Cuando era chico pensaba que las montañas las hacía Dios.
Hasta que empezaron a levantar el Maracaná.
Todas las mañanas pasaba por allí de la mano de mi padre camino al mercado. Él caminaba deprisa porque siempre tenía cosas que hacer. Yo, en cambio, buscaba cualquier excusa para detenerme unos segundos frente a aquella inmensidad.
Al principio no había nada.
Solo tierra.
Tierra roja.
Montones de piedras.
Hombres con palas.
Carretillas.
Y un ruido constante de martillos golpeando el hierro.
No entendía qué estaban construyendo.
Mi padre me decía:
—Va a ser el estadio más grande del mundo.
Yo levantaba la cabeza, miraba aquel vacío enorme y me costaba creer que algún día pudiera llenarse de gente.
¿Cómo podían caber tantas personas en un solo lugar?
¿Cómo podían construir algo tan grande?
Durante meses vi crecer aquellas paredes como quien ve crecer un árbol.
Cada semana aparecía una grada nueva.
Un pasillo.
Una escalera.
Columnas tan altas que parecía que querían sujetar el cielo.
Los obreros llegaban antes de que saliera el sol.
Cuando pasaba por allí todavía bostezaban.
Llevaban la ropa cubierta de polvo blanco y el sudor les dibujaba caminos en la cara.
A veces alguno me saludaba con la mano.
Yo les devolvía el gesto con la admiración que solo siente un niño.
No los veía como albañiles.
Los veía como gigantes.
Porque hacía falta ser un gigante para construir un estadio donde iba a caber un país entero.
Había días en que me sentaba sobre un montón de arena y me quedaba mirando.
Me gustaba cerrar los ojos.
Intentaba imaginar el ruido.
Miles de personas gritando al mismo tiempo.
Nunca había escuchado algo así.
Entonces llenaba el silencio con mi cabeza.
Inventaba partidos.
Inventaba jugadores.
Inventaba goles.
A veces era yo quien marcaba.
Corría por un campo que todavía no existía mientras una multitud invisible coreaba mi nombre.
Después abría los ojos.
Solo seguían allí los obreros.
Las grúas.
El cemento.
Y el olor.
Nunca olvidaré ese olor.
Una mezcla de cal húmeda, hierro caliente, madera recién cortada y tierra mojada por la lluvia de Río.
Con el paso de los meses el estadio empezó a parecer un ser vivo.
Cada día tenía una forma distinta.
Cada día respiraba un poco más.
Las gradas ya no eran simples bloques de cemento.
Eran olas.
Enormes olas de piedra esperando un océano de personas.
Un domingo conseguí entrar.
No debía.
Pero encontré un hueco en una valla y me colé.
Caminé despacio.
No había césped todavía.
Solo un terreno desnudo.
Subí por unas escaleras interminables hasta la parte más alta.
Cuando llegué arriba…
Me quedé sin aire.
Nunca había visto el mundo desde tan alto.
El centro del campo parecía diminuto.
Las porterías aún no existían.
Pero yo ya las veía.
Miré alrededor.
Las gradas estaban vacías.
Completamente vacías.
Y, sin embargo, juraría que escuché un murmullo.
No de verdad.
De esos que nacen dentro de uno.
Como si el estadio estuviera ensayando el sonido que algún día guardaría para siempre.
Pensé en la Selección.
Pensé que algún día Brasil jugaría allí.
No sabía cuándo.
No sabía contra quién.
Solo sabía que tenía que ocurrir.
Porque un estadio tan grande no podía construirse para partidos normales.
Tenía que esperar algo extraordinario.
Al bajar me crucé con un viejo albañil.
Llevaba las manos agrietadas por el cemento.
Me sonrió.
—¿Te gusta?
Asentí sin decir una palabra.
Él miró las gradas durante unos segundos.
Luego dijo algo que entonces no entendí.
—Los partidos duran noventa minutos.
Esto va a durar mucho más.
Con los años comprendí lo que quería decir.
Aquel hombre no estaba construyendo solo un estadio.
Estaba levantando un lugar donde millones de personas iban a dejar una parte de su vida.
Allí habría abrazos imposibles.
Llantos.
Silencios.
Héroes.
Villanos.
Finales.
Derrotas.
Niños que entrarían por primera vez de la mano de sus padres.
Ancianos que volverían solo para recordar.
Yo regresé muchas veces.
Vi al Maracaná lleno.
Lo vi cantar.
Lo vi temblar.
Lo vi llorar.
Y cada vez que cruzaba sus puertas recordaba aquella primera mañana en la que solo era un enorme agujero lleno de barro.
Entonces sonreía.
Porque sabía un secreto que casi nadie conocía.
Antes de ser el estadio más famoso del mundo…
El Maracaná fue el sueño de un puñado de obreros.
Y el lugar donde un niño aprendió que algunas construcciones no se levantan solo con ladrillos y cemento.
También se levantan con esperanza.
Y esa…
Esa es la parte que nunca aparece en los planos.
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