No levanté la vista al cruzar el umbral de Itaca. Temía hacerlo.
Veinte años había soñado con mi reino. Veinte años imaginando el olor de los olivos húmedos tras la lluvia, las piedras calientes del patio, las voces de mis criados, el humo de mi hogar elevándose hacia el cielo como si nunca me hubiese marchado. Y, sin embargo, cuando por fin regresé, lo hice cubierto de harapos, con la espalda doblada y el rostro escondido bajo la mugre de un mendigo.
Mi propia casa me recibió como a un extraño. Los pretendientes reían dentro del salón. Bebían mi vino. Comían la carne de mis rebaños. Sus voces resonaban donde antes se escuchaban canciones en honor a los dioses. Nadie veía a su rey. Nadie esperaba ya su regreso.
Entonces lo vi.
Al principio creí mirar un montón de pieles viejas abandonadas junto al estiércol de las mulas. Un animal demasiado cansado para espantar siquiera las moscas que le cubrían los ojos. Las costillas se le marcaban bajo el pelaje enmarañado. Sus patas, aquellas patas rápidas como el viento, temblaban apenas al respirar.
Y sentí miedo.
Porque antes incluso de reconocerlo, supe quién era.
Argos.
Mi Argos.
El cachorro al que crié con mis propias manos antes de partir hacia Troya. El perro que corría por las colinas persiguiendo liebres con una velocidad que hacía reír de asombro a los cazadores.
Ningún animal en Ítaca tenía su olfato. Ninguno su nobleza. Cuando salíamos de caza, parecía que el mundo entero se inclinaba ante él: los ciervos huían tarde, las liebres no encontraban escondite, y yo caminaba orgulloso sabiendo que aquel animal era mío.
Y ahora...
Ahora yacía solo entre la suciedad.
Viejo.
Olvidado.
Esperándome.
Tuve que bajar la cabeza para que nadie viera mis ojos. Había sobrevivido a la guerra, al mar, a monstruos y tempestades; había visto morir reyes y ciudades enteras consumidas por el fuego. Pero nada me hirió tanto com
"quel perro tendido
sobre la tierra húmeda.
Porque en él vi mi reino.
Vi lo que había ocurrido mientras yo luchaba lejos de casa. Ítaca había envejecido conmigo. Mi ausencia había dejado grietas en todo cuanto amaba. Los hombres ya no respetaban mi mesa.
Los criados vivían con miedo. Mi hogar se pudría lentamente igual que el cuerpo cansado de Argos.
Y aun así... aun así él me reconoció.
Levantó apenas la cabeza.
Sus ojos, nublados por los años, encontraron los míos bajo la sombra de aquellos harapos miserables. Su cola golpeó débilmente el suelo.
Sus orejas cayeron hacia atrás como cuando era joven y corría hacia mí después de una cacería.
Quiso levantarse.
Por los dioses, quiso hacerlo.
Pero el cuerpo ya no le obedecía.
Me acerqué despacio, fingiendo ante los demás que solo era un mendigo cansado descansando junto a un perro moribundo. Pero dentro de mí algo se rompía. Puse mi mano sobre su cabeza y sentí el hueso bajo la piel áspera. Argos alzó el hocico y me lamió los dedos con una ternura tan antigua que por un instante desaparecieron los años, la guerra y el dolor.
Volví a ser su amo.
Y él volvió a ser mi perro.
—Has esperado demasiado, viejo amigo — quise decirle.
Pero no pude hablar.
Porque comprendí entonces que había soportado veinte años únicamente para verme regresar una vez más. Solo una…
Sus ojos marrones no se apartaban de mí. Había amor en ellos. Un amor limpio, absoluto, incapaz de traición. El único en toda Ítaca que no necesitó pruebas, ni palabras, ni nombres para reconocerme.
Argos supo quién era desde el primer instante.
Y yo, arrodillado junto a él, sentí una culpa más pesada que todas mis armaduras.
Debí volver antes, debí estar allí para él, para todos…
Acaricié lentamente su negro cuello enmarañado mientras dentro del palacio seguían las risas de aquellos hombres indignos. Y en medio de aquel ruido comprendí algo terrible: mi reino había permanecido vivo únicamente del mismo modo que Argos seguía respirando, por fidelidad, por esperanza… Por la obstinación de esperar a alguien que quizás nunca volvería.
Entonces Argos suspiró, fue sonido pequeño, cansado… Y apoyó su cabeza contra mi mano como hacía cuando era joven, después de las largas jornadas de caza.
Yo cerré los ojos, y lloré en silencio por primera vez desde la caída de Troya.