viernes, 4 de mayo de 2018

La maldición de los colosos.

Ya puestos en temas rodeados por teorias conspiranoides, aquí os traigo una que salio de mi imaginación sobre uno de los acontecimientos más famosos de la historia. ¡Espero que os guste!

¿Qué pasaría si nos hubieran estado ocultando información? ¿Es cierto eso de que "ni los malos son tan malos ni los buenos tan buenos"? Yo solo digo que "poderoso caballero fué siempre don dinero...


LA MALDICION DE LOS COLOSOS.

Aún recuerdo aquellos gritos y llantos, en mis sueños, en mis pesadillas… Recuerdo el sonido de las hachas al cortar los dedos y las manos enteras de aquellos desgraciados que intentaban alcanzar el bote salvavidas, y también el peligroso balanceo del mismo… El sonido del chapoteo desesperado en las heladas aguas, y también de algún disparo furtivo. Mi vida se hundía, se hundía con él… Pero, mejor empezaré a contar mi historia desde el principio.


En algún lugar del Atlántico Norte, 23: 30 pm del 14 de abril de 1912.

Las tranquilas aguas del Atlántico, iluminadas por las luces de vida del gran trasatlántico, devolvían un aspecto digno de cuento, como si en cualquier momento unos seres fantásticos, algo así como las sirenas, fueran a asomarse a la superficie para saludar a aquel coloso, mi coloso…
Dios… Sí que me estaban pasando factura esos cuentos que a mi hija Evelyn tanto le gustaba escuchar antes de dormir. Recordando a mi pequeña miré el reloj de pared, faltaban pocos  minutos para la medianoche, seguramente, a aquellas horas, en su rubia cabecita ya revolotearan aquellas princesas, sirenas, caballeros y dragones que tanto le gustaban.
No era la primera vez que me separaba de mi familia para formar parte del viaje inaugural de alguno de mis buques, era algo que siempre procuraba hacer, pero aquel viaje a Nueva York era, sin duda, el más emocionante de todos. Nunca antes un barco tan grande había transportado a tantos ni a tan importantes pasajeros. También contaba con uno de los mayores ambientes de lujo nunca antes vistos en un navío de su categoría, y aquel detalle llegaba hasta tal punto que, en algunas de esas conversaciones ajenas que mis oídos pudieron escuchar, algunos pasajeros había comentado que sentían que estaban gastando dinero solamente por estar y contemplar aquel gigantesco y hermoso salón comedor.
Oh… Qué hermosa escalinata de suaves y pulidas maderas… Jamás había sido concebido algo así, y qué decir de su magnífica cúpula de cristal… Toda ella era, sencillamente, espectacular. Al bajar por primera vez aquellos exclusivos escalones de la escalera recordé aquella cena que compartí con Willian Pirrie, presidente de la compañía astillera, y también empresa de muebles exclusivos, Harland and Wolf de Belfast, y también de la conversación que tuvimos aquella noche:
—Si nos juntamos podríamos hacer que la Cunard Line callera, solo necesitamos construir un barco de vapor que supere a su Mauritania. Pero para eso no solo debe de ser grande, también tiene que ser rápido y lujoso, muy lujoso… Por otra parte, considero que debería incluir plazas para una tercera clase, algo como eso nunca ha pasado en la historia de los trasatlánticos. ¡Tenemos que atraer a todo el mundo, ricos o pobres!— Me había dicho tras la cortina de humo de su puro mientras disfrutábamos de un buen whisky después de cenar.
Lo cierto es que aquella idea me pareció fantástica, aunque en un primer momento me pareció más una idea de ebrios, pero… Pensándolo mejor, aquello podría convertir a mi industria naval, la White Star, en la más importante del planeta…
He de confesar que durante días fui incapaz de dejar de pensar en aquella idea, que cada día me parecía más asombrosa. Solía soñar con esos grandes buques que ensombrecían a los mejores del momento, por lo que, no mucho tiempo después, tres imponentes barcos fueron diseñados y construidos.
Uno de ellos, concretamente el segundo, debía de ser el orgullo de la White Star Line, yo personalmente decidí que fuera aquel mismo en el que me encontraba ahora, el Titanic. La decisión no fue tomada en base a su superioridad, para nada… De hecho, otro de los tres barcos era exactamente igual a él, el Olympic, aquel que fuera el primero en ser botado de los astilleros. Verlo navegar por primera vez fue algo sencillamente mágico. El tercero de ellos era algo más pequeño, aunque no menos especial, el Gigantic. Los tres barcos fueron bautizados por mí, con algo de ayuda de mi hijo George, que a pesar de su corta edad, ya era un gran amante de la literatura y mitología griega. Tras su comparación de uno de los recién construidos buques con un titán, decidí bautizar a cada uno de ellos en honor a las tres razas de dioses de la antigua Grecia, los olímpicos, los titanes y los gigantes. Aunque, sin saber por qué, aquel último nombre no terminaba de convencerme.
¿Qué por qué había elegido al Titanic como favorito? Pues porque había sido mi hijo George el que había elegido aquel nombre. Recuerdo claramente su cara de asombro y admiración la primera vez que lo vio en los astilleros, alto, imponente, hermoso…
—Es enorme. Tan grande como un titán, papá. —Me dijo con ojos enormes.
—Sí, hijo. Es nuestro titán. —Le había respondido yo, sin ser capaz de apartar la vista de sus enormes hélices.
La ilusión y el orgullo que sentí cuando George vio aquel nombre en su popa, como grabado con letras doradas, es imposible de describir… Quizá fue aquella la mejor sensación que había logrado sentir en la vida. Algo me decía que aquel nombre iba a darle a mi barco la suerte que necesitaría para aplastar a la Cunard Line.
Pero, por supuesto, aquellos barcos no habían sido creados para impresionar con su exterior, pues también su interior estaba pensado para ofrecer toda clase de lujos y comodidades.
Tal y como habíamos apuntado en aquella, ya famosa, conversación, tenía claro que lujo, esplendor y gusto refinado fueran de las primeras cosas que vinieran a la mente de todo aquel que pensara en mis barcos. Todos ellos contaban con los últimos avances de la época, sus interiores eran únicos y creados por la exquisita Harland and Wolf. Los camarotes de primera clase estaban decorados hasta el más último detalle, el incluso algunos de ellos serían capaces de dejar boquiabierto a más de uno. Los de las cubiertas más altas contaban con hasta un total de once estilos diferentes de decoración, los cuales iban desde el georgiano y el renacentista al Luis XIV. Todos ellos, al igual que sus salones, estaban acabados en maderas nobles, como el nogal y la caoba, los cuales cubrían sus paredes de una manera realmente maravillosa y cuidada al máximo. Las cortinas eran de seda, las sillas de roble… Incluso para el entretenimiento de nuestros pasajeros más acaudalados contaba con una enorme biblioteca, un gimnasio, tiendas e incluso un salón de belleza.
Por otro lado, los camarotes de tercera clase apenas contaba con un armario y un lavabo, pero a aquello jamás le dí la más mínima importancia. Llegar a Nueva York en la fecha establecida era mi máxima prioridad en aquellos momentos pues, dado el enorme éxito que se le avecinaba a la White Star, una gran suma de dinero y fama me esperaba en la otra orilla.
De repente, un ligero alboroto me sacó de mis pensamientos. Dejé de mirar por la ventana y abrí la puerta de mi camarote, asomándome al pasillo.
Un hombre corría por él visiblemente alborotado, aporreando la puerta de todos los camarotes de mi pasillo. ¿Qué era lo que pasaba?
Como caído del cielo, vi como un sudoroso Power, uno de los principales trabajadores de primera, se acercaba a mí. Mostraba un estado alarmante, sus ojos estaban desorbitados y rojos, como si quisieran escapar de sus cuencas obligados por el miedo más atroz.
—Power, ¿Qué sucede? ¿Algún inconveniente? ¿Hemos perdido alguna pala de la hélice? —Le pregunté con voz tranquila, intentando calmarlo para que así pudiera pensar con mayor claridad.
El joven se quitó la gorra y pasó el dorso de la mano por su frente sudorosa.
—Señor… ¿No ha sentido el temblor? —Me preguntó muy bajito, como intentando que el resto de pasajeros confusos no oyeran sus palabras. Al yo negarle con la cabeza, siguió hablando—. Hemos chocado con un iceberg, el hielo ha abierto una brecha bastante profunda en el casco de babor. —Volvió a tragar saliva—. Me temo que el barco se hunde, Señor Ismay…
—¡¿Cómo?! —Aquello, simplemente, tenía que ser una broma—. ¿Dónde está Smith?
—En la cubierta de primera, o en el puente, no sé…
Yo volví a mi habitación y busqué el abrigo más grueso que tenía, cubriendo mi pijama con él. Cuando me dispuse a salir del camarote comprobé que aquel chico seguía en la puerta, claramente asustado. Malditos novatos…
—Le diré algo, Power. —Le dije sujetándolo por los hombros—. Este barco llegará a Nueva York cueste lo que cueste, ¡Y cállese! No diga nada de esto a nadie, ¡Estás asustando a mis pasajeros! ¡Y ahora, aparta!
De un empujón lo aparté de mi camino, quería pedirle explicaciones a Smith, ¿Qué era eso de que el barco de hundía? Pero antes de eso, tenía que visitar otro sitio.
A medida que me acercaba a la sala de máquinas el ambiente se hacía sentir cada vez más caldeado, y también más tenso. Mirase dónde mirase solo veía a pasajeros confusos, algunos ya cubiertos por sus más gruesos abrigos, otros enfundados en aquellos característicos chalecos salvavidas de la White Star.
Una vez en la sala de máquinas el calor del suelo atravesó con facilidad mis finas zapatillas, haciendo que me enfureciera más, sumado a aquello, el intenso olor a sudor y a carbón no tardó en resultarme insoportable.
Llamé a voces a Joseph Bell, ingeniero jefe de máquinas, el cual surgió entre las nubes de vapor como una aparición sudorosa y salpicada de hollín.
—¿Qué sucede? ¿Por qué nos hemos parado? ¿Es verdad que nos hundimos?
—Buenas noches, Señor Ismay. Hemos chocado con un enorme pedazo de hielo, el muy cabrón ha abierto el casco como si fuera una lata de sardinas, inundando las dos primeras salas. Por suerte hemos cerrado a tiempo las compuertas, las bombas podrán sostener el barco.
—¿Seguro?
—Casi seguro, Señor.
Aquello me tranquilizó, realmente confiaba en el equipo de la sala de máquinas, sobre todo el Bell. Si aquel hombre decía que las bombas podrían sostener el barco, es que podían hacerlo.
Cuando llegué a cubierta lo primero que vi fueron los botes salvavidas meneándose como péndulos, listos para ser cargados y hechos a la mar. Ante algunos de ellos pude ver como bastantes pasajeros de los que paseaban por cubierta rodeaban a los diferentes encargados de acomodar los salvavidas, querían saber que ocurría.
Miré a mí alrededor, barriendo con la mirada todos aquellos rostros que se interponían entre el capitán y yo. Hasta que al fin lo vi, sobre el puente, acompañado de Andrews y el carpintero Hutchinson. Me acerqué a él dando las zancadas más grandes que mis piernas pudieron permitir.
—¡Capitán! —grité—. ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Qué es eso de que el barco se hunde?
Pero para mi sorpresa, él no me miró. Se hallaba con la vista perdida en el mar, mirando pero a la vez sin mirar hacia el infinito. Sus ojos azules transmitían una sensación fría, de shock, de… ¿Miedo?
—¿Me ha escuchado? ¡Le he hecho una pregunta! —Volví a imponer, esperando una verdadera respuesta de una maldita vez.
Smith se giró hacía mí y sacudió la cabeza, como saliendo de una profunda ensoñación, sus ojos estaban vidriosos, parecían muertos…
—Discúlpeme, Señor Ismay…. Me temo que hemos chocado con un iceberg. Se nos ha echado encima, no hemos tenido tiempo de hacer nada. Los daños han sido serios, ahora el barco se hunde…
—¿Qué? ¡¿Cómo que se hunde?! ¡Este barco no puede hundirse, es insumergible..!
Andrews no tardó en sujetar fuertemente uno de mis brazos, apretándolo con verdadera saña:
—¡Tranquilícese, Ismay! Claro que puede hundirse, ¡esta hecho de hierro, maldita sea! Y lo hará en menos de tres horas.
Yo me quedé congelado, mi barco se hundía… ¿Cómo era posible aquello? Simplemente no lo podía creer… Primero había sido el Olimpic al chocar contra aquel buque de guerra, el muy imbécil dueño de la aseguradora no quiso cubrir los daños, provocando unas enormes pérdidas a la White Star. Después fue la pala de su hélice… Y eso, más el correspondiente retraso en la votación del Titanic, supuso la pérdida de importantísimas sumas de dinero, un dinero que pensaba recuperar una vez llegar a Nueva York en la fecha establecida. Y ahora ocurría aquello… ¿Qué demonios estaba pasando?
—Señor… —volvió a decirme Andrews —. Le aconsejo que valla a su camarote y se vista con ropa de abrigo, la noche es fría y tenemos mucho que organizar.
Aunque sin querer, le hice caso, dirigiendo mis lentos pasos de vuelta a mi habitación. Cuando llegué y pisé la alfombra con los pies desnudos sentí un dolor agudo, mis finas zapatillas no estaban pensadas para soportar un frío tan intenso como el de aquella noche. Mientras me vestía, procuré calentarlos en la chimenea lo suficiente como para que el calor permaneciera en ellos durante el mayor tiempo posible. No preparé mis maletas, ¿para qué? El capitán había ordenado que los botes salvavidas fueran ocupados principalmente por mujeres y niños y, por supuesto, yo no sería ni pensaba ser una excepción.
Las lágrimas se apoderaron de mis ojos irremediablemente, sentía que todo mi trabajo no había servido para nada, el que pensaba que sería uno de los mayores logros de mi vida se desvanecía… Si tuviera que explicar el dolor que sentí en aquel momento me sería imposible. En esta vida siempre hay cosas que ni las mejores palabras pueden describir, y aquella situación era una de ellas… Pero lo que realmente me desmoronó fue recordar las palabras de mi hijo al ver por primera vez aquel buque terminado, el más especial de todo, el rey de los mares…
“Es enorme… Es como un titán, papá. El mayor y más bonito titán que he visto nunca”.
Era mi ruina, simplemente mi ruina…
Una vez vestido y abrigado, volví a subir a cubierta, al primero que vía fue a Andrews junto a uno de los botes que se estaban cargando. La orquesta encargada de amenizar las veladas de la primera clase tocaba a escasos metros de él, aquello, junto con el miedo reflejado en la cara de los presentes, fue una combinación extraña e incómoda de ver.
Una vez a su lado, el ingeniero me indicó que subiera al bote.
—¿Pero qué dice? El Capitán ha ordenado que sean las mujeres y los niños los primeros en embarcar —espeté indignado—. Yo he venido aquí a ayudar.
—Es usted el dueño de la empresa, si usted muere estará todo perdido. ¡No se cobrará el seguro y la White Star Line quebrará!
—Pero…
—Señor Ismay, si usted muere todas las muertes que se producirán esta noche no valdrán para nada.
—¿Es el seguro lo único que le importa?
—En estos momentos sí, por el bien de todas nuestras familias, por el valor de la muerte de muchas de estas personas.
Aquel hombre siempre me había demostrado ser un hombre coherente, pero aquello me parecía una terrible locura… Si bien era cierto que la empresa aseguradora nos había hecho perder millones con la primera reparación del Olimpic, la cantidad de libras que recibiría de su parte por el hundimiento del Titanic era la única esperanza de que mi empresa no quebrara. Pero… ¡Joder! ¿Cómo iba a elegir entre mi vida y la de otra persona? En parte, todo aquello me parecía culpa mía, aunque en realidad no fuera así.
—¿Dónde está el Capitán? —pregunté en un intento de obtener una segunda opinión.
—Se retiró a la sala de mandos, no lo he vuelto a ver y creo que él tampoco quiere ser molestado. ¡¿Quiere subir al bote de una maldita vez?! Está esperando solo por usted y no es precisamente tiempo lo que nos sobra.
—¿No habíais pedido ayuda?
—Sí, y hemos recibido todas las respuestas. La más esperanzadora es la del Carpathia, estará aquí dentro de cuatro horas.
—Cuatro horas… No tenemos cuatro horas…
—¡Claro que no! ¡Suba de una puta vez al bote, Ismay!
—¡No! No abandonaré al Titanic.
Andrews se acercó a mí, como lo había hecho unos minutos antes, junto a la puerta de mi habitación. Pude sentir su acelerada respiración mientras me decía casi con un susurro.
—Señor Ismay, este no es el Titanic. Confíe en mí, ¡váyase!
Un empujón de su parte fue suficiente para hacerme caer en el último hueco que quedaba en aquel bote repleto de mujeres, ante mí se encontraba la ricachona Molly Brown, con la cual había tenido la ocasión de mantener alguna que otra charla durante las cenas. Ella sujetaba a su pequeño pomerania sobre su regazo, el animal estaba temblando, claramente asustado. Ella me dirigió una mirada intranquila y llorosa, casi oculta tras la gran pluma azul de su sombrero, y alargó una de sus rechonchas manos hacia las mías.
—Lo siento mucho, Señor Ismay… Sé que esto es una gran pérdida para usted.
Yo solo asentí con la cabeza, no me atrevía a contestarle, no era capaz de articular palabra alguna… Sentía la lengua seca, el corazón acelerado, me sentía impotente…
Mientras el bote se iba alejando del Titanic no fui capaz de volverme, no quería ver como el principal de mis colosos se iba a pique, no era capaz…
“Es un titán, papá…” Las palabras de mi hijo venían a mi mente una y otra vez, como queriendo torturarme ante aquel fatídico accidente, ante aquel maldito iceberg que se había cruzado en nuestro camino, no podía evitar sentir que mi vida se hundía junto a aquel lujoso trasatlántico.
Durante casi dos horas fui incapaz de mirar atrás, oía los gritos de desesperación, el sonido de las bengalas que llamaban la atención del Carpathia, el sonido de aquel enorme coloso al sumergirse, los cristales al romperse… No quise mirar, de haberlo hecho, aquello hubiera marcado el resto de mi vida. Simplemente me dejé llevar por los sollozos que escuchaba a mi alrededor, observando las nubes de vahó que nacían de las bocas de mis compañeros de bote, hasta que el más absoluto silencio nos rodeó…



No empecé a pensar con claridad hasta dos días después, en Nueva York, la ciudad que nunca dormía… No quise aceptar ninguna entrevista de la prensa que tanto insistía en hacerme unas preguntas sobre cómo me sentía después de que mi empresa se hubiera ido al traste. Sabía que el Olimpic se hallaba en pleno viaje, de Nueva York a Londres, durante la noche del accidente, por lo que, en lugar de atender a los periodistas, me encargué personalmente de mandar un telegrama al encargado que había dejado en Londres, indicándole que, a la llegada del Olimpic, hiciera llevar de nuevo al barco a los astilleros de Belfast. Tenía que verlo, quería comprobar algo…
Una semana más tarde tuve la oportunidad de partir hacia Londres, el viaje a bordo de aquel barco se me hico eterno, sobre todo después de recibir la confirmación de mi encargado diciéndome que el Olimpic ya me esperaba en los astilleros. Durante aquellos días de estancia en Nueva York había tenido la posibilidad de ordenar como es debido mis pensamientos, todos ellos enfocados a una única cosa, ¿qué era aquello que había querido decir Andrews sobre que aquel barco que se hundía no era el Titanic? ¿Por qué tanto interés en que yo permaneciera con vida por el bien de la White Star Line? Verdaderamente, y aunque no comprendía nada, era inevitable que una idea absurda sobrevolara mis pensamientos, ¿y si el astuto ingeniero tenía razón? ¿Y si aquel barco hundido hacía una semana no era el Titanic?
Llegué a Londres la mañana del 3 de mayo de 1912, el frío de sus calles, el mismo que solo unos días antes siempre me había parecido especialmente frío, ahora me parecía una brisa cálida y agradable que apenas calaba mis ropas. Después de haber sentido los vientos que barrían la zona de icebergs del Atlántico norte, todo te parece más suave.
Un tren con destino a Belfast partió solamente tres horas más tarde, no sé cuánto tiempo dormí entre sus asientos, pero fueron las suficientes como para despertar completamente decidido a comprobar lo que me llevaba temiendo desde que había escuchado aquellas palabras de Andrews:
“Este no es el Titanic…”
No sabía por qué, pero una posible y perfecta estratagema que no había sido ideada por mí me venía a la cabeza una y otra vez. Mía había sido la idea de crear a tres enormes barcos, los más grandes que se había visto nunca, y mía también había sido la idea de que, al menos, dos, fuera exactamente iguales, el Titanic y el Olimpic, haciendo así que el Lousitania y el Mouritania parecieran simples barcos de juguete a su lado, y aquello era precisamente lo que hacía falta para que aquella argucia funcionara…
A pesar de mi tremendo cansancio, nada más poner mis pies en Belfast, partí hacia los enormes astilleros propiedad de mi empresa, y allí se encontraba… El impresionante trasatlántico que me hizo revivir las tremendas imágenes y gritos humanos que volvían a mi cabeza una y otra vez, atormentándome, como si todo hubiera sido culpa mía…
Lentamente acaricié su casco, muy suavemente, como si el simple roce de mis dedos pudiera hacerlo quebrar, partirse en dos… ¿Otra vez?
Lentamente me dirigí hacia su popa, el final de su popa, allí dónde podría encontrar el único resquicio que me ayudaría a saber qué era lo que realmente había ocurrido con mis valiosos y hermosos barcos. Y allí estaba… La pista que necesitaba, aquella que me confirmaba lo ciego que había estado al no enterarme de nada, para la cual había sido usado como un objeto, como un simple peón…
La noche del 14 de abril aquel iceberg había abierto la brecha en el casco de babor, por la parte de proa, no había podido girar a tiempo debido a la baja visión que los vigías tenían a causa de la niebla. Por otra parte, el Olympic había perdido parte de su agilidad para girar a estribor debido al choque sufrido con el buque de guerra, el HMS Hawke, el cual dejo seriamente tocada su quilla… Reparación de la que la aseguradora no se hizo cargo. Justo en ese momento fui consciente de todo… Era aquel, el barco defectuoso el que había sido enviado a Nueva York el pasado 10 de abril, y no el Titanic… ¿Para qué atentar contra un barco recién construido y quedarse con un defectuoso para cobrar el seguro? Para eso mejor intercambiar sus nombres, “engañar” a la aseguradora, al mundo entero… Solo para salir ganando. ¿Valía la pena?
Pude reconocer enseguida al buque que tenía delante, ya que, casi oculto por una segunda y gruesa capa de pintura bajo las letras doradas que componían el nombre Olympic, se dejaba ver el primer nombre que le perteneció: Titanic. Un nombre que, sin duda, le había brindado la mejor de las suertes.

1 comentario:

  1. Jo, Ana. Me maravilla cómo manejas la documentación y cómo la incorporas al relato consiguiendo un nivel de verosimilitud que te prometo que ha dejado la duda sobre si la historia, o variación de la historia mejor dicho, es real.
    Sin duda, de esos relatos que te hacen destacar en la blogosfera narrativa. ¡Enhorabuena!

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