viernes, 3 de febrero de 2017

Ranas eléctricas.




La historia que hoy quiero compartir con vosotros está basada en un hecho real, un hecho que desde que lo conocí no he podido dejar de asombrarme de cuantas curiosas coincidencias se juntaron para ver nacer a uno de los más grandes clásicos de la literatura universal, nada menos que la ópera prima de Mary W. Shelley, "Frankenstein".

Alguna que otra vez he comentado con otros escritores que diferentes casualidades, coincidencias o hechos son necesarios para atraer a esa tan deseada inspiración que plasmar en nuestras obras. Algunas historias, relatos o incluso películas han nacido por esa inspiración que de pronto puede despertarse en nosotros al escuchar una canción, observar un paisaje, o incluso ver caminar, cantar o hablar a alguien. Pero otras veces, la realidad es bien distinta... Podemos sentir inspiración, pero no tanta como para animarnos a escribir. A veces hace falta algo más, una especie de reto o ánimo de superación de uno mismo para realizar aquello que puede llegar a ser un gran e importante logro. En ocasiones el destino también ha sido partícipe de muchas de estas creaciones.



Precisamente al destino achaco la historia que os traigo hoy con forma de relato, personalmente pienso que las casualidades no existen, que lo que está destinado a suceder sucederá, sin importar lo que hagamos o dejemos de hacer nosotros. Esto puede sonar un poco injusto para algunos de nosotros, pero no es con la parte negativa con la que tenemos que quedarnos, sino en las cosas que han surgido y seguirán surgiendo solo porque, sinceramente, tenía que ser así...



RANAS ELECTRICAS




La lluvia era cada vez más intensa, y los rayos, alimentados por la fuerza descomunal de la tormenta, iluminaban los senderos de aquella zona alejada de Suiza. Los mismos caminos y parajes que se abrían a su alrededor, y que durante el día mostraban un aspecto agradable y hermoso, ahora parecían auténticos paisajes infernales.

La silueta del viejo caserón se recortaba en aquel escenario solo propio de los relatos de fantasmas más terroríficos.

Lord Byron, el anfitrión y dueño de la Villa Diodati, permanecía asomado a uno de los grandes ventanales de su salón, enmarcado con cortinas de color púrpura, mientras sus dos invitados, el recién casado matrimonio Shelley, se encargaban de encender la chimenea.

—¿Sabéis, amigos? —dijo sin dejar de observar la lluvia torrencial—. Esta noche parece invitar a los fantasmas.

—Cierto —respondió un cansado Percy—. Es más, nunca había estado en una casa tan tétrica y oscura como esta.

En lugar de ofenderse, aunque no hubiera sido esa la intención de su amigo, Lord Byron le dedicó una sonrisa orgullosa.

—Muchas gracias, Percy. Ese es el mayor halago que le puedes hacer a mi morada.

—A mí también me gusta —añadió también una tímida Mary, algo cohibida por la presencia de aquel atractivo poeta al que acababa de conocer.

De reojo, la joven observó cómo su anfitrión se acercaba a una de las atiborradas estanterías del salón, ni siquiera su peculiar manera de caminar era capaz de robar ni una pizca de su aspecto elegante y seductor. Parecía buscar algo, pues con sus elegantes manos de largos dedos iba recorriendo uno por uno los títulos que reposaban sobre el primer estante. Finalmente, extrajo un grueso libro que mostró a sus invitados al mismo tiempo que un somnoliento Polidori entraba de nuevo en la habitación, cargado con cuatro copas y una botella de vino. Su patrón le arrebató aquel botín de las manos.

—¡Vienes en el mejor momento, John! Os propongo un reto, ¡esta noche lluviosa ha logrado inspirarme! ¿Qué os parece si entre todos escribimos un relato de fantasmas? ¡O mejor aún! Cada uno de nosotros escribirá su propio relato, a ver quién es el que tiene más imaginación.

—¿Un relato de terror? —Se quejó el joven John—. Claro, para ti es fácil decirlo, pero no para mí, ¡pocas plumas he cogido yo en mi vida! Y todo lo que escribí resultó ser una mera porquería, siempre te encantó reírte de mis obras de teatro… ¿Te recuerdo lo que me dijiste sobre ellas?

—¡Esto es solo un entretenimiento, amigo! —respondió el ilusionado Lord, dejando el grueso volumen sobre la mesa y sirviendo las copas de vino—. Este es un libro espectacular, os lo recomiendo para activar vuestra imaginación, ¡sin duda! Contiene muchos relatos relacionados con apariciones fantasmales y sesiones de espiritismo, realmente interesante. Además, seguro que todos esos rincones de Europa que habéis visto en tan poco tiempo os habrán sugerido muchas cosas. ¡Conmigo siempre lo hacen!

       >>¿A vosotros os interesan estos temas, verdad?

—Bueno… Sí, aunque a Mary todo esto le atrae mucho más que a mí. ¿Verdad, querida?

Pero su mujer no respondió. Estaba sentada junto a él, con la mirada clavada en aquel voluminoso libro. Las llamas de la chimenea formaban retorcidas sombras sobre la cubierta de piel en la que se podía leer, con letras ya algo gastadas, “Fantasmagoria”. Aquel título pareció invitarla a nadar entre sus páginas, como una llamada del más allá que incluso la hizo sentir cosquilleos entre los dedos.

—¿Puedo cogerlo? —preguntó tímidamente.

—¡Claro! En realidad, me gustaría que todos lo leyésemos para estimular la imaginación.

       >>Tengo un amigo editor que estaría muy interesado en recibir nuevos manuscritos, últimamente sus escritores están bajos de inspiración, y me ha pedido esto casi como un favor personal.

—Pero, George… yo no tengo ni idea de escribir prosa, y mi mujer menos. —Se quejó un asustado Percy.

—Bueno… Podríamos probar, ¿no? Será divertido —animó Mary para sorpresa de su marido. Los tres hombres se giraron hacia ella, que con el libro en su regazo, iba pasando con sumo cuidado las amarillentas páginas que observaba con ojos enormes, unos ojos que dejaban ver con total claridad el entusiasmo que sentía la joven—. Lo podríamos intentar, aquí hay suficientes historias y páginas como para inspirarnos.
—¡Por supuesto! —exclamó el entusiasmado Lord—. ¡Brindemos por las nuevas historias que están a punto de nacer!

—¿George, tienen que ser necesariamente de fantasmas? —preguntó un ya decidido Polidori, preparando su pluma y un pequeño montón de papel.

—De fantasmas o de terror en general, pero que al final dé verdaderos escalofríos…

Los cuatro se pusieron manos a la obra, aunque aquel entusiasmo no duró mucho en Percy Shelley y Lord Byron. Como poetas que eran, la prosa no era un terreno en el que se defendieran ni medianamente bien para su gusto, por lo que, pasados unos minutos, se sentaron a la mesa con una nueva botella de vino, dispuestos a charlar mientras Mary y Polidori ponían real entusiasmo en sus historias.

—Muy cierto, amigo… En la Edad Media el debate estrella era la alquimia, todo el mundo anhelaba encontrar la piedra filosofal… Pero ahora todo ha cambiado, la revolución industrial ha traído otras pautas, ahora lo que más se persigue es la búsqueda de la inmortalidad, con la ciencia como reina, por supuesto… —decía Lord Byron, con las mejillas ya algo coloradas por la embriaguez.

—Sí, amigo… Uno de los mejores profesores que tuve en la vida, James Lind, fue el protagonista de una de esas noticias.

—Aún no me he podido imaginar la cara que se le quedaría al Rey, ja, ja, ja, ja. Ver a esas tres ranas saltar tuvo que ser uno de los mayores espectáculos de su vida. Mira, precisamente tengo aquí unos periódicos con unos titulares…

Mary, escuchando de fondo la conversación que su marido mantenía con su viajo amigo, recordó aquella curiosa anécdota que Percy le había contado sobre el profesor Lind, firme y declarado seguidor del galvanismo. Según le contó, fue capaz de hacer brincar, ante el mismísimo Rey Jorge III, a unas ranas fallecidas unos minutos antes.

El galvanismo también era casi una religión para su marido. El galvanismo... Aquella electricidad animal, la posibilidad de mover, de revivir los músculos, tendones y nervios gracias a estímulos eléctricos en la carne viva o muerta.

La imagen de esas dos ranas eléctricas se formó en la mente de Mary, a la que aquella historia le seguía pareciendo más un cuento de hadas que una realidad, aunque un cuento bastante atrayente… A raíz de las ranas, en su mente comenzaron a mezclarse escabrosas ideas y posibilidades que también podían haberse llevado a cabo según ese experimento, y de repente, una idea que la hizo sentir un intenso escalofrío golpeó su mente tan fuertemente que incluso la hizo sentir dolor. A aquel médico, aquel hombre que tanto había influenciado en la forma de pensar de Percy, ¿no se le había ocurrido nunca recuperar una vida humana?

Casi con un manotazo intentó sacar aquella idea tan tenebrosa de su mente, ¡ni siquiera era propia de ella! Y con frustración comenzó a recoger todos los papeles con inútiles borradores de la historia absurda que no se sentía capaz de terminar. Afortunadamente, el hecho de que a Polidori tampoco se le hubiera ocurrido nada la consoló. Aquel reto propuesto por Lord Byron había caído en saco roto.

No tardaron mucho en retirarse a dormir. El educado anfitrión había puesto a su disposición una habitación con una cama enorme que podrían usar todos los días que quisieran, realmente le encantaba tener invitados en su casa.

Gracias al vino, Percy se quedó dormido enseguida, pero ella no… Quizá a causa de la impotencia que sentía al no haber podido comenzar una buena historia, o porque la imagen de aquellas ranas eléctricas, acompañadas por la tormenta que aún estaba sobre ellos, no desaparecía de su mente. La joven aún permaneció despierta durante horas, dando incontables vueltas en la cama. Por suerte, su marido ni se percató.

Finalmente, el cansancio pudo con ella, pero sumiéndola en un profundo sueño lleno de pesadillas… En sus sueños, un científico loco unía, por medio de grotescas costuras, trozos de diferentes cadáveres, algunos pertenecientes a reos, otros obtenidos a través de los conocidos saqueadores de tumbas... Finalmente, y como resultado, obtuvo un enorme engendro humanoide al que consiguió dar vida usando la potencia de los rayos de una tormenta, como la que aquella noche azotaba Villa Diodati. Finalmente, y para alegría de su creador, aquel extraño ser se levantó, caminando torpemente mientras un destello de vida artificial brillaba en el fondo de sus pupilas dispares.



A la mañana siguiente, Mary Shelley comenzó a escribir la que sería una de las más grandes obras de la literatura universal, la misma que un año más tarde la haría inmortal, con solo diecinueve años, en el mundo de las letras, “Frankenstein o el moderno Prometeo”.

También fueron publicados, unos meses más tarde, algunos borradores que Lord Byron había logrado escribir durante los escasos minutos que duró su inspiración aquella noche. Pero para la historia, está claro quien gano aquel reto, ¿no es verdad?











 Villa Diodati, más aterradora y tenebrosa según las historias que la describen que en la realidad.

Lord Byron, uno de los principales responsables de que la obra de su amiga Mary W. Shelley llegara hasta nuestros días.

15 comentarios:

  1. Me ha encantado el relato-anécdota. Ya había oído alguna vez cómo fue la forma en que Mary Shelley tuvo la idea de Frankenstein en Villa Diodati. Leer tu relato ha sido como verlo todo ante mí. Es curioso cómo puede inspirarte un lugar, una noticia o, simplemente, una reunión de amigos. Un abrazote!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¿Verdad? Ahora me quedo con la duda de todo lo que pudo nacer en esa casa, porque por lo visto, Mery Shelley no fué la única.
      ¡Me alegra mucho que te haya gustado! Me acordé de tí mientras lo escribía, ja, ja, ja, ja. Sé que este personaje te atrae de alguna manera.
      ¡Muchos besos, amiga!

      Eliminar
  2. Sin duda un relato que prueba que la inspiración puede aparecer cuando menos lo esperas. Genial!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¿A que sí? Ja, ja, ja, ja.
      Cosas como esta no hacen más que recordarnos que siempre debemos de llevar una libreta encima, ya que no sabemos el momento en el que nos iluminará esa inspiración.
      ¡Un besote!

      Eliminar
  3. Gracias, por recrear una de las noches más gloriosas de la literatura. Espectacular, solo me faltó el pobre Polidori, una figura entrañable, maltratado por Byron y creador del primer relato de vampiros. Enhorabuena!

    ResponderEliminar
  4. ¡Hola, amigo!
    Muchas gracias por tus palabras, ocasiones como esa son dignas de ir recordando para que no queden en el olvido.
    ¡Pero si John Polidori también aparece! Incluso recuerdo las mofas que Lord Byron le dedicaba a las primeras obras de teatro que escribió. Estoy contigo en que figuras como él siempre deben ser recordadas.
    ¡Uun besote!

    ResponderEliminar
  5. Te he nominado para hacer el Best Blog BookTag, aquí esta el mío http://sonmiaslaspalabras.blogspot.com.es/2017/02/booktag-best-blog.html

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola!
      ¡Muchisimas gracias por la nominación! Ahora mismo me paso a verlo,¡besotes!

      Eliminar
  6. Hace poco, precísamente, leí un artíulo sobre Mary Shelley y aquella reunión en casa de Byron. Leyendo tu gran relato me he transportado a esa noche. Me ha parecido magnífico como has descrito el ambiente, como has dado vida a los personajes en ese diálogo y como has introducido la anécdota de las ranas. Ha sido un placer disfrutar de la recreación que has hecho de un momento clave para la litertura. Soy un aficionado a este tipo de relatos, tanto de terror y fantástico como de ambientación histórica y, aquí, aúnas las dos cosas, así que me gusta el doble. Te felicito por tu trabajo. Un abrazo muy fuerte

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola, Isidoro!
      Pues fíjate que fué precisamente la anécdota de las ranas la que me inspiró para escribir este relato. Me encanta jugar mezclando la realidad con la ficción, sobre todo (aunque este no sea el caso) con las situaciones de la que menos constancia histórica se tiene. ¡Escribir algo de forma que a cualquiera que lo lea pueda parecerle tan real como la historia, me encanta! Y precisamente durane estos días estoy trabajando en una serie de relatos que juegan precisamente con eso, ¡ya los oré colgando poquito a poco!
      ¡Un besazo, amigo!

      Eliminar
  7. Es la primera vez que entro en tu blog –o eso creo– tu relato me ha encantado. Tanto la ambientación que recreas, como la forma que tienes de introducirnos en esos personajes tan sublimes a través de los diálogos, me parecen muy bien construidos y acertados. Hay una película que narra lo mismo que tu historia –bueno, lo mismo no, jejeje, pero sí comienza con esa noche lluviosa. Creo que se llama "El viento se levanta"–. Y este relato me ha recordado a la mágica sensación que sentí al ver ese film, hace ya mucho tiempo. Te seguiré la pista, un saludo! ; )

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola, Ramón!
      Me alegra mucho que te haya gustado mi relato, esa noche siempre me pareció una noche mágica para la literatura universal, ¡y eso que seguramente no conozcamos todas las obras que nacieron en Villa Diodati! Llevaba mucho tiempo queriendo escribir algo así, que bueno que haya sido recibido de una manera tan cálida.
      Muchas gracias por tuspalabras, ¡tendré encuenta esa película que me comentas! Ya que solo con tener un escenario así, seguro que merece la pena.
      ¡Puedes curiosear cuanto quieras por el blog! Estás en tu casa, bienvenido a mi mundo mágico.
      Un saludo, ¡nos seguimos leyendo!

      Eliminar
    2. Lo tendré en cuenta! Por cierto, me equivoqué con el título de la película, jeje. EL viento se levanta es otra del estudio Ghibli que te recomiendo, pero la que yo quería decir se llama: "Remando al viento". Un saludo! ; )

      Eliminar
    3. ¡Hola, Ramón!
      Me apunté la película, y sí, tienes razón, jajajaja. Si lo hubiera sabido antes seguramente la hubiera visto para inspirarme para ese paisaje que quise crear en este relato, pero, como no hay mal que por bien no venga, dejaré la inspiración para el prócimo, ¡que nunca esta de más!
      ¡Gracias y un abrazo!

      Eliminar
  8. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar