Etiquetas

viernes, 22 de mayo de 2026

El daruma de Haru

 En un pequeño pueblo de montaña, no muy lejos de Kyoto, vivía un niño llamado Haru. Tenía once años, una obsesión casi dolorosa por los horarios exactos y una sensibilidad tan intensa al ruido que el simple chirrido de una bicicleta podía hacerle taparse los oídos y quedarse quieto durante minutos.

Los demás niños decían que era raro.

Los profesores hablaban de él como si siempre faltara una pieza en sus frases.

Y los adultos, incluso cuando eran amables, lo miraban con esa expresión suave y triste que Haru odiaba más que cualquier ruido.

Autista.

La palabra flotaba alrededor de él como una etiqueta pegada a la espalda.

Haru no la odiaba exactamente. Lo que odiaba era todo lo que parecía venir después de ella:

“No podrá…”

“Le costará…”

“Hay que tener paciencia…”

Como si su vida fuese una larga lista de limitaciones anticipadas.

Su madre intentaba ayudarlo llevándolo algunos domingos a un templo escondido entre cedros antiguos. Allí solo había campanas suaves, olor a incienso y el crujido de la madera vieja bajo los pies.

Fue en invierno cuando encontró el daruma.

No estaba junto a los demás.

Los típicos daruma rojos llenaban una estantería cerca de la entrada, pero aquel estaba apartado, casi escondido tras unas tablillas de deseos. Era de color púrpura.

Haru lo tomó entre las manos.

—Ese no suele elegirse mucho —dijo el monje anciano que barría el patio.

—¿Por qué?

—El morado representa crecimiento personal. La mayoría pide éxito, dinero o aprobar exámenes. Pocas personas desean cambiar por dentro.

Haru observó los ojos blancos y vacíos del muñeco.

Recordó lo que su terapeuta llamaba “objetivos adaptativos”: mirar a los ojos, hablar sin bloquearse, soportar el tren lleno de gente, hacer amigos, comprender bromas.

Metas pequeñas para otras personas.
Montañas enteras para él.

—¿Qué pasa cuando lo consigues? —preguntó.

El monje sonrió.

—Cuando completas tu propósito, regresas al templo y el daruma se quema en una ceremonia. El humo lleva tu esfuerzo hacia los dioses… y también deja espacio para nuevos sueños.

Haru apretó el muñeco contra el pecho.

Aquella noche pintó el ojo izquierdo del daruma con una precisión obsesiva. Luego escribió una lista y la escondió bajo su almohada.

  1. Entrar solo a una tienda.
  2. Hablar con un desconocido sin tartamudear.
  3. Soportar los fuegos artificiales del festival de verano.
  4. Tener un amigo.
  5. No sentir miedo constante.

El último punto tardó varios minutos en escribirlo. Porque era el más difícil de admitir.

Los meses pasaron. Haru avanzaba de formas invisibles para casi todos.

Primero logró comprar pan solo, aunque tuvo que repetir tres veces la misma frase antes de que saliera correcta.

Luego soportó quince minutos dentro de un tren abarrotado antes de salir temblando.

Más tarde consiguió decir “gracias” mirando directamente a la cajera. Victorias diminutas. Gigantescas para él…

Cada noche hablaba con el daruma verde.

—Hoy no me tapé los oídos en clase.

—Hoy no lloré cuando cambiaron el horario.

—Hoy un niño se sentó conmigo.

Nunca pintaba el segundo ojo. Todavía no…

Pasaron dos años y Haru creció. Seguía siendo autista. Seguía odiando ciertos sonidos. Seguía necesitando rutinas para no sentirse perdido. Pero algo había cambiado… Ya no veía su condición como una muralla imposible de cruzar.

Era más bien un idioma distinto que estaba aprendiendo a traducir.

Una noche de verano, durante el festival del pueblo, ocurrieron los fuegos artificiales.

El antiguo Haru habría huido antes del primer estallido. Sin embargo, se quedó…

Tenía auriculares protectores, sí. Las manos temblando también. Pero permaneció allí mientras el cielo explotaba en colores.

A su lado estaba Ren, el primer amigo que había hecho en toda su vida.

—¿Estás bien? —preguntó Ren.

Haru miró arriba. El estruendo seguía atravesándole el pecho, per no sentía miedo, solo incomodidad. Y descubrió que esas dos cosas no eran lo mismo...

Aquella noche volvió a casa, tomó el pincel y pintó lentamente el segundo ojo del daruma.

Después lloró, pero no de tristeza, sino porque comprendió algo que nadie le había explicado nunca: superarse no significaba convertirse en otra persona. No iba a dejar de ser autista, nunca… La verdadera meta había sido dejar de odiarse por ello.

En otoño regresó al templo. El monje seguía allí, más encorvado, barriendo hojas rojas.

Haru sostuvo su daruma entre ambas manos.

—He venido a devolverlo.

El anciano observó los dos ojos pintados.

—Entonces encontraste lo que buscabas.

Haru pensó durante un instante.

—No exactamente lo que buscaba… pero sí lo que necesitaba.

Esa tarde vio cómo el fuego consumía lentamente el muñeco. Las llamas devoraron el papel morado hasta convertirlo en ceniza brillante que subió hacia el cielo frío.

Y mientras el humo desaparecía entre los cedros, Haru sintió algo extraño.

No el final de un camino. Sino el comienzo del primero que realmente había elegido por sí mismo.


jueves, 21 de mayo de 2026

Hércules, Orfeo y la paciencia de Atalanta.

 




Desde la proa del Argos, 

con el mar oliendo a alga y tragedia,

 yo, Atalanta, hija del monte, 

presencié otra épica necedad helenia. 

Porque claro, tras monstruos, dioses y muertos,

tras navegar por tormentas y abismos inciertos,

los héroes más grandes de toda Tesalia 

decidieron medirse... 

La entrada al Hades. Vaya mucha diaria…

“¡YO bajé rompiendo puertas!”

rugió Hércules inflado, 

con bíceps del tamaño de un templo mal tallado “¡Cerbero gimió al verme entrar!”

“¡Hasta Caronte me dejó pasar sin pagar!”

Y Orfeo, abrazando su lira dorada,

respondió con voz suave, dramática y exagerada:

“Entrar pegando gritos no tiene elegancia,

yo hice llorar sombras con pura resonancia.”

“¡Bah!” gruñó Hércules, golpeando un barril, 

que salió volando como un pobre proyectil

“Tu viaje fue un concierto funerario!”

“¡Y el tuyo un accidente penitenciario!”

Los argonautas miraban en círculo cerrado,

como si Zeus mismo hubiera apostado.

Jasón fingía estudiar un mapa arrugado, 

porque meterse ahí era morir aplastado.

Y yo... YO estaba delante, apoyada en mi mano, preguntándome en qué momento exacto y lejano 

pasé de cazar jabalíes salvajes en Arcadia 

a ser niñera emocional de esta tragicomedia.

Puse los ojos tan arriba 

que casi vi el Olimpo desde la cubierta. 

Si Atenea me observaba, seguro pensaba:

 "Esa muchacha merece una taberna bien pagada."

Porque allí estaban;


Uno enseñando músculos sudorosos,


el otro haciendo acordes melodiosos,


discutiendo quién descendió mejor al Inframundo


Inframundo...


como si hubiera premios. 

Como si hubiera Segundo.




Orfeo tocó una nota intensa y sombría,


Hércules arrancó media barandilla y rugía,


y un marinero susurró con mucho tino:


"como sigan así, volvemna al Hades por el camino."

Entonces suspiré,

larga, profundamente, con dolor ancestral, 

ese tipo de suspiro que anuncia fatiga física,

mental y espiritual.

Y dije:

“Escuchad, campeones del ego infinito:

uno bajó cantando y otro bajó a gritos.

Perfecto. Maravilloso. Hazaña sin igual.

Ahora sentaos los dos... o juro por Artemisa

que os mando otra vez, pero esta vez juntos, y a pie, hasta el mundo infernal."

jueves, 7 de mayo de 2026

El hombre de la bandera.


¿Quién no ha tenido una experiencia paranormal o ha tenido una anécdota extraña para contar? Siempre me han encantado este tipo de historias y, sobre todo, escucharlas de sus propios testigos. La típica pesada que te preguntaba en cualquier momento random si habías visto un fantasma, ¡era yo! Y una vez, entre todos los testimonios que he conseguido recopilar a lo largo de los años, siempre hubo una anécdota curiosa de algo que le pasó estando con su primo, Ale.

Esta historia es de las más extrañas y curiosas que me contaron y, ya sea por la forma que ambos tuvieron de contármelo en varias ocasiones, siempre quise escribirla.

Hoy, en lo que yo considero un muy propio homenaje a “Pesadillas”, los libros que devoraba todos los veranos, quiero compartir con vosotros esta historia con tono cómico. 

Te la dedico a tí, Ale. Espero que te guste y que te ayude, aunque solo sea por un momento, a despejarte de otras cosas nublosas. ¡Un abrazo enorme!


  


El hombre de la bandera.



Aquella noche, El Portil venía con guion sencillo y final previsible; dos chavales reventados, primos bien compinchados, uno de Huelva, otro de Sevilla, caminaban resignados, subiendo la típica cuesta maldita después de un día de playa intensito, con más arena que estilo y más sueño que juicio, avanzando despacito porque el cuerpo iba en modo "necesito cama y bocadillo", todo muy tranquilo... Hasta que el misterio dijo "hola, vengo a liarla un poquillo".

 

Entre pinos que crujen y raíces que asoman, de esas que te enganchan el pie y te hacen la broma, iban charlando sin prisa ni pena, cuando de pronto en la pared blanca de una casa, como salida de una escena un poco cutre pero muy plena, apareció una sombra tan clara y tan chula que parecía sacada de una película, pero de bajo presupuesto y con guion que especula… Un señor ahí plantado, tieso como un soldado, iy con una bandera en la mano, ondeando emocionado!, como si estuviera en un desfile improvisado... Pero sin desfile, sin público y sin nadie al lado.

 

-Tú... ¿estás viendo esto o estoy delirando? -dijo uno medio en serio, medio improvisando.

-Lo estoy viendo... y sinceramente, me estoy preocupando -respondió el otro, ya con el plan de huida organizando.

 

La cosa no acababa ahí, porque para darle más salseo al asunto y subirle el nivel al susto, la sombra tenía un efecto de flash, como si alguien hiciera fotos ¡clic, clic! pero sin nadie detrás… Ni cámara ni luz, ni lógica ni track. Aquello era raro, raro de narices, de esos que no explicas ni aunque lo analices.

 

Entonces, con ese valor que dura lo justo antes del susto gordo, decidieron girarse en busca del “artista del fondo", esperando encontrar a alguien, lo que fuera, un vecino aburrido, un turista que curra, un fantasma moderno con cámara y postureo... Pero nada de nada, ni rastro, ni hueco. Calle vacía, silencio total, cero personas... situación paranormal.

 

Se vuelven al frente... Y ahí seguía la función, la sombra tan tranquila, sin pedir explicación, como diciendo: “sí, soy rara, ¿y qué pasa, campeón?", y ahí fue cuando se activó la conexión: mirada entre primos, sincronización total, y sin decir palabra...

 

"¡corre, animal!"

 

Y vaya espectáculo lo que vino después, porque esa cuesta infernal se convirtió en test. Las chanclas sonaban como aplausos sin control, y el corazón iba a ritmo de batucada en festival. Subieron volando, sin mirar atrás, batiendo récords que ni ellos creían jamás, dejando el orgullo tirado por el camino y corriendo más rápido que en cualquier examen de último minuto.

 

Llegaron arriba reventados pero vivos, entre risas nerviosas y comentarios repetidos: "¿tú lo has visto?" "yo sí lo he visto". Y así nació, entre sudor, susto y carcajada, la historia más famosa de aquella temporada veraneada: "El hombre de la bandera", leyenda consagrada, mitad risa asegurada, mitad intriga no aclarada.

 

Y es que en El Portil, entre playa y amigos, entre fútbol y planes algo creativos, también hay sitio para lo inexplicable, lo raro, lo que no tiene manual ni algo comparable... pero sobre todo, para correr cuesta arriba como si te pagaran por kilómetro acumulable

lunes, 13 de abril de 2026

Santa Maria de Fiore.

 
 
 
 
 
 

 
No sé en qué momento exacto empezó todo, quizá antes de ese viaje, quizá cuando acepté ir a Florencia contigo sin saber muy bien por qué me hacía tanta ilusión. O quizá fue allí, en una de esas calles estrechas que parecen no haber cambiado desde hace siglos, donde el tiempo deja de ser algo lineal y se vuelve... Denso.
Recuerdo perfectamente esa calle. Era angosta, con paredes altas a ambos lados, piedra gastada, contraventanas de madera, algún balcón con plantas que parecían observarnos. Caminábamos sin prisa, dejándonos llevar, como si no importara a dónde llegábamos. Y sin embargo, algo tiraba de nosotros. 
Tú ibas un poco por delante. Yo miraba hacia arriba, fijándome en detalles absurdos: una lámpara, una grieta, una sombra. Y entonces giramos.
Solo fue una esquina, una esquina cualquiera, pero al cruzarla, todo cambió. De pronto, el espacio se abrió como si alguien hubiera retirado un telón invisible. Y ahí estaba.
La Catedral de Santa María del Fiore. 
Me quedé completamente quieto. No fue una impresión normal. No fue un "qué bonito" ni un "vaya pedazo de edificio". Fue algo mucho más bruto, más físico. Como si me hubieran dado un golpe en el pecho.
La fachada... no sé ni cómo explicarla sin quedarme corto. Era demasiado. Demasiado perfecta, demasiado detallada, demasiado viva para ser solo piedra. Mármol blanco, verde y rosado dibujando formas geométricas imposibles, figuras, relieves... cada centímetro parecía trabajado con una precisión obsesiva.
Era como si alguien hubiera decidido que ese edificio tenía que ser eterno, y lo hubiera conseguido. Mis ojos no sabían dónde quedarse. Saltaban de un punto a otro, incapaces de abarcarlo todo. Las puertas, las esculturas, los patrones... y todo eso elevándose hacia arriba, hacia un cielo que de repente parecía formar parte del mismo espectáculo.
Y en mi cabeza solo había una frase.
"Hostia puta."
Una y otra vez.
"Hostia puta."
No podía parar. Ni pensar otra cosa. Era casi ridículo, pero también completamente honesto. Porque no había palabras más sofisticadas que describieran mejor lo que estaba sintiendo.
Sentía una mezcla de asombro, respeto... y algo más difícil de definir. Como si ese lugar no fuera solo bonito, sino importante. Como si estuviera cargado de algo que iba más allá de la arquitectura.
Miré a mi alrededor, a la plaza, a la gente... pero todo parecía secundario. Todo giraba en torno a esa fachada.
Y entonces pensé en Dante Alighieri.
En cómo, durante todo el viaje, su nombre aparecía una y otra vez, como una especie de eco. En cómo tú lo sentías, en cómo hablábamos de él casi sin darnos cuenta. Y en ese momento, delante de esa catedral, tuvo sentido de una forma extraña. No lógica, pero si inevitable. Como si algo nos estuviera señalando suavemente una dirección.
Volví a mirarla. A intentar memorizar cada detalle, cada sensación. Sabía, incluso en ese instante, que no iba a olvidarlo nunca. Que esa esquina, ese giro, ese impacto... se iba a quedar conmigo.
Y ahí seguía, plantado en medio de la plaza, sin poder apartar la vista, repitiendo en silencio:
"Hostia puta.."
"Hostia puta.."
Y pensando, sin saber muy bien por qué, que ese momento importaba más de lo que parecía.




En Florencia dorada, de sol traicionero, Fran y yo paseabamos, felices primero.

Los jardines Boboli, qué estampa tan fina, pero el calor apretaba... como madre italiana encima.

Yo iba en modo "qué arte, qué luz, qué emoción", y Fran ya empezaba en modo "me voy al más allá en breve, corazón".

Sudaba cual fuente (ironía del destino), y su cara gritaba: esto acaba en drama fino.

-Estoy bien... de verdad... -decía el valiente, mientras se derretía lentamente... muy lentamente.

Y de pronto se para, mirada perdida, yo ya veía venir la tragedia de vida.

-Creo que... me apago... -susurra el muchacho, y yo: "¡NI SE TE OCURRA, que llevas poco rato!"

Salí disparada cual cabra en subida, buscando una fuente que salve la vida.

Turistas, estatuas, calor infernal, yo corriendo en círculos: "¡AGUA YA O FINAL!"

Las cigarras aplauden mi sprint desquiciado, un señor con sombrero me ofrece un helado.

-¡NO QUIERO UN GELATO, QUIERO UNA FUENTE!- grité desquiciada, sudando la frente.

Y entonces aparece, gloriosa, divina, una fuente brillando cual joya florentina.

Corrí hacia ella en trance total, como si fuera premio de maratón final.

Agua en las manos, regreso triunfal, Fran ya en modo despedida... nivel teatral: mirada al cielo, pose de estatua, le faltaba música y un poco de flauta.

-¡Bebe ya! -le ordeno, dramática yo, y él bebe despacio... y no se murió.

Milagro en Boboli, historia real, pasó de "me muero" a "estoy fenomenal".

Nos miramos y risa, de pura tensión, porque casi me quedo sin novio en excursión.

Desde entonces Fran mira cada fuente como quien respeta a un dios omnipresente.

Y yo aprendí algo, grabado en la piel: en Florencia sin agua... no eres turista, eres pastel.