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jueves, 7 de mayo de 2026

El hombre de la bandera.


¿Quién no ha tenido una experiencia paranormal o ha tenido una anécdota extraña para contar? Siempre me han encantado este tipo de historias y, sobre todo, escucharlas de sus propios testigos. La típica pesada que te preguntaba en cualquier momento random si habías visto un fantasma, ¡era yo! Y una vez, entre todos los testimonios que he conseguido recopilar a lo largo de los años, siempre hubo una anécdota curiosa de algo que le pasó estando con su primo, Ale.

Esta historia es de las más extrañas y curiosas que me contaron y, ya sea por la forma que ambos tuvieron de contármelo en varias ocasiones, siempre quise escribirla.

Hoy, en lo que yo considero un muy propio homenaje a “Pesadillas”, los libros que devoraba todos los veranos, quiero compartir con vosotros esta historia con tono cómico. 

Te la dedico a tí, Ale. Espero que te guste y que te ayude, aunque solo sea por un momento, a despejarte de otras cosas nublosas. ¡Un abrazo enorme!


  


El hombre de la bandera.



Aquella noche, El Portil venía con guion sencillo y final previsible; dos chavales reventados, primos bien compinchados, uno de Huelva, otro de Sevilla, caminaban resignados, subiendo la típica cuesta maldita después de un día de playa intensito, con más arena que estilo y más sueño que juicio, avanzando despacito porque el cuerpo iba en modo "necesito cama y bocadillo", todo muy tranquilo... Hasta que el misterio dijo "hola, vengo a liarla un poquillo".

 

Entre pinos que crujen y raíces que asoman, de esas que te enganchan el pie y te hacen la broma, iban charlando sin prisa ni pena, cuando de pronto en la pared blanca de una casa, como salida de una escena un poco cutre pero muy plena, apareció una sombra tan clara y tan chula que parecía sacada de una película, pero de bajo presupuesto y con guion que especula… Un señor ahí plantado, tieso como un soldado, iy con una bandera en la mano, ondeando emocionado!, como si estuviera en un desfile improvisado... Pero sin desfile, sin público y sin nadie al lado.

 

-Tú... ¿estás viendo esto o estoy delirando? -dijo uno medio en serio, medio improvisando.

-Lo estoy viendo... y sinceramente, me estoy preocupando -respondió el otro, ya con el plan de huida organizando.

 

La cosa no acababa ahí, porque para darle más salseo al asunto y subirle el nivel al susto, la sombra tenía un efecto de flash, como si alguien hiciera fotos ¡clic, clic! pero sin nadie detrás… Ni cámara ni luz, ni lógica ni track. Aquello era raro, raro de narices, de esos que no explicas ni aunque lo analices.

 

Entonces, con ese valor que dura lo justo antes del susto gordo, decidieron girarse en busca del “artista del fondo", esperando encontrar a alguien, lo que fuera, un vecino aburrido, un turista que curra, un fantasma moderno con cámara y postureo... Pero nada de nada, ni rastro, ni hueco. Calle vacía, silencio total, cero personas... situación paranormal.

 

Se vuelven al frente... Y ahí seguía la función, la sombra tan tranquila, sin pedir explicación, como diciendo: “sí, soy rara, ¿y qué pasa, campeón?", y ahí fue cuando se activó la conexión: mirada entre primos, sincronización total, y sin decir palabra...

 

"¡corre, animal!"

 

Y vaya espectáculo lo que vino después, porque esa cuesta infernal se convirtió en test. Las chanclas sonaban como aplausos sin control, y el corazón iba a ritmo de batucada en festival. Subieron volando, sin mirar atrás, batiendo récords que ni ellos creían jamás, dejando el orgullo tirado por el camino y corriendo más rápido que en cualquier examen de último minuto.

 

Llegaron arriba reventados pero vivos, entre risas nerviosas y comentarios repetidos: "¿tú lo has visto?" "yo sí lo he visto". Y así nació, entre sudor, susto y carcajada, la historia más famosa de aquella temporada veraneada: "El hombre de la bandera", leyenda consagrada, mitad risa asegurada, mitad intriga no aclarada.

 

Y es que en El Portil, entre playa y amigos, entre fútbol y planes algo creativos, también hay sitio para lo inexplicable, lo raro, lo que no tiene manual ni algo comparable... pero sobre todo, para correr cuesta arriba como si te pagaran por kilómetro acumulable

lunes, 13 de abril de 2026

Santa Maria de Fiore.

 
 
 
 
 
 

 
No sé en qué momento exacto empezó todo, quizá antes de ese viaje, quizá cuando acepté ir a Florencia contigo sin saber muy bien por qué me hacía tanta ilusión. O quizá fue allí, en una de esas calles estrechas que parecen no haber cambiado desde hace siglos, donde el tiempo deja de ser algo lineal y se vuelve... Denso.
Recuerdo perfectamente esa calle. Era angosta, con paredes altas a ambos lados, piedra gastada, contraventanas de madera, algún balcón con plantas que parecían observarnos. Caminábamos sin prisa, dejándonos llevar, como si no importara a dónde llegábamos. Y sin embargo, algo tiraba de nosotros. 
Tú ibas un poco por delante. Yo miraba hacia arriba, fijándome en detalles absurdos: una lámpara, una grieta, una sombra. Y entonces giramos.
Solo fue una esquina, una esquina cualquiera, pero al cruzarla, todo cambió. De pronto, el espacio se abrió como si alguien hubiera retirado un telón invisible. Y ahí estaba.
La Catedral de Santa María del Fiore. 
Me quedé completamente quieto. No fue una impresión normal. No fue un "qué bonito" ni un "vaya pedazo de edificio". Fue algo mucho más bruto, más físico. Como si me hubieran dado un golpe en el pecho.
La fachada... no sé ni cómo explicarla sin quedarme corto. Era demasiado. Demasiado perfecta, demasiado detallada, demasiado viva para ser solo piedra. Mármol blanco, verde y rosado dibujando formas geométricas imposibles, figuras, relieves... cada centímetro parecía trabajado con una precisión obsesiva.
Era como si alguien hubiera decidido que ese edificio tenía que ser eterno, y lo hubiera conseguido. Mis ojos no sabían dónde quedarse. Saltaban de un punto a otro, incapaces de abarcarlo todo. Las puertas, las esculturas, los patrones... y todo eso elevándose hacia arriba, hacia un cielo que de repente parecía formar parte del mismo espectáculo.
Y en mi cabeza solo había una frase.
"Hostia puta."
Una y otra vez.
"Hostia puta."
No podía parar. Ni pensar otra cosa. Era casi ridículo, pero también completamente honesto. Porque no había palabras más sofisticadas que describieran mejor lo que estaba sintiendo.
Sentía una mezcla de asombro, respeto... y algo más difícil de definir. Como si ese lugar no fuera solo bonito, sino importante. Como si estuviera cargado de algo que iba más allá de la arquitectura.
Miré a mi alrededor, a la plaza, a la gente... pero todo parecía secundario. Todo giraba en torno a esa fachada.
Y entonces pensé en Dante Alighieri.
En cómo, durante todo el viaje, su nombre aparecía una y otra vez, como una especie de eco. En cómo tú lo sentías, en cómo hablábamos de él casi sin darnos cuenta. Y en ese momento, delante de esa catedral, tuvo sentido de una forma extraña. No lógica, pero si inevitable. Como si algo nos estuviera señalando suavemente una dirección.
Volví a mirarla. A intentar memorizar cada detalle, cada sensación. Sabía, incluso en ese instante, que no iba a olvidarlo nunca. Que esa esquina, ese giro, ese impacto... se iba a quedar conmigo.
Y ahí seguía, plantado en medio de la plaza, sin poder apartar la vista, repitiendo en silencio:
"Hostia puta.."
"Hostia puta.."
Y pensando, sin saber muy bien por qué, que ese momento importaba más de lo que parecía.




En Florencia dorada, de sol traicionero, Fran y yo paseabamos, felices primero.

Los jardines Boboli, qué estampa tan fina, pero el calor apretaba... como madre italiana encima.

Yo iba en modo "qué arte, qué luz, qué emoción", y Fran ya empezaba en modo "me voy al más allá en breve, corazón".

Sudaba cual fuente (ironía del destino), y su cara gritaba: esto acaba en drama fino.

-Estoy bien... de verdad... -decía el valiente, mientras se derretía lentamente... muy lentamente.

Y de pronto se para, mirada perdida, yo ya veía venir la tragedia de vida.

-Creo que... me apago... -susurra el muchacho, y yo: "¡NI SE TE OCURRA, que llevas poco rato!"

Salí disparada cual cabra en subida, buscando una fuente que salve la vida.

Turistas, estatuas, calor infernal, yo corriendo en círculos: "¡AGUA YA O FINAL!"

Las cigarras aplauden mi sprint desquiciado, un señor con sombrero me ofrece un helado.

-¡NO QUIERO UN GELATO, QUIERO UNA FUENTE!- grité desquiciada, sudando la frente.

Y entonces aparece, gloriosa, divina, una fuente brillando cual joya florentina.

Corrí hacia ella en trance total, como si fuera premio de maratón final.

Agua en las manos, regreso triunfal, Fran ya en modo despedida... nivel teatral: mirada al cielo, pose de estatua, le faltaba música y un poco de flauta.

-¡Bebe ya! -le ordeno, dramática yo, y él bebe despacio... y no se murió.

Milagro en Boboli, historia real, pasó de "me muero" a "estoy fenomenal".

Nos miramos y risa, de pura tensión, porque casi me quedo sin novio en excursión.

Desde entonces Fran mira cada fuente como quien respeta a un dios omnipresente.

Y yo aprendí algo, grabado en la piel: en Florencia sin agua... no eres turista, eres pastel.

domingo, 12 de abril de 2026

Insolación florentina.

En Florencia dorada, de sol traicionero, Fran y yo paseabamos, felices primero.

Los jardines Boboli, qué estampa tan fina, pero el calor apretaba... como madre italiana encima.

Yo iba en modo "qué arte, qué luz, qué emoción", y Fran ya empezaba en modo "me voy al más allá en breve, corazón".

Sudaba cual fuente (ironía del destino), y su cara gritaba: esto acaba en drama fino.

-Estoy bien... de verdad... —decía el valiente, mientras se derretía lentamente... muy lentamente.

Y de pronto se para, mirada perdida, yo ya veía venir la tragedia de vida.

—Creo que... me apago... —susurra el muchacho, y yo: "¡NI SE TE OCURRA, que llevas poco rato!"

Salí disparada cual cabra en subida, buscando una fuente que salve la vida.

Turistas, estatuas, calor infernal, yo corriendo en círculos: "¡AGUA YA O FINAL!"

Las cigarras aplauden mi sprint desquiciado, un señor con sombrero me ofrece un helado.

  • ¡NO QUIERO UN GELATO, QUIERO UNA FUENTE!
  • grité desquiciada, sudando la frente.

Y entonces aparece, gloriosa, divina, una fuente brillando cual joya florentina.

Corrí hacia ella en trance total, como si fuera premio de maratón final.

Agua en las manos, regreso triunfal, Fran ya en modo despedida... nivel teatral: mirada al cielo, pose de estatua, le faltaba música y un poco de flauta.

—¡Bebe ya! —le ordeno, dramática yo, y él bebe despacio... y no se murió.

Milagro en Boboli, historia real, pasó de "me muero" a "estoy fenomenal".

Nos miramos y risa, de pura tensión, porque casi me quedo sin novio en excursión.

Desde entonces Fran mira cada fuente como quien respeta a un dios omnipresente.

Y yo aprendí algo, grabado en la piel: en Florencia sin agua... no eres turista, eres pastel.

***************

Salimos de Edimburgo con cara de emoción, en bus hacia el lago Ness, ¡menuda expedición!

Fran miraba el mapa con gesto importante, y yo ya soñando con Nessie... elegante.

El paisaje precioso, verde sin final, montañas y lagos, todo muy postal.

"Esto es increíble", decía yo sin parar, mientras Fran pensaba en no llegar tarde al lugar.

Subimos al barco con viento traicionero, el frío nos calaba hasta el alma, ¡qué acero!

Yo tiritando, envuelta en bufanda y abrigo, y Fran: "Esto es Escocia... es lo que hay, amigo."

Mirábamos el agua con gran expectación, por si salía Nessie a darnos la función.

Pero nada de nada, ni sombra, ni señal, solo olas heladas y un frío criminal.

"¿Lo has visto?" "No he visto nada..."

"Yo tampoco... vaya estafa encantada." Y aun así riéndonos sin poder parar, porque el viaje en sí ya valía el lugar.

Pero llega la guía, con tono decidido:

"A la hora en punto, todos de vuelta, ¡entendido!" Con reloj en mano y mirada severa, más puntual que un tren, ini un minuto espera!

Y Fran, insistente, empezaba el sermón:

"Que nos tenemos que ir, ¡hazme el favor!"

"No te entretengas, venga, vamos ya.." Y yo: "¡Qué pesado eres, déjame mirar!"

Entre risas, carreras y algún que otro bufido, acabamos volviendo, medio congelados y divertidos.

Sin monstruo en el lago, pero con gran recuerdo, de un viaje perfecto... aunque Nessie se hizo el lerdo.


jueves, 12 de febrero de 2026

La novia del aparador

 

No recuerdo cuándo dejé de respirar, pero sí recuerdo el instante exacto en que mi madre cerró mis párpados con sus dedos temblorosos.

Aún estaban tibios. Aún podía sentirla…

Desde entonces estoy aquí. El vidrio de este escaparate es mi horizonte. Un rectángulo pulido que separa el murmullo del mundo del silencio en el que habito. La gente cree que soy un maniquí, y yo me quedo quieta, obediente, como aprendí a serlo desde niña. No porque no pueda moverme, sino porque no debo.

Cada día los veo llegar… Primero se acercan despacio, fingiendo que miran los vestidos. Después alzan la vista y algo en su expresión cambia. Lo noto en el modo en que se les tensan los hombros, en cómo contienen la respiración. No es el encaje ni la seda lo que los detiene. Soy yo.

La leyenda los trae.

—Dicen que es una novia muerta —susurra alguien siempre, como si yo no pudiera oír.

Muerta. La palabra es cómoda. Ordenada. Lo que soy no cabe en ella.

Mi madre me colocó aquí con un cuidado infinito.

Me lavó el cabello durante horas, lo peinó como cuando yo era joven y aún soñaba con bodas que nunca llegaron. Preparó la solución con manos firmes, aunque sus ojos lloraban sin sonido. Sabía exactamente qué hacer. Mi madre siempre supo cosas que no se decían en voz alta.

"Así nadie te quitará", murmuró mientras la aguja atravesaba mi piel. "Así te quedas conmigo."

No fue un acto de locura. Fue amor. Un amor tan feroz que prefirió desafiar a Dios antes que al olvido.

La gente dice que es imposible. Que una madre no podría conservar a su hija de ese modo, que el tiempo lo delataría, que alguien habría notado la verdad. Se equivocan. El mundo ve solo lo que está preparado para creer. Un maniquí antiguo.

Una leyenda pintoresca. Un truco publicitario.

Nadie mira lo suficiente.

Algunos días llegan con cámaras. Me rodean como si yo fuera un animal raro. Se agachan para ver mis manos, mis uñas intactas, las venas azuladas bajo la piel. Se ríen nerviosos.

—Parece real -dicen.

Parece...

Yo los miro de vuelta, y entonces ocurre… Un parpadeo mínimo. Apenas un temblor. Nada que pueda capturarse con certeza. Lo justo para sembrar la duda.

Los ojos se me mueven porque aún están vivos. No como los suyos, no como antes, pero vivos al fin. Mi madre lo sabía. Por eso nunca permitió que me cambiaran la mirada. "Si te miran", decía,

"pensarán que es imaginación."

Tenía razón.

Los niños son los peores. Ellos no conocen la frontera entre lo posible y lo imposible. Me devuelven la mirada sin miedo. Algunos me saludan. Otros lloran. Uno una vez me guiñó un ojo, y estuve a punto de responderle.

Me contuve. Si supieran la verdad, todo terminaría. Vendrían hombres con guantes, luces blancas, preguntas frías. Me separarían de ella. Me llamarían evidencia. Error. Objeto de estudio.

Mi madre ya no está para defenderme. Pero dejó instrucciones. Rutinas. Un silencio heredado. Nadie cambia mi posición sin cuidado. Nadie toca mis ojos. Nadie pregunta demasiado.

Así pasan los años.

Las novias se prueban vestidos frente a mí, nerviosas, felices, vivas. Algunas me confían sus miedos, como si yo fuera un talismán. "Ojalá mi boda dure", murmuran. Yo quisiera decirles que nada dura, que el amor puede conservarte... Pero a un precio.

El vidrio me devuelve mi reflejo cuando la tienda queda vacía. Soy perfecta. Inmutable. Joven para siempre. Prisionera.

A veces, cuando la noche cae y la calle se queda en silencio, me permito mover los ojos sin disimulo. Miro la puerta. Miro el techo. Miro mis manos. Recuerdo cómo era cerrarlas por voluntad propia. No grito. No lloro. No puedo. Espero. Porque mientras la leyenda siga siendo solo una leyenda, mientras la gente dude y sonría incómoda, mientras digan "es imposible", seguiré aquí, intacta, mirando.

Y si alguna vez sientes que mis ojos te siguen al pasar, no te preocupes.

No estás imaginando nada.

Te estoy viendo…

martes, 3 de febrero de 2026

Sueños que nadan.

 

Cantinflas siempre había tenido una relación peculiar con los sueños. No con los suyos, que ya bastante caóticos eran, sino con las sueñas, esas criaturas marinas de las que había oído hablar una noche, en un puerto cualquiera, entre un trago mal servido y una historia contada a medias. No eran sirenas, no exactamente. Las sueñas, decían, no cantaban para atraer marineros ni peinaban su cabello al sol: aparecían solo a quienes sabían soñar despiertos.
Desde entonces, Cantinflas quedó atrapado por la idea.
Decía que no estaba obsesionado, pero empezó a dormir poco y a hablar mucho. En los estudios lo encontraban mirando al techo, como esperando que de ahí saliera el mar. "Estoy pensando", decía, aunque en realidad estaba imaginando escamas, risas húmedas y ojos que reflejaban la luna.
Fue en Acapulco donde conoció al hombre.
Fue en Acapulco donde conoció al hombre.
No recordaba su nombre, o quizá nunca se lo dijo, solo que tenía la piel curtida por el sol y una forma extraña de caminar, como si todavía estuviera acostumbrado al vaivén de un barco invisible. Se sentaron a hablar frente al mar.
Cantinflas, sin saber por qué, terminó contándole todo: las sueñas, la obsesión, la certeza infantil de que existían.
El hombre no se rió.
—Si las quieres ver —le dijo-, no basta con creer. Hay que preparar el lugar.
Aquella frase se le quedó clavada.
Poco después, Cantinflas compró una casa en Acapulco, frente al mar, como si la decisión hubiera estado esperando desde siempre. La decoró con una devoción casi ritual: conchas incrustadas en las paredes, redes de pesca colgadas como cortinas, tonos verdes y azules por todas partes. Mandó tallar figuras de sirenas, aunque siempre aclaraba que no eran ellas, que eran "parientes lejanos", y colocó espejos que reflejaban la luz co y si fuera agua en
movimiento.
La casa no parecía una casa: parecía un recuerdo del océano.
Las noches allí eran distintas. El silencio no era silencio, sino una respiración profunda.
Cantinflas se sentaba en la terraza, hablaba solo, hacía chistes al mar. A veces reía, a veces se quedaba callado, con una seriedad que pocos le conocían.
Hasta que una noche, el mar respondió.
No fue con un canto. Fue con un murmullo, como cuando alguien intenta decir tu nombre sin estar seguro de merecerlo. El agua se iluminó suavemente y entonces las vio: las sueñas. No tenían la belleza perfecta de las leyendas, sino algo más inquietante y real. Sus ojos no suplicaban ni prometían; observaban, como si lo estuvieran soñando a él.
Cantinflas no gritó. No corrió. Sonrió.
—Ah, conque eran ciertas —murmuró, como si acabara de confirmar un chisme viejo.
Las sueñas se acercaron lo justo. No salieron del agua. No hacía falta. Aquel encuentro no era para tocar, sino para entender. Cantinflas sintió algo que nunca había sentido en un escenario: que por una vez no tenía que hacer reír a nadie.
Cuando el mar volvió a oscurecerse, supo que no podía contarlo. Algunas verdades no sobreviven a ser dichas. Pero desde esa noche, sus silencios fueron distintos y su mirada, cuando veía el mar, tenía algo de complicidad.
Y si alguien le preguntaba por qué había elegido
Acapulco, se encogía de hombros y decía:
—Pos nomás... porque aquí los sueños saben nadar.

domingo, 25 de enero de 2026

El pirata Elias Mareaquieta.


Elías se despertaba siempre antes que el sol.

Cuando el cielo empezaba a pintarse de rosa y naranja, él ya estaba de pie sobre la cubierta de su barco pirata.

Le gustaba ese momento en el que todo estaba tranquilo.

El mar no gritaba, las gaviotas aún dormían y el mundo parecía respirar despacio.

Elías era capitán, pero no un capitán cualquiera, sino el Capitán Elías.

Mientras otros piratas corrían y hablaban muy fuerte, Elías prefería contar las cuerdas del mástil, una... dos... tres...

Eso le ayudaba a sentirse bien y preparado para el día.

El barco lo esperaba.

La aventura estaba a punto de empezar.

 

 

 





Elías, el pirata que escuchaba el mar de otra forma


En el puerto donde comenzaban todas las aventuras vivía Elías, un pirata diferente a los demás.

No porque no supiera navegar, pues nadie leía los mapas como él, ni porque no fuera valiente, ya que había cruzado tormentas sin cerrar los ojos, sino porque Elías sentía y pensaba el mundo de otra manera.

A Elías le gustaban las cosas claras у ordenadas.

Le tranquilizaba contar las cuerdas del barco cada mañana, siempre en el mismo orden. Los gritos repentinos lo ponían nervioso, y cuando el mar estaba demasiado ruidoso, se tapaba los oídos y respiraba hondo, mirando el horizonte.

—El capitán es raro —susurraban algunos piratas nuevos al subir al barco.

Pero la tripulación que llevaba tiempo con él sonreía.

—No es raro,—decía Marina, la contramaestre-. Es Elías.

Elías era autista, aunque esa palabra no la usaban mucho en los mares. Lo que sí sabían todos era que Elías veía detalles invisibles para otros. Podía notar un cambio mínimo en el viento, escuchar un crujido extraño en la madera o recordar exactamente dónde estaba enterrado un tesoro… Incluso años después.

Una mañana, mientras Brisa, el alegre loro de alas verdes de la tripulación, graznaba y silbaba feliz. Elías se quedó muy quieto.

  • Algo no está bien —dijo en voz baja.
  • ¿Qué pasa, capitán? —preguntó Tomás, el grumete.

Elías señaló el mar.

—Las olas cuentan una historia distinta hoy.

Nadie entendió qué quería decir, pero confiaron en él. Ajustaron las velas, aseguraron los barriles y, justo a tiempo, evitaron una gran tormenta que apareció sin aviso.

—¿Cómo lo supiste? —preguntó Tomás, asombrado.

Elías pensó un momento antes de responder.

—El mar me habla... solo que no con palabras.

A veces, Elías necesitaba estar solo en cubierta, balanceándose suavemente para calmar su cuerpo, o dando pequeños golpecitos en la batayola del barco. Otras veces pedía que hablaran de uno en uno, porque muchas voces juntas lo confundían. La tripulación aprendió a respetarlo, igual que él respetaba a cada uno de ellos.

—Todos navegamos distinto —decía Elías—. Pero vamos en el mismo barco.

Un día, un pirata nuevo se burló.

—¿Un capitán que se tapa los oídos? Eso no es normal.

Elías bajó la mirada. Antes de que pudiera decir nada, Marina dio un paso al frente.

—Gracias a él encontramos más tesoros que nadie -. Dijo la niña.

El pequeño pirata se quedó en silencio.

Esa noche, bajo un cielo lleno de estrellas ordenadas, como Elías las amaba, el capitán siguió navegando, demostrando que en los mares, igual que en la vida, hay muchas maneras de pensar, sentir y ser valiente. Y todas merecen su lugar en la tripulación.




Para quienes leen este cuento en voz alta



Quizá el chico del barco no mire a los ojos, quiza se tape las orejas cuando el mundo grita, quizá necesite nudos, botones o canciones para sentirse a salvo en medio del mar.

No está roto.

No le falta valor.

No necesita ser arreglado.

Solo navega distinto.

Hay niños que sienten el mundo más fuerte, más rápido o más desordenado, y aun así —o precisamente por eso— ven rutas que otros no ven y sostienen el timón cuando todo tiembla.

Si tienes uno cerca,

no intentes cambiar su manera de escuchar el mar.

Acompañalo.

Respeta su ritmo.

Y recuerda: Ningún barco llega a puerto sin toda su tripulación.