miércoles, 7 de septiembre de 2016

El maestro






Aquellas espadas caían al suelo de forma constante, al igual que los guerreros. Muchos de ellos ya presentaban algunas heridas en su cuerpo a pesar de que las armas estaban hechas de madera, pero se volvían a levantar con gritos de rabia y coraje entre las nubes de polvo que levantaban al caer. El sol ya estaba cayendo, dotando a la tierra de un color rojizo, haciendo que pareciera bañada por la sangre de los 8 guerreros.
El pequeño Alejandro los observaba apoyado en la ventana, sus enormes ojos dispares estaban tristes, y parecían a punto de inundarse en lágrimas.


 —Son del ejercito de mi padre—dijo en voz baja sin apartar la vista de la ventana.
Su maestro, Aristóteles, se levantó cansadamente de la mesa y se acercó para mirarlos. Aquellos feroces soldados formaban parte de los 12000 hombres del ejercito del Rey Filipo, el mismo que zarparía al día siguiente hacia Anatolia decidido a detener el avance de las tropas persas que amenazaban Grecia. El rey anhelaba que todos los griegos y demás clanes rebeldes se unieran a él para hacerles frente, ya que por separado resultaban demasiado débiles para el enemigo, y aquello, era una auténtica pesadilla para Filipo.
—Maestro, ¿cree que alguna vez llegaré a ser como ellos?—preguntó el pequeño, mirándolo suplicante.
El anciano, a pesar de la tristeza que había en la pregunta que su pupilo le había formulado, sabía que lo que realmente deseaba escuchar era la verdad, no la peculiar respuesta que en esos casos se les daba a los niños conteniendo lo que querían escuchar.
Aristóteles había podido presenciar en varias ocasiones los desprecios que le había dedicado el rey a su hijo, ridiculizándolo con sus palabras, asegurándole que nunca llegaría a ser un buen rey como él… Por una parte, querían pensar que Filipo hacía aquello para hacer más fuerte a su hijo, para que viera que nada en la vida es fácil y que las cosas cuesta conseguirlas, pero por otra parte, pensaba que el rey realmente disfrutaba haciendo llorar a su hijo.
—¿Porque no, Alejandro?—Le respondió con cariño.—Todo el mundo será lo que se proponga ser, un buen hijo, un buen esposo, un buen soldado, y un buen rey... Tú serás todas esas cosas, aunque todavía queda mucho para eso, y debes tener paciencia.—Con suavidad, el anciano acarició aquella infantil cabeza rubio ceniza. Aunque finalmente su respuesta englobara las dos cosas, no le había dicho al chico lo que quería oír, sino la verdad, lo que él sinceramente sentía.
Los ojos de Alejandro ahora estaban fijados en él.
—Es la única persona que conozco que confía en mí, Maestro… Usted y mi madre…
La Reina Olimpia siempre había sido muy generosa con su hijo, gracias a ella no le faltaba de nada, y también era la mayor responsable del amor tan irracional que Alejandro sentía por los libros.  Su especial pupilo era un niño que desde muy pequeño había sido exquisitamente educado a la usanza griega, era muy curioso y siempre había tenido muchas ganas de aprender, lo que le dio a Aristóteles una idea.
—Creo que tengo algo que te podría gustar, Alejandro.—Le dijo metiendo las manos en el zurrón que estaba a su lado, el mismo que siempre lo acompañaba, sacó un grueso libro de hojas amarillentas y se lo entrego al pequeño.—Este libro lleva acompañándome mucho tiempo, es el primer regalo que me hizo mi padre, cuenta una historia preciosa que seguramente te gustará leer. Además de historia, contiene batallas, amor, dioses y héroes de la historia que nunca morirán. Con el podrás saber las diferencias que hay entre ser un rey bueno o un rey nefasto.
Alejandro miró con admiración el libro que su maestro acababa de poner entre sus manos. Suavemente acarició su raída cubierta, con mucho cuidado, como si fuera de cristal.
—Muchísimas gracias, si me lo da usted seguro que me gustará.
—¡Claro que sí!—exclamó Aristóteles, orgulloso de haber arrancado por fin una sonrisa al muchacho.—Esa historia sucedió hace mucho, mucho tiempo, aquí, en Grecia. Habla de una mujer, Helena, la que según dicen era hija de Zeus, y poseedora de una belleza infinita. Helena era la esposa de Menelao, por entonces rey de Esparta, pero ella no pudo evitar el enamorarse perdidamente de Paris, el hijo del Príamo, rey de Troya y uno de los más importantes y privilegiados gobernantes de la época. Cuando Helena escapó con Paris Menelao enloqueció, y pidió ayuda a su hermano Agamenón, el cual unió su ejército al suyo, partiendo hacia Troya y jurándole una guerra a Príamo si éste no le devolvía a Helena.
>>¿Sabes? El ejército del cruel Agamenón contaba con un hombre que ha pasado y seguirá pasando a la historia como uno de los mejores guerreros que existieron, Aquiles.
>>Troya… Todavía me parece un sueño cada vez que la recuerdo sus ruinas…
—¿De verdad? ¿Usted estuvo allí, Maestro?
—Oh… Sí… Pero de eso hace ya tanto tiempo… Yo era entonces un niño, debía tener más o menos tu edad.
—¿Dónde se encuentra esa ciudad? ¿Está muy lejos de aquí?—preguntó el muchacho cada vez más ilusionado.
—Uffff, chico… Hace ya tanto tiempo que ni lo recuerdo, aunque estoy seguro de que no era muy lejos de aquí. De todas maneras, en el libro fui dejando varias anotaciones a lo largo de los años, y seguramente alguna de ellas se refiera a la ubicación de Troya. Pero ahora, pequeño, deja de mirar por la ventana y céntrate en la pizarra, ahora tu realidad es otra, ya te harás tan bueno como esos hombres de aí abajo, o quizá más.
>>Sé que el latín no es tan interesante como la historia, sé que el latín no es tan interesante como la historia... Pero también tiene la suya, ¿lo sabías?

El pequeño suspiro fingiendo resignación, y siguió escuchando al viejo Aristóteles. Ya quedaba poco tiempo de clase, al menos durante esa mañana, pero aquel día su mente no volvió más a aquella habitación y, realmente, nunca volvió de Troya.

10 comentarios:

  1. ¡Buen relato! Me encanta la figura de Alejandro Magno y, sobre todo, las reflexiones que haces sobre los héroes. Sólo un par de cositas: se re ha escapado una falta ortográfica y en uno de los últimos párrafos has repetido la misma oración sin darte cuenta, a menos que pretendieras crear algún efecto y yo acabe de meter la pata, ja, ja, ja. Pero, repito: buen relato. ¡Un abrazo!

    ResponderEliminar
  2. Hola, amiga!
    Que bueno que te haya gustado! A mi también me gustan mucho los relatos históricos, y si además nombran alguna obra que ha llegado hasta nuestros días mucho más!
    Gracias por decirme lo de mi error, no, no lo he repetido, jajajaja, lo que me ha faltado ponerle es la coma que separa ambas frases. Corregido!
    Otro abrazote para tí!

    ResponderEliminar
  3. Una escena muy bien narrada. El maestro y el alumno están bien perfilados como personajes, más allá de su carácter histórico. Quién sabe qué habría pasado si su padre le hubiera dado un trato distinto. Los traumas, los complejos de la infancia son algo que nos define irremediablemente. Si me permites, los verbos de decir, en los diálogos, se escriben en minúscula. Se usa la mayúscula después de raya cuando se inserta una acción.
    ¡Un gusto conocer tus letras!
    Saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, David!
      Muchas gracias por tu visita, me ha alegrado un montón! Y más aún si te ha gustado mi relato.
      ¿Quién sabe? Es cierto, si Filipo hubiera sido un padre más amable quizá Alejandro el Grande no hubiera existido nunca, nada pasa por algo, todo pasa por todo...
      Muchas gracias por el consejo de los diálogos! Es algo que ves de manera correcta e incorrecta tantas veces que ya te hace dudar!
      Un saludo!

      Eliminar
  4. Hola Ana
    Aunque me leí el texto que publicaste comenzando una serie sobre fantasía y dragones, esta es la primera vez que te comento (no siempre comento todo lo que leo por falta de tiempo y, porque si lo hago, me gusta hacerlo bien) Quiero decirte que me ha gustado el planteamiento y desarrollo de tu relato. Ya de por sí, escribir un relato histórico conlleva la dificultad añadida de saber sobre lo que se escribe o documentarse sobre ello. Y ese es un trabajo nada desdeñable y que se agradece por quien lo lee. En tu texto reflejas muy bien a relación de Aristóteles con su discípulo, la mentalidad de este joven conquistador y la influencia que la Ilíada tuvo en él (magnífico el detalle de las anotaciones que el propio filósofo hizo sobre el texto original y la mención a la misteriosa ubicación de la ciudad mitológica) y además nos lo cuentas en forma muy amena y bien escrita. También, con todo el respeto del mundo, te voy a poner dos pegas (y que conste que si lo hago es porque me ha gustado tu relato): ¿Por qué latín? Un filósofo griego del siglo IV a.C. es harto improbable que impartiese como materia a su discípulo el aprendizaje de una lengua que, en aquel momento, todavía no había comenzado a expandirse. Hubiera sido más fácil poner matemáticas, gramática o gimnasia (aunque ésta no creo que le resultase tediosa a Alejandro)… A no ser, claro está, que algo se me escape, pues no soy especialista, y tú puedas sacarme de la duda. Otra cosa es aconsejarte que hagas una revisión ortográfica para pulir errores que, muchas veces, es inevitable que se escapen (por ahí se te ha colado un ahí sin “h”).
    Espero que no te hayan molestado mis correcciones. Enhorabuena por tu relato. Encantado de leerte. Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, Isidoro!
      Antes que nada muchísimas gracias por tu comentario, bastante completo y con buenas consejos.
      Me alegra muchísimo que te haya gustado mi relato, la historia es una de mis grandes pasiones, y el personaje de Alejandro Magno me encandiló desde pequeñeita, tanto por la auténtica historia que de él conocemos, como por la magia que hay en su leyenda. No me considero una experta en este personaje, ¡ojalá! Pero uno de los primeros libros que escribí era sobre él, por lo que me empapé aún más de su historia, de sus logros y, porqué no, de sus excentricidades.
      Si bien es cierto que Filipo fué bastante duro con su hijo como quedó en la historia, también lo que es siempre quiso lo mejor para su educación, curiosa contrariedad, este rey tubo que ser un hombre verdaderamente inaguantable...
      El Rey Filipo movió cielo y tierra para encontrar los mejores tutores y maestros para su hijo, y en Aristóteles vio lo que quería, aparte de que con su nacionalidad griega cumplía uno más de sus antojos, pero eso no viene al caso ahora.
      Aristóteles enseño a Alejandro a escribir griego, babilonio y latin. La naturaleza del mar y de los vientos, le explicó el recorrido de las estrellas. Le enseño justicia, retórica, matemáticas... En realidad, todas las artes y las ciencias que pudieran estar en aquel momento a disposición de Alejandro.
      El detaye de sus apuntes en "la iliada" forma parte de la leyenda de este personaje, al igual que el conocimiento de la ubicacion de la ciudad. Cuando conocí este dato me gustó tanto que no pude resistirme a nombrarlo en el relato.
      Por otro lado, tienes razón en cuanto a la ausencia de las "h" en alguna ocasión, mira que repaso los relatos cuando los escribo, varias veces además. Siempre tube grandes problemas con la "h" en palabras como "hay"o "ahí", ¡tendré que estar más pendiente!
      Me alegra mucho que me des estos consejos precisamente por el hecho de que mi relato te haya gustado, ¡así dá gusto escribir y compartir!
      Un saludo!

      Eliminar
    2. Aunque dices que no eres una experta en el tema, me parece que lo conoces bastante bien. Lo que a mí me parecía improbable, me lo has demostrado con una erudición que deja fuera cualquier duda, ja, ja. Mi enhorabuena, me has dado una lección de historia que acaba de subir puntos a tu ya magnífico relato. Muchas gracias por una respuesta tan completa y de nuevo felicitarte por tu trabajo.
      Un saludo

      Eliminar
  5. Me ha encantado, adoro la cultura clásica y todo tipo de relatos de los mitos grecorromanos <3
    Ya me tienes por aquí, iré leyendo tus relatos anteriores poco a poco ;)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, Alhana!
      A mi también me encantan ese tipo de lecturas!
      Un saludo!

      Eliminar