Los jardines Boboli, qué estampa tan fina, pero el calor apretaba... como madre italiana encima.
Yo iba en modo "qué arte, qué luz, qué emoción", y Fran ya empezaba en modo "me voy al más allá en breve, corazón".
Sudaba cual fuente (ironía del destino), y su cara gritaba: esto acaba en drama fino.
-Estoy bien... de verdad... -decía el valiente, mientras se derretía lentamente... muy lentamente.
Y de pronto se para, mirada perdida, yo ya veía venir la tragedia de vida.
-Creo que... me apago... -susurra el muchacho, y yo: "¡NI SE TE OCURRA, que llevas poco rato!"
Salí disparada cual cabra en subida, buscando una fuente que salve la vida.
Turistas, estatuas, calor infernal, yo corriendo en círculos: "¡AGUA YA O FINAL!"
Las cigarras aplauden mi sprint desquiciado, un señor con sombrero me ofrece un helado.
-¡NO QUIERO UN GELATO, QUIERO UNA FUENTE!- grité desquiciada, sudando la frente.
Y entonces aparece, gloriosa, divina, una fuente brillando cual joya florentina.
Corrí hacia ella en trance total, como si fuera premio de maratón final.
Agua en las manos, regreso triunfal, Fran ya en modo despedida... nivel teatral: mirada al cielo, pose de estatua, le faltaba música y un poco de flauta.
-¡Bebe ya! -le ordeno, dramática yo, y él bebe despacio... y no se murió.
Milagro en Boboli, historia real, pasó de "me muero" a "estoy fenomenal".
Nos miramos y risa, de pura tensión, porque casi me quedo sin novio en excursión.
Desde entonces Fran mira cada fuente como quien respeta a un dios omnipresente.
Y yo aprendí algo, grabado en la piel: en Florencia sin agua... no eres turista, eres pastel.