miércoles, 14 de febrero de 2018

El keidan y los relatos de fantasmas en Japón.




Aún recuerdo perfectamente el momento en el que entré por primera vez en el teatro kabuki, en Kioto. Era una noche de primavera, con brisa fresca, hermosa, y perfecta… Me acomodé en mi asiento correspondiente y miré a mí alrededor. Solo recuerdo dos cosas; que yo era la única occidental de todo el público, y que gracias a mi avance en el estudio del idioma nipón podía entender algunas frases y palabras sueltas de las conversaciones que nacían a mí alrededor. Mi corazón latía a mil por hora, estaba realmente emocionada de estar allí, ¡no me lo podía creer! La forma de vestir, de gesticular y de moverse del resto de espectadores era tan diferente a la mía que no podía dejar de observarlos y estudiarlos con total detenimiento. Pero no solo eso, la mezcla de sus perfumes y esencias no tardaron en llenar la sala de palcos, formando así una hermosísima combinación de la que todo me atraía.


Pero lo mejor fue cuando empezó la función, la obra que se representaba era la versión más conocida de “la leyenda de la casa de los platos”. No tardé ni dos segundos en quedarme prendada de la majestuosa actuación del actor que representaba a Okiku. Vestido con un kimono blanco mucho más largo de lo normal, como era la forma en la que se representaban a los yurei en el teatro, era capaz de realizar tan cantidad de movimientos y gestos tan cercanos a lo sobrenatural que hizo enmudecer a todo el público durante toda la actuación. Pude imaginarme entonces, con toda claridad, la visión y el concepto que los japoneses tienen de sus fantasmas, como seres de carne y hueso, no traslucidos ni melancólicos como los occidentales. Aquello realmente hizo que se me erizara todo el vello del cuerpo con solo imaginar tener un yurei delante de mí.
Esta hubiera sido una bonita anécdota de haber ocurrido realmente, ¡ojala hubiera tenido ya la oportunidad de visitar Japón! Pero esto que os acabo de contar fue un sueño que tuve después de leer la primera historia sobre fantasmas japoneses que llegó a mis manos, “la leyenda de la casa de los platos o casa de Bansho”. Después de aquella lectura, supe que me había enamorado aún más de la cultura de este milenario país y, desde entonces, no he dejado de indagar en dichas leyendas, cada cual más sobrecogedora que la anterior.
Esta famosa historia, que data de la época feudal, cuenta que Okiku era una sirvienta al servicio de dicha casa. Su señor, el samurái Aoyama Tessan, poseía una hermosa vajilla formada por diez platos, la cual componía una valiosa y auténtica joya familiar sobre la que se cernía un inmenso valor sentimental. En una ocasión, Okiku se encontraba limpiando estos platos cuando, desastrosamente, uno de ellos resbaló de sus manos y se hizo añicos en el suelo. Cuando el señor de la casa se enteró montó en tan cólera que terminó arrojando a Okiku a un pozo de su propiedad, donde la joven murió. La auténtica leyenda nació a partir de aquel momento, pues desde entonces, todas las noches, entre la una y las tres de la madrugada, se podía escuchar claramente como una débil voz femenina sonaba desde el interior del pozo. Aquella voz empezaba a dejarse oír contando, uno, dos, tres… Para antes de llegar al diez romper a llorar. Los llantos de Okiku llegaron a trastornar tanto a Tessan que, ya harto de escuchar los lamentos de su difunta sirvienta, decidió esconderse una noche tras el pozo. Cuando el fantasma de Okiku surgió del negro agujero y empezó a contar de nuevo, él terminó su eterna cuenta gritando “¡diez!” De aquella manera, el fantasma de la joven descansó al fín, sintiendo así que el décimo plato había aparecido, como si nunca hubiera sido quebrado, pudiendo así descansar en paz…

Okiku quedó atrapada en nuestro mundo porque seguía sintiendo tremendamente culpable por haber roto aquel décimo plato, atormentando de aquella manera a su asesino, haciéndolo sentir la mayor de las torturas cada vez que escuchaba sus llantos de Okiko junto al pozo. Ella volvió de entre los muertos como un auténtico yurei inofensivo, de los que aún sienten que después de la vida los continúa persiguiendo algún asunto pendiente. Pero, aparte de estos espíritus, que como Okiku, son inofensivos, hay más clases de yureis, algunos de ellos bastante peligrosos y vengativos.
Por ejemplo, los ubume, los espíritus de las mujeres que normalmente han muerto durante el parto dejando a sus hijos en el mundo de los vivos. Ellas vuelven para cuidar de ellos, y a veces incluso hasta le dan de mamar de sus pechos fantasmales. Otros yurei bastante conocidos son los funayurei, que son las almas de aquellos que han perecido en el mar y no parecen del todo contentos con la visita de los vivos. Otros son los goryo, que son los fantasmas vengativos de la clase aristocrática, sobre todo pertenecientes a aquellos que fueron martirizados.




Pozo de Okiku, mansión Tessan al fondo.



Japón es uno de esos pocos lugares en los que lo moderno y las tradiciones más estrictas son capaces de convivir en una armonía perfecta. Algo que nos puede ayudar a hacernos una idea de lo distinta que es su manera de ver la vida.
Desde el respeto a los mayores, pasando por su cocina y su historia, realmente es un país muy digno de visitar. Pero aparte de todas estas maravillas que podemos descubrir y aprender de ellos, hay una sobre todas ellas que llama poderosamente mi atención, su faceta sobrenatural y su creencia tan arraigadas a los fantasmas.
Según los nipones, los yurei son aquellas almas de los fallecidos que abandonaron este mundo teniendo aún algún tipo de cuenta pendiente, aquellos a los que sus familiares no hayan honrado con las ceremonias funerarias necesarias o aquellos que han sido asesinados o se han deshecho personalmente de sus vidas. Serían, a fin de cuentas, una especie de ser equivalente a los fantasmas occidentales.
Dentro de la cultura y el día a día japonés, los yurei están tan presentes como tu vecino de al lado. Los japoneses suelen tener conversaciones protagonizadas por estos seres con la misma asiduidad con la que hablarían de la colada o la cena. Allí, sus familiares fallecidos están presentes en todo su día a día, e incluso creen que los ayudan en determinados momentos desde el otro lado.

Durante cientos de años estas historias circularon por toda la isla nipona, pasando de boca en boca y de generación en generación. Después de todo, a todo el mundo le gusta una buena historia, ¿no? Y dentro del folclore japones encontramos especial atención en los "kaidan"(怪談), los relatos de lo extraño y lo misterioso, muy a menudo relacionados con historias de fantasmas aterradores. Esto no es de extrañar en un país que a tomado lo sobrenatural como algo natural de esa manera tan especial, a tal punto en que desde muy temprana edad los niños crecen con la idea de fantasmas, monstruos y demonios de toda índole.
En la actualidad, y como era de esperar, los keidan o historias sobrenaturales clásicas se han convertido en una fuente frecuente para el teatro, el cine, el manga y cualquier otra forma de arte imaginable. No obstante, sus orígenes deben rastrearse en el proceso literario.


EL KEIDAN A LO LARGO DE LA LITERATURA.


Esta clase de relatos ya estaban presentes en la literatura desde los periodos Heidan y Kamakura (794.1185; 1185-1333 respectivamente). En el periodo Heidan sale a la luz "Nihon Ryoiki" (日本霊異記), considerado la primera antología sobre relatos sobrenaturales, en el cual, además, se expone el principio del karma y las enseñanzas budistas, el mismo que siempre ha rodeado a estas historias, dotandolas así con un mensaje que llevan con todas ellas. Del mismo modo, en el periodo Kamakura se obtiene "Konjaku Monogatarishu" (今昔物語集) en 1120, formando una colección de relatos de Japón, China e India escritos por el monje Tobane Sojo. Pero fué durante el periodo de Edo cuando estos escritos fueron calificados como tal y siendo denominados por primera vez "keidan", gracias en parte a un juego muy popular, el "Hyakumonogatari" (百物語怪談会), el juego de las cien velas, en el que las personastenían que contar cien historias y lograr provocar, a partir de ahí, un fenómeno sobrenatural.
Uno de los primeros ejemplos de la literatura con el nombre keidan es "keidan zensho" (1627), una traducción de cuentos chinos misteriosos y extraños realizada por Hiyashi Razan. A este le siguieron los relatos "Bancho Sarayashiki", "Yotsuya Kaidan", "Botan Doro" y "Mimi-nashi Hoichi" . Asimismo se dio una serie de antologías trascendentales: el Otogi Monogatari de Ogita Ansei (1660), Otogi Boko de Asai Ryoi (1666) y el Ugetsu Monogatari (1776) de Ueda Akinari; esta última una de las obras más importantes de la ficción japonesa del período. Y es que el autor añadió a la típica traducción de historias chinas la sensibilidad japonesa a través de elementos sobrenaturales y personajes dramáticos. Por otro lado, meritoria y pocas veces mencionada es la labor del teatro japonés, sobre todo del Kabuki y el Bunraku ( 文楽), teatro de marionetas. Gracias a sus adaptaciones de los kaidan, estos se dieron a conocer a lo largo del país, ya que, decir que la literatura ocupa este espacio privilegiado en la razón de porqué el keidan ha llegado a nuestros días sería mentira.
En la actualidad, la manera más común de comunicar el folklore es a través de los medios masivos como las películas, los animes y los mangas.
A continuación os dejo la reseña de algunas de esas historias que nacieron hace siglos. Todas ellas un claro ejemplo de lo que fue, y sigue siendo, el relato keidan:

Banchō Sarayashiki (番町皿屋敷)

Esta leyenda se asocia directamente al teatro, pues fue adaptada al Bunraku (teatro de marionetas) por Asada Iccho y Tamenaga Tarobei en 1741 durante el período Edo. En 1916, a inicios de la era Taisho, fue adaptada al teatro kabuki por Kido Okamoto, bajo el título de  Bancho Sarayashiki. De esta representación hablo precisamente en el fantasioso principio de esta entrada.


Kaidan Botan Dōrō (牡丹燈籠)


Esta leyenda es recopilada en el libro del mismo nombre, escrito por Asai Ryoi en el periodo de Edo. En 1892,a finales de la era Meiji, es adaptada al Kabuki.

Argumento: Saburo y Otsuyu era una pareja de enamorados que se quería con locura. Un día, Saburo cayó gravemente enfermo, tan grave que se vió imposibilitado para asistir a la cita diaria que tenía con su enamorada, a la que no pudo ver durante todo el tiempo que estuvo enfermo. Trató de ponerse bien lo antes posible, porque la extrañaba, pero cuando la fue a buscar no la encontró y en su lugar recibió una terrible noticia: Otusyu había muerto.
Muy afligido por la pérdida, Saburo decidió ir al festival de Obon para rezar por su alma. Esa noche se encontró con una hermosa joven y su sirvienta, las cuales poseían unas linternas de peonía (de esas típicas de papel). A medida que la luz alumbraba más y más, Saburo descubrió que ella era exactamente igual a Otsuyu.
Desesperado corrió hacia ella. y esta le dijo: "Me dijeron que murió enfermo, mi querido Saburo. Yo estaba tan desconsolada que le pedí a mi dama que nos fuéramos de la ciudad. Pero aquí estás, vivo y ¡yo estoy tan feliz!". Abrumado por la alegría, Saburo abrazó a  Otsuyu e invitó a las dos mujeres a su casa. Esa noche, los dos durmieron juntos. Desde entonces, se reunieron allí cada noche. 
La presencia de las visitas causó curiosidad en uno de los sirvientes de Saburo. Una noche, éste decidió echar a un vistazo a la habitación y casi muere del susto con lo que vio, pues su amo era  un esqueleto, moviéndose y girando en su sueño, como si realmente estuviera durmiendo. El sirviente registró  la habitación de la sirvienta de Otsuyu y se encontró con otro esqueleto descansando y junto a este dos linternas de peonías. El criado corrió hacia el templo para contarle al sacerdote lo que había visto en casa de su Señor. 
Resultó que Otsuyu y su criada murieron en su viaje fuera de la ciudad. La tía de Saburo estaba detrás de todo esto, porque la familia de Otsuyu era un rival de negocios, y ella estaba en contra del matrimonio por lo que decidió deshacerse de Otsuyu diciéndole que su amado había muerto.
Al día siguiente, un monje llegó a la casa de Saburo y puso talismanes alrededor de la casa para mantener alejados a los fantasmas de Otsuyu y su sirvienta, que al descubrir los talismanes en las puestas de la casa comenzaron a llamarlo, gritando cada noche el nombre de Saburo. Entonces, entristecido, el joven le suplicó a su familia  que retirara los talismanes, y ante la negativa de éstos, se negó a comer o dormir. Su salud se deterioró.
La familia y sus sirvientes, preocupados por esto, temieron que Saburo pudiera llegar a morir a causa de la tristeza, por lo que pidieron de nuevo al sacerdote que retirara los talismanes de su propiedad. Aquella primera noche fue tranquila, los gritos fantasmales que venían del exterior no se escucharon. El terror llegó al día siguiente, cuando encontraron a Saburo muerto en su cama, con su cuerpo entrelazado a un esqueleto. Sus labios formaban una sonrisa que refleja la felicidad perfecta.

Nabeshima sōdō (鍋島騒動)


La leyenda fue llevada al teatro bajo el nombre de "Hana Sagano Nekoma Ishibumi Shi" (花嵯峨野猫魔碑史). 

Argumento: La leyenda narra el embrujo al que había sido sometido el príncipe Nabeshima  por culpa de un bakeneko. Este príncipe tenía en su casa a una joven sirvienta llamada Otoyo, la cual era la favorita y no había nadie quien pudiera rivalizar con sus encantos. Un día el príncipe salió al jardín con ella, y como tantos días, drisfrutó de su compañía hasta el atardecer, todo esto sin darse cuenta de que eran seguidos por un enorme gato. Después de haber separado de su señor, Otoyo se retiró a su habitación y se fue a dormir. 
A medianoche la joven se despertó con un sobresalto, aquel enorme gato estaba a su lado, observándola. Cuando ella gritó, el animal saltó sobre ella, mordiendo su cuello hasta la muerte. Después, el gato enterró el cadáver de Otoyo, y asumiendo su apariencia, comenzó a embrujar al príncipe. A medida de que Nabeshima se juntaba con la falsa Otoyo, su vitalidad iba desapareciendo poco a poco, pues con cada caricia la bestia absorbía su sangre. Tras comprobar su mal estado, su esposa dió aviso a los médicos, pero ninguno de ellos pudo curarlo o darle una solución.
Pronto la situación empeoró y Nabeshima tenía horribles pesadillas. Todo los días, cien empleados suyos vigilaba su habitación, pero apenas daban las diez de la noche, todos caían dormidos inexplicablemente. Una oportunidad que la falsa Otoyo aprovechaba para visitar al príncipe y sumergirse en sus sueños. Cuando la situación se volvió incontrolable, la familia pensó en la posibilidad de que se trataba de un embrujo y enviaron por dos monjes a rezar.  Estos identificaron a la falsa Otoyo y la expulsaron de la casa. El bakeneko huyó a las montañas y nunca más se le volvió a ver. 


Yotsuya Kaidan (四谷怪談)

Esta leyenda, basada en una historia real, fue adaptada al kabuki por Tsuruya Nanboku IV en 1825, también durante el período Edo. Es considerada la historia de terror con más adaptaciones en Japón, y una de mis favoritas, ya que no solo se trata de la típica historia de fantasmas vengativos, sino que en ella se plasma de manera muy clara la mente maquiavélica que tiene su protagonista, un detalle que, aparte de en el género de terror, también puede colocar a esta obra dentro del género negro, como el que conocemos hoy.

Argumento: La historia se situa en Yotsuya, donde el ronin, Tamiya Iemon, convive con su esposa Oiwa.  Tras morir el amo de Iemon, éste se encontraba muy defraudado porque no encontraba trabajo como samurai y Oiwa había caído muy enferma tras el parto de su primer hijo. Pero, a pesar de todo eso, Oiwa era feliz con su familia.
  
La joven Oume, hija de uno de los más acaudalados señores de la ciudad, se enamora del atractivo Iemon, por lo que su padre le propone a éste que le dará trabajo como samurai bajo la condición que la despose. El futuro "suegro" le entrega un veneno a Iemon  como supuesta medicina para Oiwa, quien confiada la toma a diario. Pero aquella supuesta medicina, en lugar de quitarle la vida, va desfigurando su rostro de forma progresiva. La estrategia funciona, e Iemon se distancia de Oiwa, la maltrata y la insulta debido a su condición, al igual que a su hijo. La desfiguración de Oiwa empeora cada día, uno de sus ojos incluso llega a prolapsar, y la piel le cuelga totalmente deformada. El horror se desata mientras ella peina su cabello y  gran cantidad del mismo se desprende a pedazos al tiempo que le chorrea sangre por el rostro.   


 La escena en la que Oiwa empieza a peinarse ante el espejo es una de las más logradas del teatro japonés, siendo una de las más famosas del mismo. Realmente debe de ser desgarradora...


Kohei, un anciano sirviente de Iemon, y viendo el trato de Iemon para Oiwa, le suplica entrar en razón, pero termina con los dedos rotos, sin cabello, atado y encerrado en un armario. Iemon se retira de la casa y le pide a un hombre de la localidad, Takuetsu, que viole a Oiwa para utilizar el adulterio como motivo de divorcio. Pero Takuetsu no puede debido a los forcejeos de Oiwa y su desfigurada apariencia. Así que la toma y la fuerza a mirarse a un espejo, provocando que ella estalle en ira y desesperación, por lo que intenta atacar a Takuetsu con la katana pero accidentalmente se degolla con la misma al tropezar. Con sus últimas fuerzas Oiwa mata a su bebé para evitar que sea criado por la futura mujer de Iemon y muere desangrada al tiempo que maldice a Iemon y jura su venganza. Cuando Iemon regresa, descubre el cuerpo de Oiwa y que Takuetsu ha huido. Siendo Kohei el único testigo, lo saca del armario y lo asesina. A continuación manda a colocar los cuerpos de Kohei y de Oiwa juntos, clavados a cada lado de una puerta que lanzan a un río.
En cuanto a Osode y Naosuke, su matrimonio no ha sido consumado aún ya que Osode tiene un mal presentimiento. Este se confirma al regresar Yomoshichi quien por equivocación no había sido asesinado y este acusó a Osode de adúltera. Avergonzada se entregó a la muerte y le dejó una carta a Naosuke revelándole que ella era su hermana menor, por lo que él también se suicidó. Luego de su encuentro con la pareja, Yomoshichi averiguó la verdad sobre Iemon.

Al consumar los crímenes de Oiwa y Kohei, ya se hacen los preparativos de la boda en la casa de los Ito. La joven ataviada en su kimono nupcial se acerca a Iemon con su rostro cubierto con un velo, y al retirarlo éste se lleva la horrible impresión de que su rostro es el de Oiwa, por lo que la asesina de inmediato decapitándola con su katana. No es hasta entonces que descubre que asesinó a Oume. En pánico se voltea y mira el fantasma de Kohei, a quien ataca con su katana descubriendo que también ha asesinado a su suegro. De igual forma termina acabando con la vida de su suegra y sus sirvientes, lanzándolos después al río.
Iemon huye totalmente transtornado y  se refugia en un sitio en las montañas. Al ir de pesca al río se le reaparece la puerta con los putrefactos cuerpos de Oiwa y Kohei los cuales toman vida y le recriminan con agonizantes gemidos. Así sucede donde mire, como por ejemplo la lámpara de papel que refleja el rostro de Oiwa, las lianas que se tornan serpientes y el humo que se mira como cabello. Al borde de la locura, Iemon no lo soporta más y corre despavorido sin saber que va al encuentro de Yomoshichi, hermano de Oiwa, quien lo asesina.

Hay una excelente película basada en esta historia, dirigida por Hideo Nakata, el mismo director de "Ringu". Se llama "Kaidan", y es del 2007. 



Iemon y Oiwa.

La historia de Iemon y Oiwa es una de las que más me gustan, ya que, como he dicho antes, no solo abarca el tema de los espíritus vengativos, sino que alverga a uno de los personajes que bien podría haberse equiparado con los mejores asesinos en serie que conocemos hoy. Las mentes maquiavélicas siempre fueron una de mis debilidades, por eso siempre he tenido un sentimiento extraño, una especie de amor-odio hacia este personaje. Me cae fatal, pero a la vez me atrae.

Aunque "Yotsuya Keidan" no es la única leyenda que hoy podrían formar un relato negro. Ya desde mucho antes, la historia de los 47 ronin, y muchas más de las albergaba el famoso kojiki, el libro histórico más antiguo que se conserva sobre la historia de Japón, y que según se dice, fué quemado... 
También es de mención obligatoria en esta entrada a la famosa "Historia de Genji" (源氏物語), escrito por Murasaki Shikibu alrededor del año 1.000, y cuenta con el privilegio de ser considerado como el primer libro del mundo.
Pero volvamos al tema que nos ocupa hoy, los espíritus vengativos. Para terminar con esta entrada quería regalaros un pequeño fragmento de uno de los relatos que componen mis "Historias extrañas de Japón II", y que trata precisamente sobre esta historia. Para todos aquellos que os intereséis o queráis saber más sobre los relatos keidan, os invito a leer estos otros relatos que he ido publicando en mi blog:


Por supuesto, también os animo a navegar por internet y conocer muchas más historias extraordinarias nacidas en Japón, ¡hay algunas que estan basadas en experiencias reales y son especialmente aterradoras! ¡Disfrutadlos!


Pequeño fragmento del relato "Oiwa" (Historias extrañas de Japón II)

Oume, la hermosa joven de la que se había enamorado, era la única hija del hombre más rico de la Yotsuya y de no sé cuantas más ciudades a la redonda, el Doctor Ito Kihei. Aquello era lo mejor de todo el asunto, ¿lo peor? Tener que pensar en un buen plan para quitarse al lastre de su esposa de encima, y así poder dar un paso más para lograr formar parte de aquella rica familia, y quizá así, recuperar su antiguo ritmo de vida y su trabajo como samurai.
Durante varios meses había estado manteniendo relaciones íntimas con Oume a espaldas de su padre. Al principio habían logrado mantener aquel secreto, pero por desgracia, la joven no había podido evitar que la verdad llegara a oídos de su padre. ¿Quién habría sido el maldito que había hablado? Aquella era una de las muchas preguntas que le rondaban la cabeza. ¿Quizá había sido su hermano Kylo? No… Aquel mal nacido no osaría hacer algo así, su vida dependería de ello, y lo sabía…
“Algún día me enteraré de quién ha sido y le arrancaré las tripas”.
Otra de las dudas que le inquietaban era el motivo por el cual se Señor Ito lo había invitado a su casa aquella noche. Según la nota que le había hecho llegar, quería proponerle algo. ¿Qué podría ser?¿Qué podría querer alguien como Ito de un hombre como él? La incertidumbre e inquietud que sentía a cada paso que daba hacia aquella gran mansión, que se levantaba como un coloso entre el resto de los tejados más humildes de la ciudad, apenas le permitían respirar.
Cuando finalmente llegó a la puerta de sus muros la lluvia era más intensa, haciéndolo sentir completamente calado hasta los huesos. A pesar del mal tiempo, Iemon se detuvo un instante, observando, casi hipnotizado, a los dos majestuosos guardianes de la puerta. Sus imponentes armaduras eran de color escarlata, y por sus láminas golpeaba y resbalaba el agua de la lluvia, produciendo tenues sonidos golpes que parecían acompasados. Ambos portaban un yuri y descansaban sus diestras en la empuñadura de sus katanas, siempre alerta y preparados para cualquier inesperada situación. Un lejano sentimiento de gloria rozó el corazón de Iemon, lo que le hizo sentir un odio repentino hacia aquellos hombres.
A espaldas de la guardia se levantaban las dos gruesas columnas que enmarcaban la puerta, coronadas por zorros sagrados que parecían mirarlo con aire desafiante, como si el moho y la humedad hubieran dibujado pupilas demoníacas en la piedra que formaban sus ojos.
El ronin no pudo evitar dirigir a los guerreros una mirada de odio al pasar por su lado, cuando las puertas se abrieron ante él y dos sirvientes lo invitaron a pasar al interior. Una vez más, Iemon se encontró atravesando aquel exquisito jardín zen que ya tantas veces había podido visitar.
Efectivamente, Iemon ya había tenido oportunidad de conocer al Doctor Ito, ya algunos años atrás, cuando prestaba sus servicios a su anterior Señor e íntimo amigo de Ito. Era por aquel motivo por el que el nerviosismo e intriga se hacían cada vez más fuertes dentro de él.
Una vez llegó a la puerta principal, su anfitrión lo recibió personalmente, ofreciéndole una toalla de seda para que se secara Iemon buscó a Oume con la mirada, pero no tuvo éxito.
—Tenga muy buenas noches, Señor Iemon. Mi hija y yo estamos encantados de recibirlo en nuestra casa.
Desde luego, si en la primera nota de contacto el tono de la voz de Ito era así de educada y dulce, aquella reunión parecía ser bastante prometedora.
—Gracias os sean dadas por su hospitalidad al recibirme —respondió Iemon, aceptando la toalla tras una protocolaria y obligada reverencia—. Es todo un honor para mí poder encontrarme de nuevo en su casa.
Con un elegante gesto, el médico lo invitó a pasar al fondo de la mansión. El ronin no miró a su alrededor, ni siquiera para fijarse en la riqueza que lo rodeaba. Consideraba que ya había visto bastante en sus anteriores visitas, no necesitaba ver más.
Finalmente llegaron finalmente a un gran salón, cuyas paredes estaban completamente cubiertas por estanterías, todas ellas atiborradas de libros. En su centro se encontraba una gran mesa oval rodeada por tres sillas, una de ellas ocupada por Oume. Estaba más hermosa que nunca… Vestida con un delicado kimono de seda y desprendiendo un olor tan embriagador que parecía llamarlo.
Ver a Oume allí, en aquel salón, hizo que su corazón diera un salto. Cada vez comprendía menos la razón que lo había llevado allí, aunque a través de su expresión, tan seria y regia, no lo dejaba ver.
—Por favor, tome asiento, Iemon —dijo Ito—. ¿Le apetece tomar algo? ¿Té? ¿Un poco de sake para entrar en calor?
—Sake, por favor —respondió él sin dudar.
Ambos tomaron asiento, frente a frente, uno a cada lado de la mesa mientras Oume ocupaba su asiento presidencial.  Padre e hija lo miraban, sonriéndole con actitud amable y pacífica. A pesar de todo, Iemon se alegró de no encontrarse desprotegido ante cualquier situación que se pudiera desencadenar. Por suerte o por desgracia, la vida le había enseñado que no podía confiar en nadie, y menos existiendo gente como él.   
No tardaron en aparecer dos hermosas sirvientas con dos copas de sale y un vaso de té. El imponente anfitrión espero paciente a que las dos mujeres abandonaran de nuevo la sala para empezar a hablar.
—Bien, Iemon… Antes que nada, permíteme decir que estoy encantado de volver a verle.
—El placer es mío, señor.
La joven le dirigió una mirada tranquilizadora, y con lo que Iemon ya lo conocía, los nervios que pudiera sentir en aquel momento desaparecieron de golpe.
—He sabido de boca de mi hija que lleváis varios meses manteniendo relaciones —continuó diciendo Ito.
Iemon tragó saliva.
—Así es, señor.
—Imagino que eso le sorprenderá. No es muy normal que la única hija de una familia acaudalada le confiere a su padre que mantiene una relación con un ronin desempleado.
Iemon miró a Oume sin ocultar su sorpresa.
—Ya te dije hace tiempo que estaba harta de esconderme. Que te quiero aquí, conmigo, como un esposo junto a su mujer.
El ronin volvió a mirar a su anfitrión directamente a los ojos, intentando que éste apreciara su sinceridad y valentía.
—Es cierto, señor —confesó—. Amo a su hija como nunca había amado a nadie. Pero hay un problema, yo ya estoy casado.
El médico sonrió.
—Déjate de cursiladas, estamos entre antiguos amigos. ¿Tu esposa es Oiwa, cierto?
—Sí, Señor. —Iemon dio un largo tragó a su sale.
—Muy hermosa, como ninguna, diría yo… empezó a divagar Ito mientras su hija le dirigía una mirada de odio. La envidia siempre había sido una de las grandes virtudes que la joven poseía a ojos de Iiemon_. La recuerdo muy bien, cuando aún vivías en la casa de Ochi. Pues bien, Iemon… Dada tu situación solo te haré esta pregunta una vez. ¿Tus intenciones con mi hija son sinceras?
—Más que mi vida, Ito.
—Bien… entonces quiero que te cases con ella. Y como agradecimiento por ello, prometo darte un cargo como samurai en mi casa.
—Estaría más que encantado con eso, pero está mi esposa…
—Eso no es problema, Oume me ha hablado de ella. Está muy enferma, ¿no es cierto?
—Así es. Después de dar a luz no ha conseguido recuperar las fuerzas del todo.
Ito sonrió y se levantó, dirigiéndose a uno de los armarios que estaban a su espalda. Cuando volvió a la mesa puso un pequeño frasco sobre ella, tan cerca de Iemon como para que esté pudiera verlo.
—Este es uno de los venenos más poderosos de todo Japón, lo mejor de todo es que no tiene sabor, lo que permite que pueda usarse fácilmente en cualquier comida o bebida. Quiero que se lo administres a tu esposa, con os gotas al día bastará. A nadie le resultará extraño que una mujer débil enferme de repente y muera en pocos días.
—Pero… ¿Usted pretende que mate a mi mujer? pretende usted que mate a mi mujer?
—Solo ella se interpone entre mi hija y tú, y un padre que ama a su hija no sabe negarle absolutamente nada…
Tras unos segundos de silencio, Iemon se levantó, cogió el pequeño frasco y, sin ni siquiera mirarlo, lo hizo desaparecer bajó sus mojadas ropas. Y sonrió…



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