martes, 15 de marzo de 2016

La dinámica del asteroide.

Siempre me he considerado una enamorada del personaje de Conan Doyle, Sherlock Holmes, que si no es mi personaje de ficción favorito poco le falta para eso. 
Muchas han sido las historias en las que he introducido a este personaje, sin dejar atrás a su buen amigo Watson, por supuesto. No podía dejar de dedicar no unas cuantas líneas, sino unas cuantas hojas a quien había hecho que me volviese más observadora, ja, ja, ja, ja.
Pero hoy quiero citar a otro de los grandes personajes de Doyle, un personaje poseedor de una mente no menos privilegiada que la del propio Sherlock, y sin cuya existencia, el mérito de este súper detective nunca hubiera sido el mismo. El es el Profesor James Moriarty.



La dinámica del asteroide.


La oscuridad se iba apoderando poco a poco del campus universitario de Cambridge, a pesar de los nervios que recorren mi cuerpo, me acerco lentamente a la ventana de mi despacho y me asomo por ella. Varios, cientos de jóvenes estudiantes se apresuran a abandonar las aulas, era viernes, y seguro que más de uno de ellos tenía pensado trasnochar.
“Igual que yo”, pensé al mismo tiempo que cerraba la ventana, la fría brisa del mes de noviembre me calaba los huesos, los años no pasaban en balde por nadie…
Me dirijo de nuevo hacia mi escritorio, esta vez más rápidamente, el cuero del sillón cruje bajo mi peso. Me siento cansado… El no debería venir esta noche, no debería estar aquí… No hacía mucho que había estado en su casa para advertirle, para avisarle de que si no me dejaba en paz lo mataría, acabaría con su vida al igual que hago con aquellos que me estorban o traicionan. Pero no… El tenía que ir más allá de eso, no podía parar… Tenía que meter las narices en los asuntos que no le incumbían… Siempre había sido así, no había nada que se escapara de su privilegiada mente de sabueso. Un sabueso capaz de seguir hasta los más completos pasos que yo daba, y ya empezaba a hacer tambalear todo lo que yo, durante tanto tiempo, había creado. Sabía que mi trabajo llevaba ya varios años siendo un gran rompecabezas para las más altas élites de Scotland Yard, y él no pararía hasta demostrar que yo estaba detrás de toda aquella maraña de robos y crímenes, no se detendría, jamás… Por eso tenía que ponerle fin a su existencia, no podía esperar más… Una pena, pues realmente era alguien brillante, un genio adelantado a su tiempo, como el mismo solía definirse a menudo, alguien cuya inteligencia contaba con el honor de ser comparada con la mía.
“Realmente es una lástima que tenga que morir… Pero él se lo ha buscado, por excéntrico…” Pensé, dirigiendo la mirada hacia el tablero de ajedrez que había sobre una esquina de la mesa, el próximo movimiento era suyo, pero esta vez no me ganaría… No.
Dicho instrumento de distracción descansaba sobre uno de los ejemplares del libro que me había llevado al lugar en el que me encontraba ahora, un tratado sobre el binomio de Newton que ya hace 30 años se me antojó tan pequeño a la hora de escribirlo. Estaba harto de ver copias de ese manuscrito, harto… Si tuviera que contar a todos y cada uno  de los que, de forma tan tardía, me daban la enhorabuena por él, me volvería loco. Aunque ese había sido el primero de mis trabajos escritos, no era del que más orgulloso me sentía, “la dinámica del asteroide”, mi segundo libro, sí que lo era, desde luego que sí… Nadie había sido capaz de rebatirme ni una sola de las teorías que describía en él, ni una sola persona… Mi obra era perfecta, exacta, como todo lo que yo hacía, como las matemáticas… A veces pienso que ese libro me describe perfectamente, una mente inquieta, impredecible… ¿O sí? Creo que solo con él podría mantener entretenidos debates sobre los temas que aquel escrito encerraba, sí… Quizá algún día me anime a regalarle un ejemplar, ¿Por qué no? Así le daría la oportunidad de entender un poco más mi dinámica.
De repente, un toque a mi puerta me sacó de mis tan lejanos pensamientos.
—Adelante.—Anuncié. Mi voz llenó toda la habitación, y el alumno que ahora abría la puerta, me miraba con cara asustada, como si fuera una presa que teme de un posible depredador. Sí, me encanta causar ese efecto en la gente con solo decir una palabra.
Aquel joven solo venía a preguntarme alguna que otra duda que tenía sobre la clase impartida aquella misma mañana. Se llamaba Jhon, y era un alumno muy prometedor, o al menos, eso era o que otros profesores decían, yo solo veía en él una mente curiosa que simplemente resaltaba entre las demás, que a su lado solo parecían meras ovejas…
El joven Jhon se levantó de la silla que quedaba justo delante de la mía, agradeciéndome las aclaraciones con una vivaz, aunque reservada sonrisa. Cuando se dio la vuelta pude ver el estuche negro que colgaba de su espalda.
—Disculpe, Jhon…—El joven detuvo sus pasos en seco, lo que casi le hace tropezar. No sé por qué, pero me recordó a esas tantas personas a las que había amenazado con un arma por la espalda.— ¿Qué es eso que lleva? ¿Quizá un violín?
—Oh… No, Profesor, es una viola. Esta noche toco en el Teatro con la Orquesta de la Universidad.—Me respondió orgulloso.
—Estoy seguro de que será una agradable velada.—Le respondí yo, esforzándome para que mis labios dibujaran una sonrisa que estaba muy lejos de sentir. Odiaba los violines y a todo aquel que los tocara.
El joven estudiante salió de mi despacho, volví a quedarme solo, la oscuridad cada vez era más intensa en el exterior.
Me levanté y encendí la lámpara de pie que había junto a la puerta, volví a sentarme en el sillón… Desesperado, alcancé él compás con el que había estado trabajando aquella mañana y, al ritmo de la música que ahora sonaba en la dorada gramola de mi derecha, comencé a dar pequeños golpecitos en la mesa. Cuando mi fiel amigo Moran irrumpió en el despacho, me apresuré a cubrir con una hoja de papel las cientos de picaduras que ahora cubrían el escritorio.
—¿Sí?—Casi ladré.
—Ya ha llegado, Profesor.
Mi cansado corazón dio un vuelco al oír aquellas palabras.
Rápidamente me incorporé del sillón al mismo tiempo que una alta y delgada figura atravesaba la puerta, sus ojos de rapaz se clavaron en mí, escrutándome con cierto recelo, no pude evitar regocijarme al ver en ellos ese inconfundible brillo inteligente que solo lo caracterizaba a él.
—Bienvenido…—Le anuncié amablemente, señalando la silla frente a mí, frente al tablero de ajedrez.—Hacía ya rato que le esperaba, Señor Sherlock Holmes…






2 comentarios:

  1. ¡Qué delicia de relato! Casi se siente la desesperación de Moriarty. ¿Con quién que fuera digno de él se enfrentaría cuando Holmes ya no estuviera?

    Es maravilloso.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  2. ¡Muchas gracias, Alfredo! ¡Me alegra que te haya gustado! Siempre sentí una fascinación especial por los personajes de Doyle, y sí, creo que hubiera habido otro con el que Moriarty se hubiera visto obligado a enfrentarse de haber muerto Holmes en su lugar, Mycroft Holmes, cuya mente era aún más brillante que la de Sherlock, o puede que también la misma Irene Adler. Hubieran estado bien esas batallas de haberse dado.

    ResponderEliminar