Sabe cuándo camino por su espalda y cuándo reclamo lo que me debe. Hoy está quieto. No porque esté en calma, sino porque escucha.

Veo el barco antes de que ellos me vean a mí.

Siempre es así. Los hombres miran el horizonte buscando promesas; yo lo miro buscando finales. Son un casco cansado, velas remendadas, tripulación demasiado viva.

Pertecto.

Enciendo las mechas de mi barba con calma. El humo entra en mis pulmones y me recuerda quién soy. No lo hago por teatro. Lo hago para que no olviden. El miedo abre puertas que el acero no sabe encontrar.

Los observo cuando por fin entienden. Algunos caen de rodillas. Otros aprietan los puños, como si la valentía improvisada pudiera salvarlos. Uno me mira fijamente. Ese siempre es el más peligroso... o el que más tarda en morir.

No grito órdenes. Mi tripulación siente el momento igual que los tiburones sienten la sangre. El barco se acerca solo. El destino no necesita empujones.

Cuando abordamos, el ruido es breve. El miedo ahoga más rápido que el agua. No disfruto la matanza, pero tampoco la rehúyo. La muerte es una herramienta, como el timón o el cañón. Se usa cuando hace falta.

Paso entre ellos y elijo. Siempre elijo. Algunos vivirán para contar historias deformadas. Otros desaparecerán sin nombre. Las leyendas necesitan testigos, pero no demasiados.

Veo a un muchacho escondido, paralizado. No tiembla. Está vacío. Ese ya ha muerto por dentro.

Le concedo el resto de su vida. Será larga. Y estará llena de mí.

Cuando nos alejamos, el mar vuelve a moverse.

Satistecho. Yo apago las mechas y dejo que el humo se disipe.

Mañana habrá otro barco.

Otro relato.

Otra razón para que el mundo recuerde que los monstruos no nacen...

Se construyen.

No hay comentarios:

Publicar un comentario