viernes, 5 de mayo de 2017

Ataudes voladores II.




¡Hola a todos!
Por fin os traigo la continuación de mi relato largo "ataudes voladores". Sé que en la anterior entrada os dije que dicho relato estaría dividido en dos, pero me equivoqué. Al final me han quedado tres partes iguales, os pido disculpas por no publicar hoy el final de la historia, ¡pero no os haré esperar mucho para el final!
Espero que esta continuación os siga enganchando tanto como su inicio, disfrutad e la lectura, ¡un abrazote!




ATAUDES VOLADORES II

                  Lo que te voy a contar pasó hace ya casi cuarenta años. Es una historia muy poco común, y casi nadie sabe de ella, nadie sabe lo que paso…

                >>Cuando terminó la segunda guerra mundial, tu abuelo y tres de sus compañeros fueron invitados a sobrevolar en avioneta la zona más salvaje de Papúa Nueva Guinea. Las vistas de su selva debían de ser espectaculares por lo poco que me contó. Pero por desgracia, el avión sufrió una avería en pleno vuelo y se estrelló en las faldas de una montaña… El piloto murió instantáneamente, pero por suerte el resto de los ocupantes no.

                >>El lugar en el que se vieron sumergidos de repente parecía no tener fin, los árboles se extendían infinitamente hasta donde les alcanzaba la vista, las montañas que rodeaban el valle que se extendía ante ellos parecían estar a kilómetros de distancia, y… Por si aquello no fuera poco, la noche empezaba a caer y lo único con lo que podían intentar comunicarse con un equipo de rescate, un walkie-talkie, se había roto a causa del impacto.

                >>Después de caminar casi toda la noche en busca de alguna especie de ayuda, fueron asaltados por varios miembros de una tribu autóctona que, curiosamente, y a pesar de su naturaleza caníbal, los recibieron muy gustosamente.

                >>Estos guerreros los llevaron en presencia de su jefe, que les ofreció todas las comodidades del mundo. Según pudo contarme tu abuelo, esa primera noche el jefe caníbal le confesó que los estaban esperando, pues una especie de profecía de su Dios hablaba de la llegada de cuatro ángeles blancos que llenarían de gloria y riquezas a sus gentes, ya que supondría enterrar el hacha de guerra entre ellos y su tribu rival, los hombres blancos, para despues permanecer junto a ellos el resto de su vida. Después lo obsequió con esa pequeña cabeza que has visto en la biblioteca, asegurándole que lo protegería si la portaba constantemente. Tu abuelo agradeció aquel acto, pero en realidad no se creyó ni una sola palabra de aquel ser tan extraño.

                >>No estoy muy segura del tiempo que estuvieron perdidos, pero fue el suficiente como para que pudieran llevar a cabo la construcción de cuatro aviones pequeños y bastante endebles. Para salir de aquel lugar, evitando a toda costa perderse en la selva, era necesario atravesar una cordillera de montañas que tan caprichosamente rodeaba la aldea como si fuera un muro de defensa. El compañero de tu abuelo, David, los llamó “ataúdes voladores”, ya que no sabían si su plan funcionaría, además, a aquel riesgo se sumaba lo que podría ocurrirles si sus extraños anfitriones se enteraban de su intento de escape.

                >>Pero no fue así, su plan funcionó a la perfección y no tardaron en toparse con una patrulla que trabajaba en su busca. Como consecuencia de la historia que contaron, la tribu caníbal se vió asediada y muchos de sus componentes murieron. La última visión que tu abuelo tubo del jefe de la tribu fue bastante dura, ya que éste le dirigió una última mirada entre rencor y decepción justo antes de ser decapitado. Cuantísimas noches de sueño le han robado a tu abuelo los recuerdos de esa mirada.

—No conocía esa historia… —Le dije con un hilo de voz.

—Nunca la contamos, nunca la contaba… Es tan oscura y extraña que ha decidió reservarla para él. Además, ya tenía bastante material para sustituirla, ¿no crees?

—¿”Ataúdes voladores”? ¿Llamaron a sus aviones “ataúdes voladores”? —pregunté sorprendido.

—“Ataúdes voladores”… —repitió una voz a mi espalda—. “Ataúdes voladores…”

Al volverme descubrí a mi abuelo apoyado en el marco de la puerta, su rostro estaba blanco como el papel, y de la comisura de sus labios caía un fino hilo de baba transparente.

—Mike...

Mi abuela se levantó rápidamente y lo condujo hacia el salón contiguo, mi abuelo obedeció como un autómata sin decisión propia, y se tumbó en el sofá. Poco después de que se quedara dormido mi abuela volvió a entrar en la cocina, sus ojos estaban visiblemente irritados.

—Dejémoslo descansar, hijo… Para él, algunos días son más duros que otros. —Me dijo simplemente, después, aún con un estado de nervios bastante alterado que no logró disimular, continuó con su merienda.



Mi madre telefoneó más tarde, dijo que iba a tardar, y le preguntó a mi abuela si no le suponía alguna molestia el que yo me quedara aquella noche a dormir allí. Tras una larga pausa, mi abuela accedió.

Aquella noche me costó dormirme, en realidad, no dormí nada, apenas unas horas antes del amanecer. No dejaba de pensar en aquella cabeza reducida, en su piel arrugada, en sus ojos cosidos, en su pelo enroscado… Todo en ella me resultaba fascinante, y más aún después de haber leído ciertas curiosidades y rotos sobre cómo se obtenían.

Durante más de dos horas estube buscando vieja información en mi móvil, tapado hasta la cabeza con el edredón. Según las docenas de artículos que pude leer, las antiguas tribus caníbales del Amazonas y Papúa Nueva Ginea solían cortar la cabeza a sus enemigos para exponerlas después a modo de trofeo. Para conseguir que éstas redujeran su tamaño hasta la mitad, primero le extraían el cráneo, y después cocían la piel en hoyas de agua hirviendo. A continuación, dejaban secar la piel, que entonces ya debía presentar el aspecto de un viejo pergamino, y corrían sus ojos y su boca. Finalmente, la cerraban y rellenaban haciendo todo lo posible para que conservara sus rasgos humanos, y tranzaban su pelo de manera exquisita. Al finalizar, estos objetos eran poco menos que obras de arte.

Ante todo esto, y cuando estas tribus fueron descubiertas por los hombres occidentales, estos quedaron asombrados ante aquellos tesoros, por los que les llegaron a ofrecer indecentes cantidades de dinero y posesiones a cambio de alguno de ellos. Tanto fue así, que incluso llegaron a corromper los corazones libres y salvajes de los jefes de estas tribus, que accedieron a sus peticiones de una manera no muy lenta.

Con el paso del tiempo, las cabezas reducidas empezaron a escasear, no así las demandas de las mismas, debido a lo cual, surgieron los llamados “cazadores de cabezas”, hombres capaces de asesinar y decapitar al primer desgraciado que se cruzara en su camino a cambio de una jugosa cantidad de dinero.

Todas estas historias me fascinaban, me parecían increíbles, incluso hubiera pensado que solo suceden en las películas que veía en televisión.

Todo aquello me parecía un cuento, una fantasía salida de la imaginativa mente de un escritor y que hacía dar numerosas vueltas en la cama. No me podía dormir… En mi cabeza solo había tribus salvajes, caníbales que traficaban con el que, solo unos años antes, había constituido uno de sus mayores trofeos.

Finalmente, ya cerca de la medianoche, me destapé y me senté en la cama, mi espalda y mi cara estaban bañadas en sudor. Tanteando en la oscuridad pude alcanzar el interruptor de la lamparita, la instantánea luz me hizo sentir un alivio repentino.

Tembloroso, agarré el vaso de agua de la mesita y me lo bebí de un trago, me coloqué las zapatillas, y me levanté. Tenía que verla otra vez… Al igual que me pasaba con todos los objetos protagonistas de las historias de mi abuelo.



Abrí el picaporte de la puerta con todo el cuidado que pude y me asomé al pasillo, lo único que llegaba a ver era aquello a lo que daba la luz de la luna. Con más cuidado todavía comencé a andar por el corredor, pasé frente a la puerta del dormitorio de mis abuelos, del que provenían unos profundos y tranquilos ronquidos. Aquello me alivió.

La biblioteca estaba en la planta de abajo, con menos ruido que el que haría un ratón, bajé las escaleras y corrí hasta su puerta. Mi corazón iba a mil por hora cuando abrí la puerta y la cerré tras de mí. Estaba allí, en la estancia que mi abuelo más apreciaba, la que encerraba unos recuerdos que ya nunca más se recordaría, y estaba solo…

Durante unos minutos permanecí con la espalda pegada a la puerta, esperando que mi respiración y mi corazón volvieran a su estado normal. Después mire a mí alrededor.

La luz que entraba a través de la gran ventana permitía ver perfectamente todo lo que allí había, el enorme escritorio al fondo de la habitación, la silueta de las máscaras indígenas que colgaban de la pared, los dos grandes estantes atiborrados de libros, los grandes marcos que contenían sus innumerables condecoraciones militares… Pero por primera vez, no me sentí atraído ante la visión de tener todo aquel festín ante mí, solo pensaba en una cosa...

2 comentarios:

  1. ¡Muy buena la continuación! Me ha gustado la historia del abuelo y, también, que se explique el título de este relato, que me tenía muy intrigada.
    Si yo fuera el nieto, también comenzaría a obsesionarme con esa historia, ja, ja, ja.
    ¡Un abrazo!

    ResponderEliminar
  2. Estupenda segunda parte, Ana. El estado catatónico del abuelo, la maldición de la tribu, ¿una presencia que acompaña al chico? A ver qué misterio oculta esa cabeza! Un abrazo!

    ResponderEliminar