martes, 29 de noviembre de 2016

Cuando las mujeres nos miran.


Los enormes bloques de piedra que formaban los torreones de la catedral cayeron estrepitosamente sobre algunos ciudadanos, incluso algunas gárgolas, con una ira escarlata en la mirada, se desprendieron de ellos y empezaron a levantar los cuerpos de los caídos, como queriendo protegerlos de ser aplastados por las rocas. El polvo y la destrucción lo inundaba todo… Los cuernos de aviso no dejaban de sonar, llamando así a  la lucha a un nuevo grupo de guerreros cada vez, a medida que sus compañeros iban cayendo…
Mirase donde mirase solo veía destrucción y sangre, los gritos de todos los ciudadanos se ahogaban entre el estruendo de la devastación. Aquellos gigantescos tentáculos lo estaban arrastrando todo hacía el abismo…


Aunque Highdell siempre fue una ciudad cercana al mar, sus habitantes no se ganaban la vida a costa del pescado ni de nada que procediera del mar. Tampoco contaba con puertos, pero sin con una gruta submarina en la que unas sofisticadas bombas llevaban el agua a la fuente de la plaza central, la misma que había utilizado el monstruo para introducir su tentaculada cabeza que asomaba en forma de pico que se cerraba y abría, recordando con su sonido al de un baúl al abrirse.
Los titánicos apéndices destrozaban y agarraban todo aquello que se ponía en su camino, eran como auténticos látigos de destrucción, en cada una de sus enormes ventosas crecía una mortífera garra que solo con su roce producía un dolor agonizante, Al cabo de unos minutos, una especie de embudo se empezó a formar en torno a aquella boca que se tragaba todo lo que caía en ella, ya fueran personas, animales o escombros. Algunas de las flechas que le eran continuamente lanzadas a la orden de un toque de cuerno, también lograban pasar entre sus dientes. Mis arqueros eran conocidos en todo el reino de Tracya por su buena puntería, aunque con enemigos más pequeños resultaba más fácil…
No había pasado ni media hora desde que el primer tentáculo había asomado por la fuente de la plaza, y ya había desaparecido casi media ciudad… Las paredes de aquel embudo estaban cada vez más inclinadas, y los primeros flancos de defensa había caído ya pasto de la desolación.
Yo estaba allí, en el balcón de mi castillo, congelado ante aquel horrible espectáculo. No hacía más de 3 meses que había sido nombrado rey, pasando a la historia de mi pueblo como el monarca más joven a mis 19 años. Durante todo ese tiempo me he sentido orgulloso de lo que hacía, ayudaba a mi pueblo, a las cosechas de los campesinos, incluso a sus hijos y a sus animales, pero en aquel momento me sentía impotente… Sentía que mi amada ciudad se merecía que hiciera algo por ella, que la salvara de aquella bestia. Sentía que tenía que dar algo de mí, pero ver a todos aquellos hombres caídos me desanimaba el corazón.  
Al mirar a mi derecha veía como todas las mujeres del pueblo se agolpaban en los balcones que ya peligraban por su pérdida de verticalidad, pero aquello no parecía importarles. Algunas de ellas parecían dispuestas a lanzarse al vacío al ver a su esposo, a su padre o a su propio hijo contra las fauces del kraken, y su ni hubiera sido por otras harían cumplido ese final. Entre ellas se encontraba mi joven reina, Dyanna, que con su más dulces palabras intentaban controlar, tranquilizar y consolar a aquellas desgraciadas mujeres.
A mi izquierda se abría la mayor parte de la ciudad, en la que los vecinos varones que continuaban en pie se agolpaban en un mismo sitio, la puerta de la herrería de Towil, uno de los pocos negocios y casas que quedaban en píe. Muchos de ellos habían gastado ya todas sus flechas, o lanzado su espada a la boca de la bestia casi con un gesto de resignación. Ahora, esperaban con impaciencia poder obtener otra.
Un humo intenso salía de aquella chimenea, perdiéndose en el cielo nocturno salpicado por millones de estrellas. A mi mente vino la imagen de Towil, alto, musculoso, y de largo cabello negro enmarcando una mueca de maldad, casi siempre envuelta por el humo que sus afiladas hojas desprendían al ser sumergidas en agua helada. Aquella noche se estaba ganando el jornal, sin duda.
Todos estaban siendo especialmente valientes aquella noche, lo tenía que reconocer… Los pocos que se acercaban demasiado a la bestia no habían vuelto, devorados por aquella quimera infernal. Otros directamente se arrojaban sobre aquellas fauces, en un acto de valentía que demostraba que si impotencia no podía más que su orgullo. ¿Era aquel mi destino? ¿Debería, siendo rey como soy, arriesgar mi vida por mi pueblo? ¿Estaba obligado a ello? Pero… ¿De qué me valdría suicidarme de aquella manera? Sabía que no tenía nada que hacer…
De repente, note algo en el corazón, como una llama de valentía que iba creciendo poco a poco y me animaba a enfrentarme al peligro, a dar la vida por mi pueblo, a morir como un verdadero rey… Pero aquel impulso no era suficiente, necesitaba algo más… Desesperado, dirigí la mirada hacia mi derecha, buscando a Dyanna. Ella seguía ocupada atendiendo a una mujer mayor que descansaba sobre la barandilla, con la ayuda de otras dos sostenía lo que debía de ser un paño frío contra su frente. Se movía rápido, muy rápido, pero en ningún momento levantó la mirada hacia mí.
“Vamos, Dyanna. Dame el último empujón que me falta…” Pensaba para mis adentros, sintiendo en aquel momento que solo una sonrisa de ella sería suficiente para animarme a saltar.
Pero la falta de sus ojos sobre los míos desvaneció ese poco de valentía que me ardía en el corazón. Mis dedos dejaron una vez más que el mango de mi espada resbalara entre ellos.
De repente, uno de aquellos titánicos tentáculos alcanzó mi balcón, arrancando toda su barandilla de golpe, toda la fila izquierda de edificios se derrumbó, empujando con él a los más incautos que hasta entonces habían permanecido en ellos.
Damlum, el hechicero de la corte, agarró mi brazo justo a tiempo, impidiendo que callera de balcón, junto con la barandilla. En aquel momento me sorprendí de la increíble fuerza que aquel anciano demostró al sujetarme, los secretos que aquel ser parecía ocultar siempre llamaron poderosamente mi atención, pero aquella noche no era la noche en la que le preguntara nada.
De repente, con el rabillo del ojo pude ver como una ligera sombra se agarraba a uno de aquellos brazos, era Niron, ala de cuervo. Niron era un vecino de highdell, y al que yo conocía desde que era pequeño. Su aspecto era el de una comadreja mojada, pequeña y delgada, siempre había tenido esa apariencia de debilidad que en muchas ocasiones han sido la perdición para aquellos que anhelan ser guerreros. Parecía alguien débil, con un aspecto tan frágil que hasta la lluvia parecía ser capaz de causarle dolor al caer sobre su piel. Este atrevido hombre dio un salto hacia la cabeza de la bestia, pero no para caer entre sus fauces como ya había hecho otros, sino para sostenerse casi mágicamente en pie sobre su frente. Con un rápido movimiento, más parecido a un relámpago que a algo humano, cercenó el primero de los deformes brazos que tan peligrosamente se le acercó, produciendo un temblor en la tierra, fruto de las sacudidas de dolor que la bestia dio bajo ella. Varios chorros de lo que parecía sangre de color negro manó de muñón del kraken, que ahora se balanceaba inocentemente de un lado a otro, víctima del dolor. Niron calló sobre el suelo, parecía haber perdido el conocimiento.
Un grito desgarrador procedente de mi derecha se clavó en mi oído como su fuera una agua finísima y helada. Shay, la esposa de Niron, estaba allí, sujetándose fuertemente a la barandilla del debilitado balcón, sus ojos casi desorbitados y enrojecidos no se apartaban de la delgada figura de su esposo, que para sorpresa de todos empezó a moverse.
Los cuernos volvieron a sonar, pero esta vez no para llamar a una nueva tanda de guerreros, sino para animar a ala de cuervo, que con otro fugaz movimiento, y sujetando la espada por encima de su cabeza, volvió a lanzarse sobre la bestia. El hombre desapareció en el interior del pico dentado, desapareciendo de nuestra vista… Pero aquello no fue todo, a medida que aquel héroe se iba deslizando por la garganta, su espada se iba abriendo camino, desgarrando parte del interior de la criatura, que con lo que pareció un graznido agónico volvió a sacudirse bajo la tierra.
Un enorme y pegajoso chorro de líquido negro salió de aquella horrenda boca, tras él, el kraken desapareció igual de rápido que había venido, dejando un gran agujero entre en suelo de la plaza que bien podría haber sido una puerta a los infiernos. A su alrededor, entre los inevitables llantos y gritos de alivio, las últimas piedras terminaron de caer, dejando algunas construcciones en un grabe de peligro de desplome inminente. Las gárgolas que tan fieramente nos habían defendido, y como si su colaboración hubiera sido un regalo de los mismísimos dioses, dejaron de mover sus alas de repente, cayendo estrepitosamente entre los escombros como grandes bloques de piedra inerte. Rápidamente fueron retirados por algunos ciudadanos a modo de respeto y agradecimiento.
Pero ante todo el estruendo  la mezcla de sonidos y de ruidos que ahora lo inundaba todo, había uno en especial que resaltaba sobre todo los demás, el llanto de una mujer en el balcón de mi derecha, el mismo que bien habría podido desgarrar cualquier corazón el llanto de la esposa de Niron a la que tan vanamente intentaba consolar la reina, que tampoco entonces levantó la mirada hacia mí ni por un segundo.
Sin poder creer aún la hazaña que acababa de ver me giré hacia Dumlum.
—¿Cómo ha sido posible eso, Dumlum? —Le pregunté con una mezcla de vergüenza y admiración—. ¿Cómo es posible que un hombre tan… Insignificane de como Niron haya sido capaz de acabar con esa criatura?
El hechicero clavó en mí unos ojos grises y cansados, pero llenos de la mayor compasión y sabiduría que había podido ver jamás. Lo que me dijo a continuación cambió para siempre mi forma de ver la vida:
—Majestad, hasta el hombre más insignificante es capaz de hacer lo imposible cuando la mujer a la que ama lo está mirando.


1 comentario:

  1. Ayer leí tu relato, pero no te comenté nada porque con el móvil tardo mucho... Me gustó bastante esta obra, pero creo que puedes mejorarla para que tenga un ritmo más rápido al comienzo. Creo que con darle al principio más velocidad (por ejemplo, quitando algunas descripciones o adjetivos) quedaría perfecto. Por favor, no te ofendas, que sabes que te lo digo desde el cariño y el mayor de los respetos. Ah, el final me ha encantado: cuando la persona que amamos nos observa, somos capaces de hacer prodigios.
    ¡Un abrazote, amiga!

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