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lunes, 13 de abril de 2026

Santa Maria de Fiore.

 
 
 
 
 
 

 
No sé en qué momento exacto empezó todo, quizá antes de ese viaje, quizá cuando acepté ir a Florencia contigo sin saber muy bien por qué me hacía tanta ilusión. O quizá fue allí, en una de esas calles estrechas que parecen no haber cambiado desde hace siglos, donde el tiempo deja de ser algo lineal y se vuelve... Denso.
Recuerdo perfectamente esa calle. Era angosta, con paredes altas a ambos lados, piedra gastada, contraventanas de madera, algún balcón con plantas que parecían observarnos. Caminábamos sin prisa, dejándonos llevar, como si no importara a dónde llegábamos. Y sin embargo, algo tiraba de nosotros. 
Tú ibas un poco por delante. Yo miraba hacia arriba, fijándome en detalles absurdos: una lámpara, una grieta, una sombra. Y entonces giramos.
Solo fue una esquina, una esquina cualquiera, pero al cruzarla, todo cambió. De pronto, el espacio se abrió como si alguien hubiera retirado un telón invisible. Y ahí estaba.
La Catedral de Santa María del Fiore. 
Me quedé completamente quieto. No fue una impresión normal. No fue un "qué bonito" ni un "vaya pedazo de edificio". Fue algo mucho más bruto, más físico. Como si me hubieran dado un golpe en el pecho.
La fachada... no sé ni cómo explicarla sin quedarme corto. Era demasiado. Demasiado perfecta, demasiado detallada, demasiado viva para ser solo piedra. Mármol blanco, verde y rosado dibujando formas geométricas imposibles, figuras, relieves... cada centímetro parecía trabajado con una precisión obsesiva.
Era como si alguien hubiera decidido que ese edificio tenía que ser eterno, y lo hubiera conseguido. Mis ojos no sabían dónde quedarse. Saltaban de un punto a otro, incapaces de abarcarlo todo. Las puertas, las esculturas, los patrones... y todo eso elevándose hacia arriba, hacia un cielo que de repente parecía formar parte del mismo espectáculo.
Y en mi cabeza solo había una frase.
"Hostia puta."
Una y otra vez.
"Hostia puta."
No podía parar. Ni pensar otra cosa. Era casi ridículo, pero también completamente honesto. Porque no había palabras más sofisticadas que describieran mejor lo que estaba sintiendo.
Sentía una mezcla de asombro, respeto... y algo más difícil de definir. Como si ese lugar no fuera solo bonito, sino importante. Como si estuviera cargado de algo que iba más allá de la arquitectura.
Miré a mi alrededor, a la plaza, a la gente... pero todo parecía secundario. Todo giraba en torno a esa fachada.
Y entonces pensé en Dante Alighieri.
En cómo, durante todo el viaje, su nombre aparecía una y otra vez, como una especie de eco. En cómo tú lo sentías, en cómo hablábamos de él casi sin darnos cuenta. Y en ese momento, delante de esa catedral, tuvo sentido de una forma extraña. No lógica, pero si inevitable. Como si algo nos estuviera señalando suavemente una dirección.
Volví a mirarla. A intentar memorizar cada detalle, cada sensación. Sabía, incluso en ese instante, que no iba a olvidarlo nunca. Que esa esquina, ese giro, ese impacto... se iba a quedar conmigo.
Y ahí seguía, plantado en medio de la plaza, sin poder apartar la vista, repitiendo en silencio:
"Hostia puta.."
"Hostia puta.."
Y pensando, sin saber muy bien por qué, que ese momento importaba más de lo que parecía.




En Florencia dorada, de sol traicionero, Fran y yo paseabamos, felices primero.

Los jardines Boboli, qué estampa tan fina, pero el calor apretaba... como madre italiana encima.

Yo iba en modo "qué arte, qué luz, qué emoción", y Fran ya empezaba en modo "me voy al más allá en breve, corazón".

Sudaba cual fuente (ironía del destino), y su cara gritaba: esto acaba en drama fino.

-Estoy bien... de verdad... -decía el valiente, mientras se derretía lentamente... muy lentamente.

Y de pronto se para, mirada perdida, yo ya veía venir la tragedia de vida.

-Creo que... me apago... -susurra el muchacho, y yo: "¡NI SE TE OCURRA, que llevas poco rato!"

Salí disparada cual cabra en subida, buscando una fuente que salve la vida.

Turistas, estatuas, calor infernal, yo corriendo en círculos: "¡AGUA YA O FINAL!"

Las cigarras aplauden mi sprint desquiciado, un señor con sombrero me ofrece un helado.

-¡NO QUIERO UN GELATO, QUIERO UNA FUENTE!- grité desquiciada, sudando la frente.

Y entonces aparece, gloriosa, divina, una fuente brillando cual joya florentina.

Corrí hacia ella en trance total, como si fuera premio de maratón final.

Agua en las manos, regreso triunfal, Fran ya en modo despedida... nivel teatral: mirada al cielo, pose de estatua, le faltaba música y un poco de flauta.

-¡Bebe ya! -le ordeno, dramática yo, y él bebe despacio... y no se murió.

Milagro en Boboli, historia real, pasó de "me muero" a "estoy fenomenal".

Nos miramos y risa, de pura tensión, porque casi me quedo sin novio en excursión.

Desde entonces Fran mira cada fuente como quien respeta a un dios omnipresente.

Y yo aprendí algo, grabado en la piel: en Florencia sin agua... no eres turista, eres pastel.

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