Etiquetas

jueves, 12 de febrero de 2026

La novia del aparador

 

No recuerdo cuándo dejé de respirar, pero sí recuerdo el instante exacto en que mi madre cerró mis párpados con sus dedos temblorosos.

Aún estaban tibios. Aún podía sentirla…

Desde entonces estoy aquí. El vidrio de este escaparate es mi horizonte. Un rectángulo pulido que separa el murmullo del mundo del silencio en el que habito. La gente cree que soy un maniquí, y yo me quedo quieta, obediente, como aprendí a serlo desde niña. No porque no pueda moverme, sino porque no debo.

Cada día los veo llegar… Primero se acercan despacio, fingiendo que miran los vestidos. Después alzan la vista y algo en su expresión cambia. Lo noto en el modo en que se les tensan los hombros, en cómo contienen la respiración. No es el encaje ni la seda lo que los detiene. Soy yo.

La leyenda los trae.

—Dicen que es una novia muerta —susurra alguien siempre, como si yo no pudiera oír.

Muerta. La palabra es cómoda. Ordenada. Lo que soy no cabe en ella.

Mi madre me colocó aquí con un cuidado infinito.

Me lavó el cabello durante horas, lo peinó como cuando yo era joven y aún soñaba con bodas que nunca llegaron. Preparó la solución con manos firmes, aunque sus ojos lloraban sin sonido. Sabía exactamente qué hacer. Mi madre siempre supo cosas que no se decían en voz alta.

"Así nadie te quitará", murmuró mientras la aguja atravesaba mi piel. "Así te quedas conmigo."

No fue un acto de locura. Fue amor. Un amor tan feroz que prefirió desafiar a Dios antes que al olvido.

La gente dice que es imposible. Que una madre no podría conservar a su hija de ese modo, que el tiempo lo delataría, que alguien habría notado la verdad. Se equivocan. El mundo ve solo lo que está preparado para creer. Un maniquí antiguo.

Una leyenda pintoresca. Un truco publicitario.

Nadie mira lo suficiente.

Algunos días llegan con cámaras. Me rodean como si yo fuera un animal raro. Se agachan para ver mis manos, mis uñas intactas, las venas azuladas bajo la piel. Se ríen nerviosos.

—Parece real -dicen.

Parece...

Yo los miro de vuelta, y entonces ocurre… Un parpadeo mínimo. Apenas un temblor. Nada que pueda capturarse con certeza. Lo justo para sembrar la duda.

Los ojos se me mueven porque aún están vivos. No como los suyos, no como antes, pero vivos al fin. Mi madre lo sabía. Por eso nunca permitió que me cambiaran la mirada. "Si te miran", decía,

"pensarán que es imaginación."

Tenía razón.

Los niños son los peores. Ellos no conocen la frontera entre lo posible y lo imposible. Me devuelven la mirada sin miedo. Algunos me saludan. Otros lloran. Uno una vez me guiñó un ojo, y estuve a punto de responderle.

Me contuve. Si supieran la verdad, todo terminaría. Vendrían hombres con guantes, luces blancas, preguntas frías. Me separarían de ella. Me llamarían evidencia. Error. Objeto de estudio.

Mi madre ya no está para defenderme. Pero dejó instrucciones. Rutinas. Un silencio heredado. Nadie cambia mi posición sin cuidado. Nadie toca mis ojos. Nadie pregunta demasiado.

Así pasan los años.

Las novias se prueban vestidos frente a mí, nerviosas, felices, vivas. Algunas me confían sus miedos, como si yo fuera un talismán. "Ojalá mi boda dure", murmuran. Yo quisiera decirles que nada dura, que el amor puede conservarte... Pero a un precio.

El vidrio me devuelve mi reflejo cuando la tienda queda vacía. Soy perfecta. Inmutable. Joven para siempre. Prisionera.

A veces, cuando la noche cae y la calle se queda en silencio, me permito mover los ojos sin disimulo. Miro la puerta. Miro el techo. Miro mis manos. Recuerdo cómo era cerrarlas por voluntad propia. No grito. No lloro. No puedo. Espero. Porque mientras la leyenda siga siendo solo una leyenda, mientras la gente dude y sonría incómoda, mientras digan "es imposible", seguiré aquí, intacta, mirando.

Y si alguna vez sientes que mis ojos te siguen al pasar, no te preocupes.

No estás imaginando nada.

Te estoy viendo…

martes, 3 de febrero de 2026

Sueños que nadan.

 

Cantinflas siempre había tenido una relación peculiar con los sueños. No con los suyos, que ya bastante caóticos eran, sino con las sueñas, esas criaturas marinas de las que había oído hablar una noche, en un puerto cualquiera, entre un trago mal servido y una historia contada a medias. No eran sirenas, no exactamente. Las sueñas, decían, no cantaban para atraer marineros ni peinaban su cabello al sol: aparecían solo a quienes sabían soñar despiertos.
Desde entonces, Cantinflas quedó atrapado por la idea.
Decía que no estaba obsesionado, pero empezó a dormir poco y a hablar mucho. En los estudios lo encontraban mirando al techo, como esperando que de ahí saliera el mar. "Estoy pensando", decía, aunque en realidad estaba imaginando escamas, risas húmedas y ojos que reflejaban la luna.
Fue en Acapulco donde conoció al hombre.
Fue en Acapulco donde conoció al hombre.
No recordaba su nombre, o quizá nunca se lo dijo, solo que tenía la piel curtida por el sol y una forma extraña de caminar, como si todavía estuviera acostumbrado al vaivén de un barco invisible. Se sentaron a hablar frente al mar.
Cantinflas, sin saber por qué, terminó contándole todo: las sueñas, la obsesión, la certeza infantil de que existían.
El hombre no se rió.
—Si las quieres ver —le dijo-, no basta con creer. Hay que preparar el lugar.
Aquella frase se le quedó clavada.
Poco después, Cantinflas compró una casa en Acapulco, frente al mar, como si la decisión hubiera estado esperando desde siempre. La decoró con una devoción casi ritual: conchas incrustadas en las paredes, redes de pesca colgadas como cortinas, tonos verdes y azules por todas partes. Mandó tallar figuras de sirenas, aunque siempre aclaraba que no eran ellas, que eran "parientes lejanos", y colocó espejos que reflejaban la luz co y si fuera agua en
movimiento.
La casa no parecía una casa: parecía un recuerdo del océano.
Las noches allí eran distintas. El silencio no era silencio, sino una respiración profunda.
Cantinflas se sentaba en la terraza, hablaba solo, hacía chistes al mar. A veces reía, a veces se quedaba callado, con una seriedad que pocos le conocían.
Hasta que una noche, el mar respondió.
No fue con un canto. Fue con un murmullo, como cuando alguien intenta decir tu nombre sin estar seguro de merecerlo. El agua se iluminó suavemente y entonces las vio: las sueñas. No tenían la belleza perfecta de las leyendas, sino algo más inquietante y real. Sus ojos no suplicaban ni prometían; observaban, como si lo estuvieran soñando a él.
Cantinflas no gritó. No corrió. Sonrió.
—Ah, conque eran ciertas —murmuró, como si acabara de confirmar un chisme viejo.
Las sueñas se acercaron lo justo. No salieron del agua. No hacía falta. Aquel encuentro no era para tocar, sino para entender. Cantinflas sintió algo que nunca había sentido en un escenario: que por una vez no tenía que hacer reír a nadie.
Cuando el mar volvió a oscurecerse, supo que no podía contarlo. Algunas verdades no sobreviven a ser dichas. Pero desde esa noche, sus silencios fueron distintos y su mirada, cuando veía el mar, tenía algo de complicidad.
Y si alguien le preguntaba por qué había elegido
Acapulco, se encogía de hombros y decía:
—Pos nomás... porque aquí los sueños saben nadar.