viernes, 21 de abril de 2017

Ataudes voladores I.


¡Hola de nuevo!

Hoy os traigo un relato partido en dos, algo que no me gusta hacer, ya que soy partidaria de que los relatos, sobre todo los que estan cargados de misterio sobrenatural, causan un efecto más fuerte en el lector cuando son leídos de una sola sentada, cuando no se rompe esa pequeña cuerdecita que une los sentimientos del lector con los del personaje. ¡Pero bueno, así también podré comrobar si mis historias enganchan de verdad!
Esta historia está basada, en parte, en una historia real que leí hace mucho tiempo y que me llamó bastante la atención. Ahora mismo no la recuerdo muy bien, solamente a ese accidente de avión que tubieron unos militares de EE.UU una vez terminada la segunda guerra mundial. Su avión no pudo tener peor suerte, ya que por un fallo del motor sus ocupantes se vieron inmersos en una enorme selva desconocida habitada por una singular tribu caníbal de Papúa Nueva Ginea, si, de esas que reducían cabezas.
Dada mi alta curiosidad por el tema esotérico proveniente de estas culturas ya casi extintas, siempre me han llamado poderosamente esas costumbres como la ingesta de sangre, los extraños rituales que suelen hacer para atraer la lluvia, favorecer la fecundidad y, cómo no, su peculiar forma de torturar a sus enemigos. El objetivo de la reducción de cabezas no era el asustar a todo enemigo viviente que las viera, así en modo "mira lo que puedo hacer", sino que iba más allá... Los ancentros de estas tribus pensaban, entre otras cosas, que si poseian y conservaban la cabeza de alguien, también lo harían con su alma, como si esa cabeza reducida fuera solo el recipiente que contenía el alma de la persona a la que perteneció.

Tan fuerte fué la atracción que suscitó todo este tema de las tribus reductoras de cabezas en el momento de su descubrimiento, que la demanda de las mismas no tardó en llegar. No pocas eran las personas adineradas que contrataban los servicios de esos conocidos "cazadores de cabezas" para así poder poseer una de aquellas valiosas piezas. ¿Qué era lo que buscaban esos ricachones? ¿Poseer un simple objeto exótico o poder sentir esa sensación tan extraña que te debe dominar al saber que eres poseedor del alma de una persona?
Y en fín, fué leyendo una de esas historias cuando me vino la inspiración para este relato. Espero que lo disfrutéis y sepais ver la verdadera esencia del mismo.
¡Un abrazote!





ATAUDES VOLADORES I.



Antes de empezar, quisiera recalcar que no estoy loco, y que los hechos que voy a narrar a continuación son reales, tan reales como el miedo tan atroz que siento ahora al intentar recordarlos. Bueno, en realidad no intento recordarlos, pues están tan grabados a fuego en mi memoria como un tatuaje sobre la piel, aquella última visión no ha podido borrarla nada, ni a aquel olor, ni a aquellos ojos brillantes…

No es mi intención transmitir este relato de forma gratuita, sino como una especie de ayuda que mi terapeuta me ha recomendado como parte de mi terapia. Según él, esto podría ayudarme a convivir mejor con estos recuerdos y eliminar mi aversión, pero sinceramente creo que a estas alturas de mi vida lo máximo que voy a conseguir es castigarme más volviendo a revivirlo todo.

Siempre creí que las historias o leyendas, cualquiera de ellas, iban acompañadas de algún tipo de enseñanza, algo que aprendemos por primera vez cuando las escuchamos o nos hace cambiar nuestra manera de pensar y de ver las cosas. Como si fueran mensajes que intentan advertirnos de algo, como presagios que van pasando de generación en generación hasta que ya finalmente queda en el olvido o formando parte de las culturas populares. Es por esto último que yo también quiero hacerlo al contar mi experiencia. Espero que sepáis ver el mensaje que os intento dar con ella, pero en el caso de que no la creáis, el cual veo más lógico, que disfrutéis de una entretenida lectura.









Durante toda mi vida he sido un apasionado de la historia, sobre todo de la antigua y de la que concierne directamente a mi país, independientemente de la época. Por eso me gustaba tanto la vieja biblioteca de mi abuelo, pues aparte de contener lo que siempre me parecieron montañas y montañas de páginas llenas de conocimiento y grandes historias de la literatura universal, cientos de objetos interesantes, la mayoría provenientes de sus increíbles viajes, atiborraban sus estanterías. El había ejercido de militar prácticamente durante toda su vida, por lo cual, había tenido la posibilidad de visitar numerosos países a mi vista interesantes, y eso, sumado a su indomable espíritu aventurero, lo habín hecho vivir una vida más que interesante.

Varios anillos y vasijas del antiguo Egipto, una katana que perteneció a un fiero samurái, un doblón de oro español y varios ídolos de madera, tallados por expertos dedos de Africa central, eran solo algunos ejemplos de las maravillas que guardaba. De pequeño, me encantaba sentarme con mi abuelo junto al fuego y escuchar algunas de sus aventuras mientras tenía en mis propias manos el objeto protagonista de las mismas, rodeado por mis dedos como si fuera la más valiosa reliquia imaginable. Yo sabía que algunas de esas historias no eran reales, pero de alguna manera yo les daba cierta credibilidad, pues me gustaba pensar que el avanzado alzheimer que atacaba a mi abuelo era el responsable de los momentos de lucidez que parecía tener al recordar sus andanzas. O eso al menos era lo que yo quería pensar…

Cuando me iba a la cama soñaba con aquellas islas desiertas, aquellos paisajes y volcanes que él me describía, aquellas esencias tan exquisitamente descritas que incluso me parecía poder oler… Realmente él era mi referente, soñaba ser como él cuando fuera mayor, tan valiente, tan conocedor de

Un día, cuando tenía doce años, llegué a casa de mis abuelos después de mi jornada escolar. Mis padres estarían todo el día fuera y me pidieron que los esperara allí, y por supuesto, yo encantado. Pasar toda una tarde en casa de mis abuelos era como una aventura para mí.

Cuando llegué mi abuelo estaba dormido en su sillón, sobre sus rodillas un pequeño libro estaba a punto de caer.

—No lo molestes ahora, cielo. —Me dijo cariñosamente mi abuela—. Ven conmigo, vamos a ordenar la biblioteca.

Al oír aquellas palabras todo el vello de mi cuerpo se erizó, y una extraña mezcla de miedo y nerviosismo se apoderó de mí. ¿Y si mi abuelo se enteraba de que había estado tocando sus cosas sin su permiso? ¿Se enfadaría conmigo?

Tras una rápida merienda de pan con mantequilla y un gran vaso de leche y cacao, me dirigí a la gran biblioteca junto a mi abuela. El ritmo de mi corazón bien podría haberse comparado con el de un colibrí, lo sentía a punto de estallar… Nunca había entrado en aquella habitación sin la compañía de mi abuelo, y eso me hacía sentir incomodo, como si de alguna manera estuviera violando su intimidad, hurgando en sus recuerdos, en sus tesoros... Una vez en su interior, tardé varios segundos en reaccionar.

Mi abuela dejó su cubo de agua en el suelo, roció una bayeta con su spray para limpiar los muebles y me miró.

—Puedes empezar retirando todos esos libros de allí, cielo —dijo señalando la pequeña estantería que estaba a mi espalda—. En cuanto el estante esté vacío le quitaremos el polvo.

Obedecí rápidamente, o más bien, todo lo rápidamente que mi gran curiosidad me permitía. Mis ojos no paraban quietos, deseaban escapar de las cuencas para poder observar mejor cada rincón de aquella habitación.

El estante que tenía que desalojar no era de los que más me gustaban, no porque no contuviera varios volúmenes interesantes, sino porque sobre sus repisas no había ni uno solo de aquellos objetos que tanto me gustaban. Aun con un poco menos de ilusión, comencé a retirar los libros, algunos con títulos clásicos, pero a otros ni siquiera los conocía.

—Hace ya mucho tiempo que el abuelo no entra aquí, ¿verdad, abuela? —pregunté al cabo de unos minutos.

—No, hijo. Lo cierto es que suele venir a menudo por aquí —respondió ella, levantándose y abriendo la ventana. Los rayos del sol de la tarde se colaron en la habitación, iluminando las motas de polvo que se desprendían de las oscuras cortinas, haciendo que parecieran polvos mágicos sobrevolando aquel lugar tan especial para mí—. Precisamente esta mañana se ha llevado aquí casi una hora, buscaba algo para leer.

—¿Ese es el libro que estaba leyendo? —pregunté acordándome de aquel pequeño ejemplar de hojas amarillentas.

—Oh, sí. Debe de serlo… —Mi abuela empezó a toser a causa del polvo, Yo volví a mi trabajo.

Ya me quedaban apenas una docena de libros por retirar, y cuando lo hice algo llamó poderosamente mi atención desde el punto más alejado de uno de los estantes. Lo que parecía ser una urna de cristal despedía reflejos ante la luz del sol, la misma que parecía no haber recibido desde hacía mucho tiempo. ¿Qué era aquello?

Con cuidado me subí a una de las sillas para observar mejor aquel objeto, y al hacerlo me quedé sin aliento… Una cabeza, o algo que me pareció una diminuta cabeza apareció frente a mí, si sus ojos no hubiera estado cerrados nuestras miradas se podían haber cruzado a través del empolvado cristal. Su boca estaba cerrada y sellada con unos hilos que un día debieron de ser blancos, su nariz era chata, y su piel extremadamente oscura y apergaminada, si la hubiera podido tocar seguramente la hubiera sentido rugosa.

No sabía que sentir en aquel momento, una guerra de sentimientos, entre la fascinación y la repulsión, se abría camino dentro de mí. Nunca había visto nada como aquello que tenía delante, ¿Qué era?

—A… Abuela, ¿qué es esto? —pregunté casi con un susurro.

Mi abuela acababa de volver de la cocina en busca de papel, su nariz había empezado a gotear por la alergia y un color manzana se estaba apoderando de sus mejillas. En cuanto se acercó a mí su expresión cambió, sus ojos se hicieron enormes e incluso yo fui capaz de apreciar el pánico en ellos.

—¿De dónde ha salido esto? —dijo casi para sí misma, alargando la mano para alcanzar la vitrina.

—Estaba detrás de estos libros…

—No debería estar aquí… —Con rapidez asombrosa se dirigió a la puerta, pero justo cuando estaba a punto de salir se paró en seco—. No… No debería hacerlo, podría ser peor…

—¿No deberías hacer qué, abuela? —Le pregunte, no entendía nada. ¿Por qué mi abuela tenía miedo de aquella cabeza?

Rápidamente, y dominada por los nervios, limpió la última balda de la estantería y colocó la vitrina en una de sus esquinas. Luego pasó la bayeta sobre el cristal que cubría la cabeza, entonces pude verla con más detalle, su escaso pelo rojizo estaba cuidadosamente trenzado y recogido en una coleta, tan larga que incluso llegaba a rozan la base del soporte donde se encontraba. Nunca antes me había sentido tan atraído por un objeto, si es que a aquella cosa se la podía considerar objeto. De repente, todas aquellas cosas que antes siempre me había resultado tan fascinantes, pasaron a un segundo plano para mí.

Observé en silencio como mi abuela volvía a colocar los libros ante la vitrina, ocultándola tanto a mis ojos como a todos los que entraran en aquella habitación.

—No le digas nada a tu abuelo, ¿de acuerdo? —Me pidió.

—Pero, ¿por qué? Nunca había visto ese objeto antes, ¿qué es?

Ella hizo una mueca con la boca, como queriendo contestar, pero sin atreverse… Se acercó a mí, me miró y acarició la cabeza, como queriendo comprobar que me encontraba bien.

—Es… Es una larga historia, además, sucedió hace ya mucho tiempo…

—¿Qué historia? —Mi inocencia de niño casi me obligaba a hacer preguntas que, sin darme cuenta, perturbaban a mi abuela hasta incluso hacerla sentir escalofríos en los huesos—. Al abuelo ya no puedo preguntarme, seguramente me cuente una historia inventada.

—Te la contaré después si me prometes ponerte las pilas para terminar de limpiar cuanto antes, ¿de acuerdo?

Cada vez me sentía más confundido, muy pocas veces había visto a mi abuela tan nerviosa y asustada, por lo que decidí no preguntar nada más y continué limpiando, sacudiendo las páginas de aquellos libros entre las que me gustaba tanto perderme.



Continuará...

3 comentarios:

  1. De momento, me gusta cómo va el asunto. Me gusta, sobre todo, cuando abuela y nieto encuentran la cabeza y comienza el misterio con esa fascinación/repulsión que produce el hallazgo y el hecho e que se nota que la abuela sabe mucho sobre el tema.
    Por cierto, te vendría bien echarle un vistacillo rápido. He visto que has dejado por ahí una frase a medio terminar. Imagino que ha sido un problema del típico cortar-pagar al pasar el relato al blog. A mi me pasa con frecuencia. Por lo demás, estupendo.
    ¡Ya tengo ganas de seguir leyendo!
    Un besote

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    1. ¡Hola de nuevo!
      Qué bueno que te vaya gustando, la verdad es que me ha costado bastante escribir este relato, además de que me ha quedado algo largo como para publicarlo en una sola entrada. Mme inspiró a escribirlo una visita que hice hace poco a una exposición de culturas indígenas, la reproducción de las cabezas reducidas me hipnotizó. Va a llegar el momento en que no pueda ni salir de casa, ¡todo me inspira y mi teclado no dá para tanto! Jajajaja.
      ¡Un besote, amiga! Esperoque la segunda parte te guste tanto como esta!

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  2. En realidad, esta primera parte es para ponernos los dientes largos. Introduces la historia, la cabeza y los protagonistas dejándonos a los pies de la verdadera y misteriosa historia que queda por revelarse. Un abrazo!!

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