Nunca he sabido en qué momento deja uno de mirar un partido para empezar a rezar.
Supongo que ocurre sin darte cuenta.
Cuando el reloj ya no corre.
Cuando se escapa.
Cuando cada segundo pesa más que el anterior.
Aquella noche en Lisboa el tiempo tenía un sonido.
Era el del marcador anunciando los minutos que nos quedaban para aceptar que otra vez no.
Otra vez tan cerca.
Otra vez viendo cómo la Copa se alejaba justo cuando parecía al alcance de la mano.
El gol del Atlético había caído como caen esas noticias que uno se niega a creer.
Al principio piensas que queda mucho.
Luego queda media hora.
Después veinte minutos.
Después diez.
Y, de repente, alguien anuncia el noventa y tú descubres que llevas un rato sin respirar.
Miré alrededor.
Había miles de madridistas.
Nadie hablaba.
Los que unos minutos antes cantaban ahora miraban el césped con los brazos cruzados, como si el silencio pudiera hacer aparecer un milagro.
Un hombre mayor, dos filas delante de mí, tenía la bufanda enrollada entre las manos.
No dejaba de apretarla.
A su lado, un niño preguntaba una y otra vez cuánto quedaba.
El padre no respondía.
No porque no quisiera.
Porque no encontraba las palabras.
Yo tampoco.
Habíamos esperado demasiado para volver a una final de Europa.
Toda una generación había crecido escuchando hablar de una Copa de Europa que nunca había visto levantar a su equipo.
La Décima.
Parecía una leyenda.
Una promesa.
Una obsesión.
Algo que siempre estaba un paso por delante de nosotros.
El árbitro señaló el saque de esquina.
No pensé nada especial.
La verdad es esa.
No vi el comienzo de un momento histórico.
Vi una de las últimas oportunidades.
La última, quizá.
La gente empezó a ponerse de pie.
Más por costumbre que por esperanza.
Recuerdo ver a Sergio alejándose unos metros antes de entrar al área.
No parecía desesperado.
No parecía nervioso.
Solo tenía esa expresión de quien todavía no ha aceptado que el partido ha terminado.
El balón salió del pie de Luka.
Durante un instante todo ocurrió muy despacio.
Vi la trayectoria.
Vi las camisetas blancas y rojiblancas mezclándose.
Vi un salto.
Y luego…
Vi una cabeza.
No escuché el remate.
Escuché el silencio que vino justo antes.
Ese silencio diminuto que existe entre el golpe y la certeza.
Después la red se movió.
Y el estadio explotó.
No recuerdo haber gritado.
Recuerdo perder el equilibrio.
Recuerdo abrazar a un hombre al que no había visto en mi vida.
Recuerdo que él lloraba.
Y yo también.
Nos abrazábamos como si fuéramos familia.
Como si lleváramos toda la vida esperando exactamente ese instante.
Miré al césped.
Sergio corría con los brazos abiertos.
Sus compañeros iban detrás.
Pero ya no eran ellos quienes celebraban.
Éramos todos.
Aquello dejó de pertenecer a los jugadores en el mismo momento en que el balón cruzó la línea.
Pasó a ser nuestro.
De la señora que llevaba cuarenta años siguiendo al equipo.
Del niño que acababa de descubrir lo que significa creer hasta el último segundo.
Del abuelo que ya no estaba, pero al que muchos habían prometido que algún día verían la Décima.
Entonces comprendí algo.
El gol no había empatado una final.
Había derrotado al tiempo.
Porque hasta ese minuto el reloj era nuestro enemigo.
Después de ese cabezazo, el tiempo cambió de bando.
La prórroga fue distinta.
No porque el Madrid jugara mejor.
Sino porque el Atlético había visto cómo un sueño que ya podía tocar con las manos se escapaba en un solo instante.
Hay goles que cambian un marcador.
Y hay goles que cambian el estado de ánimo de un estadio entero.
Aquel hizo las dos cosas.
Cuando el árbitro pitó el final y vi a los jugadores levantar la Copa, pensé que el recuerdo más fuerte no sería el cuarto gol.
Ni el tercero.
Ni siquiera el momento de recoger el trofeo.
Sería ese cabezazo.
Porque fue el instante exacto en que miles de personas dejamos de creer que el fútbol era un juego de noventa minutos.
Para entender que, a veces, basta un segundo para reescribir toda una historia.
Años después sigo viendo aquella jugada de vez en cuando.
Y siempre me ocurre lo mismo.
No miro el balón.
Miro el reloj.
Porque sé que, mientras marque noventa y tres minutos, todavía queda espacio para la esperanza.
Y quizá esa sea la mayor lección que me regaló aquella noche de Lisboa.
Que en el fútbol, como en la vida, hay derrotas que solo existen hasta que alguien decide saltar un poco más alto que los demás.
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