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martes, 3 de febrero de 2026

Sueños que nadan.

 

Cantinflas siempre había tenido una relación peculiar con los sueños. No con los suyos, que ya bastante caóticos eran, sino con las sueñas, esas criaturas marinas de las que había oído hablar una noche, en un puerto cualquiera, entre un trago mal servido y una historia contada a medias. No eran sirenas, no exactamente. Las sueñas, decían, no cantaban para atraer marineros ni peinaban su cabello al sol: aparecían solo a quienes sabían soñar despiertos.
Desde entonces, Cantinflas quedó atrapado por la idea.
Decía que no estaba obsesionado, pero empezó a dormir poco y a hablar mucho. En los estudios lo encontraban mirando al techo, como esperando que de ahí saliera el mar. "Estoy pensando", decía, aunque en realidad estaba imaginando escamas, risas húmedas y ojos que reflejaban la luna.
Fue en Acapulco donde conoció al hombre.
Fue en Acapulco donde conoció al hombre.
No recordaba su nombre, o quizá nunca se lo dijo, solo que tenía la piel curtida por el sol y una forma extraña de caminar, como si todavía estuviera acostumbrado al vaivén de un barco invisible. Se sentaron a hablar frente al mar.
Cantinflas, sin saber por qué, terminó contándole todo: las sueñas, la obsesión, la certeza infantil de que existían.
El hombre no se rió.
—Si las quieres ver —le dijo-, no basta con creer. Hay que preparar el lugar.
Aquella frase se le quedó clavada.
Poco después, Cantinflas compró una casa en Acapulco, frente al mar, como si la decisión hubiera estado esperando desde siempre. La decoró con una devoción casi ritual: conchas incrustadas en las paredes, redes de pesca colgadas como cortinas, tonos verdes y azules por todas partes. Mandó tallar figuras de sirenas, aunque siempre aclaraba que no eran ellas, que eran "parientes lejanos", y colocó espejos que reflejaban la luz co y si fuera agua en
movimiento.
La casa no parecía una casa: parecía un recuerdo del océano.
Las noches allí eran distintas. El silencio no era silencio, sino una respiración profunda.
Cantinflas se sentaba en la terraza, hablaba solo, hacía chistes al mar. A veces reía, a veces se quedaba callado, con una seriedad que pocos le conocían.
Hasta que una noche, el mar respondió.
No fue con un canto. Fue con un murmullo, como cuando alguien intenta decir tu nombre sin estar seguro de merecerlo. El agua se iluminó suavemente y entonces las vio: las sueñas. No tenían la belleza perfecta de las leyendas, sino algo más inquietante y real. Sus ojos no suplicaban ni prometían; observaban, como si lo estuvieran soñando a él.
Cantinflas no gritó. No corrió. Sonrió.
—Ah, conque eran ciertas —murmuró, como si acabara de confirmar un chisme viejo.
Las sueñas se acercaron lo justo. No salieron del agua. No hacía falta. Aquel encuentro no era para tocar, sino para entender. Cantinflas sintió algo que nunca había sentido en un escenario: que por una vez no tenía que hacer reír a nadie.
Cuando el mar volvió a oscurecerse, supo que no podía contarlo. Algunas verdades no sobreviven a ser dichas. Pero desde esa noche, sus silencios fueron distintos y su mirada, cuando veía el mar, tenía algo de complicidad.
Y si alguien le preguntaba por qué había elegido
Acapulco, se encogía de hombros y decía:
—Pos nomás... porque aquí los sueños saben nadar.

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