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miércoles, 1 de julio de 2026

Casillas y la pesadilla

 Hay derrotas que llegan con un disparo a la escuadra. Otras, con un error tuyo que no te deja dormir durante años, y luego está esta… La única derrota que nunca sentí como una derrota.

A veces cierro los ojos y vuelvo a aquel estadio de Gwangju. Han pasado muchos años, pero sigo escuchando el mismo murmullo. No el de la grada, sino el de mis compañeros preguntándose qué estaba pasando.

Desde la portería ves el fútbol de otra manera. Tienes tiempo para observar. Ves cómo se colocan los delanteros, cómo respiran los defensas, cómo un equipo empieza a creer que puede ganar antes incluso de marcar el primer gol, y ese día vi a España convencida de que era mejor... No por arrogancia, porque lo estaba demostrando.

Cada vez que recuperábamos el balón sentía que el partido era nuestro. Corea corría muchísimo, empujada por su público, pero nosotros encontrábamos los espacios. Tocábamos con paciencia. Ellos sufrían.

Y entonces llegó el primer gol anulado. Vi a mis compañeros correr para celebrarlo y yo sonreí desde la otra punta del campo. Pensé: “Ya está. Ahora el partido cambiará.”

Pero el árbitro levantó el brazo…

Recuerdo quedarme quieto. No entendía nada… 

Un portero vive demasiado lejos para protestar. Solo observas las caras de tus compañeros. Y cuando todos ponen la misma expresión, sabes que algo no encaja.

Seguimos jugando. Había que hacerlo. No puedes perder la cabeza en unos cuartos de final de un Mundial. Pero poco a poco empezó a instalarse una sensación horrible… Cada decisión dudosa caía siempre del mismo lado, cada protesta terminaba igual, cada conversación con el árbitro era una pared.

Desde mi portería veía a Fernando levantar los brazos. A Rubén pedir explicaciones. A Joaquín girarse incrédulo. Y yo empezaba a sentir una impotencia que nunca había conocido.

Un portero vive solo. 

Cuando el balón está lejos tienes demasiado tiempo para pensar. Y yo pensaba demasiado. “No puede estar pasando esto.” “No en un Mundial.” “No aquí.”

Entonces llegó la jugada que todavía hoy me duele recordar. Joaquín ganó la línea de fondo. Centró.

Gol.

Vi cómo todos corrían otra vez. Esta vez ni siquiera levanté los brazos. Solo esperé. No sé por qué… Quizá porque ya intuía que algo iba a ocurrir.

Silbato.

Otra vez. Anulado…

Me apoyé en el poste. No de cansancio, sino de incredulidad. Era como intentar subir una montaña mientras alguien, desde arriba, seguía empujándote hacia abajo.

Llegó la prórroga.

Miraba el reloj deseando que apareciera un gol de cualquier manera. Un rebote. Un córner. Un disparo lejano. Cualquier cosa… Porque empezaba a sentir que solo un gol imposible podría sobrevivir a todo aquello.

No llegó.

Y aparecieron los penaltis…

Dicen que los porteros vivimos para ese momento. Es mentira, vivimos para no tener que llegar nunca ahí.

Mientras caminaba hacia la portería respiré despacio. No pensaba en la injusticia ni pensaba en el árbitro, solo me repetía una frase: “Una más. Solo una parada más.”

Paré el primero.

Escuché a mis compañeros gritar.

Paré otro.

Volví a creer.

Pensé que el fútbol aún podía hacer justicia.

Pero luego llegaron nuestros fallos… Cada lanzamiento que no entraba era como sentir que el aire desaparecía del estadio.

Cuando el último penalti terminó comprendí que se había acabado.

No lloré enseguida. Me quedé mirando el césped.

Nunca había visto un campo tan grande. Tan vacío.

Los coreanos celebraban alrededor. Era normal. Habían ganado. No era contra ellos mi enfado. Jamás lo fue…

Mientras caminábamos hacia el vestuario pasé cerca del árbitro.

Ni siquiera recuerdo si lo miré, había dejado de importarme él… Lo que me dolía era otra cosa.

Pensar en todos los españoles que habían madrugado para vernos.

En los niños que llevaban semanas creyendo que aquel Mundial podía ser distinto. En mis compañeros. Muchos jamás volverían a encontrarse tan cerca de unas semifinales.

Dentro del vestuario nadie levantó la voz.

Eso fue lo peor.

Si alguien hubiera gritado, habría sido más fácil.

Pero solo había silencio.

Algunos lloraban. Otros permanecían sentados con la mirada perdida.

Las botas seguían puestas. Nadie tenía fuerzas ni para desatar los cordones.

Recuerdo quitarme los guantes muy despacio.

Los observé unos segundos. Habían parado dos penaltis. En cualquier otro partido habría salido orgulloso de ellos, pero aquel día me parecían inútiles.

Porque entendí que hay encuentros en los que hacer bien tu trabajo no siempre basta.

Con el tiempo he ganado títulos que jamás imaginé.

He levantado la Copa del Mundo. He sido campeón de Europa. He vivido noches inolvidables. Pero hay una espina que nunca desapareció del todo.

No porque crea que nos robaron un trofeo. Sino porque nos arrebataron la oportunidad de saber hasta dónde podía llegar aquel equipo.

El fútbol siempre te enseña a aceptar la derrota.

Lo que nunca te enseña es a convivir con la sensación de que no te dejaron competir en igualdad.

Y esa sensación…

Esa sigue conmigo cada vez que alguien pronuncia una sola palabra.

“Corea”.



😘😘😘😘😘😘😘😘


El partido había dejado de ser fútbol mucho antes del gol.

Eso es lo primero que pienso ahora, con los años encima.

No era belleza.

No era fluidez.

Era supervivencia.

Cada balón dividido era una batalla que ya no se jugaba con técnica, sino con nervios. El estadio parecía inclinarse con cada jugada, como si el mundo entero hubiera decidido empujar hacia un solo lado sin pedirnos permiso.

España tenía la pelota.

Nosotros teníamos el miedo de que en cualquier momento todo se rompiera.

Pero aguantábamos.

Eso es lo que éramos ese día: resistencia.

Minuto a minuto, entrada a entrada, carrera a carrera.

El cansancio ya no dolía como cansancio. Dolía como algo más profundo, como si los músculos hubieran aceptado que no iban a ganar esa noche, pero el orgullo no les dejara parar.

Y aun así llegamos vivos al final.

Eso fue lo más extraño.

Llegar vivos.

La prórroga.

El tiempo empezando a parecer una broma.

Cada vez que España tocaba cerca de nuestra área, el corazón se me subía a la garganta. No por miedo al gol… sino por la certeza de que solo hacía falta un segundo.

Un error.

Un rebote.

Un instante.

Y entonces pasó.

Ni siquiera recuerdo el inicio exacto de la jugada.

Solo recuerdo el final.

El balón dentro de nuestra área.

Un control.

Un movimiento.

Y ese golpe.

Seco.

Demasiado limpio para lo que estaba en juego.

Cuando vi el balón salir hacia la red, mi cuerpo tardó en entenderlo.

Primero pensé que había sido un desvío.

Luego pensé que el portero llegaría.

Después… ya no pensé nada.

Solo vi a los españoles correr.

Y ahí entendí que era verdad.

Se acabó.

No como cuando te meten un gol en el minuto 20.

No como cuando tienes tiempo.

Sino como cuando el partido decide terminar de golpe, aunque el árbitro todavía no haya silbado.

Recuerdo quedarme quieto.

No por estrategia.

No por orgullo.

Por vacío.

Algunos de mis compañeros cayeron al césped.

Otros miraron al cielo como si buscaran una explicación que no estaba ahí.

Yo miré el balón dentro de la portería.

Ese objeto que durante años lo había significado todo… y ahora no significaba nada.

España celebraba a lo lejos.

Nosotros no pertenecíamos a esa imagen.

Y lo peor no fue perder.

Lo peor fue saber que habíamos estado tan cerca de cambiarlo todo.

Tan cerca que duele más que cualquier derrota clara.

Mientras caminaba hacia el centro del campo para el saque simbólico, sentí algo raro.

No era rabia.

Era silencio.

Un silencio interno que no se parece al ruido del estadio.

Es otro tipo de sonido.

El que aparece cuando entiendes que hay momentos que no vuelven.

El árbitro pitó el final definitivo después.

Pero para nosotros el partido había terminado mucho antes.

En ese único toque.

En ese único golpe.

En ese único instante que separa la historia de la memoria.

Y mientras veía a España levantar los brazos, pensé algo que nunca dije en voz alta:

No perdimos una final.

Perdimos la posibilidad de contarla de otra manera.



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